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Tribuna libre

La Lujuria de Calvo Poyato

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A Calvo le mola el rock y el heavy. Con Calvo, me refiero a la ministra, no al de los atunes. Aunque ahora todo es alta cultura.

A Calvo le mola el rock y el heavy. Con Calvo, me refiero a la ministra, no al de los atunes. Aunque ya saben que ahora todo es alta cultura: desde los chorizos criollos hasta las caceroladas en la calle. Lo de Cervantes, Góngora, Quevedo y toda esa panda de indocumentados ocupa un discreto penúltimo puesto en la pirámide cultural del momento. El último lugar está reservado para Gento, Salinas, Puskas y toda la panda veterana del deporte rey –con permiso de Óscar Pereiro y Carlos Sastre-. Los futbolistas en activo, aunque no lo crean, son en estos momentos la “crème de la crème” –disculpen lo empalagoso del galicismo- de la cultura española. Pero en fin, otro día les cuento el poder que pueden llegar a tener un par de pegatinas en este país, que son capaces de transformar a un cineasta, futbolista, torero o periodista de prensa rosa en intelectuales de primera. Lo dicho, otro día.   Que a nuestra Ministra de Cultura la hayamos bautizado hace más de un año como la “Ministra del Rock” no es una casualidad, y no tiene mayor importancia. Incluso los políticos tienen derecho a tener sus gustos musicales. Sin embargo, el problema aparece cuando el titular del ministerio que defiende –o debería- el legado cultural español, concede, a título profesional, más importancia a un concierto de rock que al Quijote –por poner un ejemplo-. Ese desorden viene de atrás y es quizá la principal causa del desbarajuste que estamos viviendo en el ministerio de Carmen Calvo desde el primer día. La ministra no da prioridad a unos valores y objetivos políticos, sino que concede mucha más importancia a sus gustos e opiniones particulares. Grave error que no debe cometerse ocupando un cargo público. Y grave error, también, que, para nuestra desgracia, no es exclusividad de esta ministra de cultura.   Esta semana muchos periódicos han recogido la noticia de que Carmen Calvo adora al grupo heavy Lujuria. No en privado, sino de manera pública, como su cargo. A veces pienso que muchos de nuestros políticos deberían dedicarse al mundo taurino –toreando, me refiero-, porque esta clase de piruetas son más apropiadas para el ambiente festivo del ruedo que para la mesura y frialdad de un despacho ministerial. Pero la libertad humana actúa, para bien o para mal, cuando le da la gana y el resto de los que habitamos el planeta estamos aquí para beneficiarnos de ello o para sufrirlo, según el caso.   No voy a entrar a valorar lo que supone que una ministra de cultura muestre públicamente un apoyo tan desmesurado hacia un grupo de “heavy” tan peculiar que es conocido por canciones como “Estrella del porno”, “Dejad que los niños se acerquen a mí”, “Lección de sexo”, “Sin parar de pecar” o “República Popular del Coito”. Es cosa de cada uno decidir si le parece adecuado que la titular de cultura apoye públicamente a un grupo que puede ofender con sus letras a una parte importante del país. Lo más que podemos concluir es que Zapatero mintió cuando dijo que su equipo gobernaría “para todos”. O mintió o algunos de sus ministros no le hacen mucho caso. Pero tampoco es una novedad.   Sin embargo hay otro aspecto que, desde la visión que me ofrece mi trabajo diario, veo mucho más grave. Resulta una gran injusticia que un ministro de cultura muestre un apoyo público tan grande a algo que responde al más subjetivo de sus gustos. La ministra debe entender que no ocupa su cargo para hacer publicidad de unos grupos de música, ni de unos cineastas muy concretos, ni de un escultor muy particular. Está para defender los derechos de todos. Para apoyar a toda la cultura. Aunque tenga su casa llena de pósters de Metallica y camisetas firmadas por ídolos del “metal” nacional, cuando sale a la calle debería olvidar sus fanatismos particulares. Cuando deje el cargo público, podrá decir lo que le salga de la mismísima cartera ministerial, apoyar a unos grupos de música e incluso criticar a otros, pero mientras tanto, por justicia, deberá moderar sus manifestaciones y exaltaciones públicas en beneficio de “sus niños mimados”. ¿Qué diríamos si el ministro de Economía, de Fomento, de Defensa o de la Vivienda se posicionase públicamente a favor de una determinada empresa, de una región de España, de un cargo concreto de la cúpula militar, o de las viviendas pintadas de rosa?   ¡Vaya!, estoy pensando ahora que varios de los citados ya lo han hecho en los últimos meses. El condicional se volvió presente mucho antes de que yo pudiese escribir estos párrafos. Lástima. Entonces ya sé lo que diríamos: nada. Como siempre.   Por suerte, la reincidencia en el mal no lo convierte en bien, así que en cualquier caso la señora Calvo debería reflexionar si está obrando con la justicia y equidad que le exige su cargo. Y aprovecho para recordar a “los grupitos mimados por la ministra”, muchos de ellos tan marginales, tan anarquistas y tan antisistema, que su amor y defensa pública a la señora Calvo resta mucha credibilidad a varias de las doctrinas que gritan en sus canciones.   En algún momento tendrán que elegir, porque Loquillo lo dice siempre: el rock es una actitud ante la vida. Venderse y torcer la actitud por un minuto de gloria –o por un spot publicitario gratuito interpretado por un ministro- es propio de cobardes y los cobardes son los enemigos del rock. Del “rock and roll” actitud a la cobardía hay un paso muy corto y cada uno sabrá dónde quiere situarse.

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