Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:21h

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Tribuna libre

Maneras inelegantes de reivindicar

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Para merecer el calificativo de óptimo, el método empleado en la exigencia de un derecho debería considerar al menos tres factores, a saber: originalidad, civismo y un punto de fuerza coercitiva, claro, porque de otro modo es muy probable que no se consiga nada. Tampoco estaría de más no perder de vista otro elemento, no esencial pero sí recomendable: un mínimo de buen gusto. Cuando se recurre a la zafiedad simplona, al apremio imperativo o a la horterada en serie, tres vicios frecuentes a la hora de reivindicar, dan ganas de ser quien tiene capacidad decisoria al respecto, por el simple gusto de negarse. Que ésas no son formas, hombre, que no.

 

Un ejemplo de zafiedad –el primero de los vicios reseñados– nos lo han ofrecido esta semana algunos miembros del Cuerpo de Bomberos de Sevilla, que, para protestar porque sus pantalones no se ajustan a la legislación vigente –y parece que tampoco a sus cinturas–, han optado por quitárselos en público, frente al Ayuntamiento de la ciudad. No faltará quien diga que este striptease macho a lo Village People es un modo divertido de emprender su particular denuncia. Se puede incluso dar en revolucionario a la antigua usanza, en plan sans-culotte, pero a ver con qué cara se presenta uno en pernetas delante del alcalde para arrancarle una concesión.

 

El apremio imperativo, que es el segundo de los vicios a los que me refería, suele emplearse para pedir dotaciones públicas. Adopta la forma de oración exclamativa con un perentorio adverbio temporal, que suele ir separado con una coma y en mayúscula, para que resuene como un grito: ¡Aparcamiento, YA!, ¡Construcción del hospital, YA!, ¡Desdoblamiento de la comarcal seis a su paso por Ciruelillas, YA! Vale que el contribuyente desee comprobar que sus impuestos revierten en bienes tangibles, pero con tal fórmula lo que aparenta es ser muy poco educado. Como se diría en otra sección de ECD, guindilla a esta petitoria descortés.

 

Para concluir el breve inventario de inelegancias y reclamaciones, queda la alusión a la horterada en serie. ¿Por ejemplo? La dichosa pulsera destinada a que se celebren en Madrid los Juegos Olímpicos de 2012. Amigo lector, le ruego que no se ofenda si es de los que portan en su muñeca la preciada ajorca de goma, pues nunca se le agradecerá lo suficiente su inestimable contribución a que, en efecto, nuestra ciudad albergue tan magno acontecimiento. Lo que ocurre es que uno, de natural escéptico y además individualista, cree que de propiciatoria la pulsera tiene poco. Y de favorecedora como complemento, nada en absoluto.

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