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Llevárselo crudo

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La radio daba la noticia del enésimo caso de corrupción cuando subí al taxi. Durante el trayecto, el taxista no cesó de lanzar improperios: “se lo han llevado crudo, se lo han llevado crudo”, me insistía. 

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Al llegar a destino, observé en el taxímetro el importe de la carrera: 8,20 euros. Al entregarle la tarjeta, me la devolvió con un recibo de 8,45 euros, mientras seguía maldiciendo el personaje público en cuestión. En mi despedida, no me resistí a recriminarle que quien “se había llevado al crudo” mis 25 céntimos era precisamente él.

Es de celebrar que los mecanismos de lucha contra esta lacra funcionen. Incluso frente a los casos que afectan a quien gobierna. Pero algo me dice que entre lo que se critica y lo que se hace, es posible que no siempre exista la necesaria sintonía. Recientemente hemos sabido que quienes habían encabezado en su día movimientos ciudadanos de denuncia frente al saqueo, con gran aparato mediático, parece ser que figuran presuntamente inmersos en operaciones investigadas en paraísos fiscales.

La bolsa de fraude en España es colosal. Con factura o sin factura es frase que nuestros turistas ya identifican con la spanish siesta. Y, sin embargo, nuestra respuesta colectiva ante los delitos económicos sigue pareciéndose, cada vez más, a la del niño travieso que se sorprende de que sus padres le hayan regañado por una trastada.

Si la ley es el espejo de los valores de una sociedad, en nuestro caso algo debe estar fallando. Se recrimina sin piedad a quien ha hecho algo punible, aunque el que censure lleve a cabo conductas similares o incluso peores. En realidad, de hipocresía hablamos, un viejo asunto.

Para afrontar este desajuste entre el ser y el deber ser, pienso que pueden ser de utilidad algunos remedios. Para empezar, utilizar a las leyes que penalizan estos comportamientos como herramientas pedagógicas, desde la edad escolar. Es preciso explicar el por qué se esa tipificación, su razón de ser, para que no se vea como algo ajeno o artificial, sino de defensa de la propia sociedad. Y, en segundo término, potenciar la formación en valores en todos los niveles educativos, para que poco a poco cale la idea de que no todo vale y de que se hace preciso contribuir al cumplimiento de la ley para que todo siga en pie.

Con todo, y como este camino que apunto es lento, mientras esperamos sus frutos bien haremos en aplicarnos el cuento y dejar por un momento de lado tanta caza de brujas, de chivos expiatorios o de cabezas de turco. 


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