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Tribuna libre

Machotes, crispadores, violentos: descerebrados

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Oriol , Ricard y Juan José llevaban meses agrediendo a mendigos. Lo que más les gustaba era mearles encima. Grababan las vejaciones y se pasaban entre ellos los vídeos aprovechando sus horas en un “cibercafé”. Un amigo explica: “Era su forma de divertirse”. Siguiendo el mismo patrón que los tres de Barcelona, cuatro jóvenes de estética “skin” agredieron en la madrugada del sábado, en Guadalajara, a dos extranjeros. Y acaba de saberse que el marroquí detenido por la muerte de Roberto García Grimaldo, que recibió el domingo varias puñaladas en la discoteca madrileña Joy Eslava, había sido detenido más de 15 veces por robo con violencia e intimidación, lesiones, hurto e infracciones a la Ley de Extranjería. Despedimos el año a golpe de víscera. Está visto que, para romper el tedio de una tarde plomiza, uno no tiene más que salir a la avenida principal de su ciudad y apalear vagabundos. O mejor: emprendámosla con un tipo de color, con un inmigrante. Pavoroso. Estos hechos nos enfrentan de nuevo ante una realidad sobrecogedora. El hombre es capaz de desmesura y violencia hasta un grado difícilmente imaginable. Pero, ¿por qué? ¿A qué responde ese comportamiento? Cuando vemos a un león matar a un ciervo para comérselo (tras acecharle, correr tras él, abatirlo y vencerle), no sentimos rechazo. Es la fuerza al servicio de la vida. Pero, si el león enloqueciera, y comenzara a sembrar de cadáveres la estepa, aniquilando a cientos de animales en una espiral de furia y saña, su acción sería ya violenta: no estaría al servicio de la vida, sino de la muerte y la destrucción. Basta mirar a nuestro alrededor para entender que la fuerza vital que alimenta la existencia es buena (nos conserva, nos hace fuertes, nos multiplica) pero necesita de medida. Y la medida es la razón. Cuando el ser humano renuncia a la ley que armoniza su existencia, se torna violento, se hace malo, acaba en el triunfo de la fuerza bruta. Ha prescindido de lo que en él era regla y medida de sí mismo y de lo demás: la razón. La violencia es el imperio de la irracionalidad, es el embrutecimiento derivado del derrocamiento de la razón del lugar que le es propio. Por eso, los sucesos con los que cerramos este año 2005 nos remiten a la insensatez de las guerras que asolan países del tercer mundo, a las distintas formas de terrorismo que subsisten en todo el planeta, al aumento de la inseguridad ciudadana y a la desprotección de los débiles, los pobres y los niños. Estos “machotes” violentos, engendrados por una sociedad del bienestar que tejemos con nuestras decisiones, son alusiones directas a esas otras brutalidades carentes de tino: la explotación de los pobres e ignorantes a manos de los embaucadores y aprovechados, la supresión de las libertades, el atropello del competidor en las relaciones económicas, el ejercicio despótico de la autoridad, la crispación como forma de vida en la política o en la vida social, la manipulación de la opinión pública por parte de los poderosos. Ante este panorama, decía un filósofo, sólo cabe defenderse o llorar. Mientras hacemos lo segundo, pongamos las bases de lo primero. La sociedad moderna parece haber perdido el aprecio por la ley. Nadie quiere reglas. Es la hora de la rebelión, de acabar con esos infumables códigos opresivos diseñados por el legislador. Viva el subjetivismo, que no admite otra norma que la que cada uno se da a sí mismo. De ahí es de donde nace la irracional violencia. No es cuestión de jurisprudencia, sino de remontarnos un peldaño más arriba y analizar el “sistema operativo” de esos jóvenes que queman indigentes por diversión, y de los adultos que alimentan esos otros modos de violencia (guerras, disputas, reyertas, dominación, tiranías), quizá más anónimos pero igual de aterradores. Comenzamos 2006 con una asignatura pendiente: descubrir qué nos convierte en descerebrados, qué nos empuja a destruir el orden natural de las cosas, su equilibrio y armonía.

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