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Magnífica América

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Uno puede entender pasiones como la filatelia pero el antiamericanismo no. Hasta noviembre quedan meses de aceleración y adrenalina.

Quien tenga la pasión de la política amará más la grandeza administrativa de Washington DC que la literatura y la fotogenia de Nueva York. Eran otros tiempos cuando aquellas trece colonias recién emancipadas dudaron si poner un rey. Muy moderna y muy antigua, terminarían por tener la mejor de las repúblicas, como una épica en marcha, con hitos fundacionales que comienzan con un cierre de cajas y terminan en la conquista del espacio, en el fin de la segregación, en el optimismo reaganiano. Entre tanto, hubo tiempo para guerras civiles, para la más sana relación Iglesia-Estado, para el capitalismo familiar y el corporativo, para conquistar el país tendiendo vía férrea. Ha sido constante una grandeza política, no sólo por la nobleza de situar la mejor biblioteca del mundo junto a las Cortes.

Ni siquiera hay que conocer a fondo todas las complejidades mecánicas del constitucionalismo norteamericano para disfrutar de esa obra en progreso que son sus elecciones. Esa es otra mecánica, antigua y particular, tumultuosa. La televisión ha servido para traer a casa la gestualidad magnífica de la política americana. Ahí está Martín Lutero King, con un discurso entre la ingenuidad y la Biblia; la reverberación patriótica –pese a todo- en las palabras de John Kennedy, cuando, al poco de la guerra de Vietnam, el país volaba como una lanzadera hacia el espacio. La blandura casi indigna de Carter cedería su lugar a un Reagan que siempre se las supo todas: herido por arma de fuego, en el año 81, tendría tiempo para bromear con el cirujano jefe: “espero que sea usted republicano”. A Nancy Reagan le diría: “olvidé agacharme, cariño”. Pese a todo, reservó su mejor oratoria contra Gorbachov, frente al muro en que Kennedy había dicho que era un berlinés, sin saber que equivalía a afirmar que era una palmera de chocolate. Con el desastre del Challenger, Reagan hablaría a la nación desde el dolor a la esperanza, inolvidablemente. A la URSS le diría que su programa, como corresponde, era transparente y público. Hasta el momento, con ningún presidente americano se han confirmado todos los pesimismos previos.

Bush padre fue un niño bien que también sería el piloto más joven de la segunda guerra mundial, con su avión hundido en las Marianas, primero, y en las islas Bonín, después. Esas son arduas circunstancias para un hombre, arrastrarse solo y consciente en la peor de las nadas, en el Océano Pacífico. Enseguida sería hombre de Estado, de la CIA a la Casa Blanca. Acusado de ser ‘un republicano de Brooks Brothers’, Bush se levantó la chaqueta para enseñar la etiqueta de J. Press, tienda tradicional de Yale, también muy preppy. En plena campaña, dijo famosamente: ‘read my lips: no new taxes’. Subió los impuestos y perdió las siguientes elecciones.

En la campaña del 88, el izquierdista Dukakis tuvo la idea de idiocia de subirse a un tanque para dar a la prensa una ‘photo opportunity’. El jolgorio ante la impropiedad fue general: Dukakis en el tanque quedaría, ejemplarmente, como uso autolesivo de la comunicación política. Creo que fue en esa misma campaña cuando debatieron el yogurín Quayle con Lloyd Bentsen, viejo hurón de la política: se hablaba de la experiencia escasa de Quayle para sustituir a Bush en la presidencia, caso de enfermedad. Quayle arguyó que tenía tanta experiencia política como Jack Kennedy. Bentsen se relamía y contestó para la eternidad: ‘Senator, I served with Jack Kennedy: I knew Jack Kennedy; Jack Kennedy was a friend of mine. Senator, you're no Jack Kennedy.’ Quayle alcanzaría fama por escribir ‘potatoe’ y no ‘potato’ y por decir cosas como que ‘el futuro será mejor mañana’. Bush y Quayle ganarían esas elecciones. Después llegó Clinton: ‘es la economía, estúpido’; tantas frases alusivas a su orquitis con la becaria Lewinsky. Lo mejor de la política americana es que no ha perdido un gramo de energía ni de jovialidad.

En tiempo de primarias, algunas ambiciones se confirman y otras se vuelven a su casa. Ha sido el caso de Fred Thompson, inteligente, conservador y patriarcal, conocido hasta ahora como actor. Por los republicanos, siguen el pastor Huckabee, el héroe John McCain, un Giuliani también en parte heroico, el Mitt Romney mormón que levantó desde su audacia una multinacional. Como figura pintoresca queda Ron Paul, liberal de estirpe austriaca, misántropo y profético. Son gente de valor y de experiencia, de capacidad y dinamismo: en general, basta oírles hablar de economía para saber que no son gente improvisada. Responden preguntas difíciles, hablan con claridad y –ante todo- hablan de todo, por contraste con una política española que es todo veladura y media voz, en la que son discutidas y discutibles tantas cosas. Días atrás, en Carolina del Sur, debatían los demócratas: Hillary Clinton, Obama, Edwards. Hubo tiempo para un navajeo casi sin consideración, como una política que no llega a los puños. También fue memorable. Uno puede entender pasiones como la filatelia pero el antiamericanismo no. Hasta noviembre quedan meses de aceleración y adrenalina.

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