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Tribuna libre

Manifiesto por la narración intermedia

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La novela corta se sitúa en esa tierra de nadie de lo que ya no es cuento pero aún no puede conceptuarse como novela propiamente. Cien páginas, digamos.

Las dos artes de base narrativa son esencialmente la literatura que responde a ese marchamo –no toda- y el cine. Las semejanzas entre ambas no se limitan a unos procedimientos comunes. Sus cultores respectivos coinciden además en privilegiar las modalidades de expresión más breve y más larga en detrimento de la que tiene extensión intermedia. En el caso del relato literario, el cuento y la novela apenas dejan respirar a la denominada novela corta. Si de cine se trata, hay que ser muy diligente en el husmeo de carteleras para poder hallar, entre el corto y el largo, el estreno de algún mediometraje. Novela corta y mediometraje vienen a considerarse un engendro raro, algo así como la hipertrofia de su versión menor o el raquitismo de su versión mayor.

Esta percepción de anomalía tiene que ver, sobre todo, con dos hechos. El primero atañe a la propia indefinición que existe en torno a una longitud concreta y unas características determinadas. En lo cuantitativo, las obras narrativas intermedias parecen hacerse hueco entre límites difusos. La novela corta se sitúa en esa tierra de nadie de lo que ya no es cuento pero aún no puede conceptuarse como novela propiamente. Cien páginas, digamos. De igual forma, el mediometraje rebasa la duración convencional de un corto, pero tampoco llega a ser lo que llamaríamos una película-película. Cuarenta minutos, por ejemplo. Ese espacio y ese tiempo tasados determinan también unos rasgos de hibridación problemática, porque se forjan entre dos negaciones: no es posible la intensidad alusiva de la distancia breve, pero tampoco el desarrollo por extenso y la profundidad en el análisis de caracteres que permite la distancia larga.

El segundo hecho por el que se tiende a minusvalorar la narración intermedia tiene que ver con los hábitos de consumo y los modos de distribución de los productos culturales (o viceversa). Debido a una mezcla de tradición y rentabilidad, las editoriales suelen publicar en un volumen una novela –es la adecuación perfecta entre forma y contenido- o una compilación de relatos breves, tantos cuantos sean necesarios para cubrir como mínimo la extensión de aquella. Pero ¿una novela corta? No suele compensar. ¿Dos, tres, incluso cuatro aunadas bajo una misma autoría? Si no son de Henry James –y aun así-, eso no interesa a nadie. Lo del mediometraje es aún peor. Cuando se paga seis euros y medio por la entrada al cine, deben amortizarse al menos con noventa minutos de sesión. ¿Dos, tres, incluso cuatro mediometrajes encadenados? Eso solo lo ponen en festivales o en el Doré.

Teniendo en cuenta estos dos hechos limitadores, se hace preciso añadir sendas réplicas. Respecto al segundo, tengamos en cuenta que los soportes están cambiando y que en el futuro el libro electrónico y el consumo de cine a través de Internet anularán todos los condicionamientos ajenos a la obra en sí, determinados por imperativos de la comercialización. Sobre el primero, los presuntos defectos de la novela corta y del mediometraje pueden verse también como virtudes. Si se convirtiesen en modalidades narrativas pujantes y se aminorara el valor atribuido a las cortas y a las largas, cuánta fatuidad manierista nos ahorraríamos por el lado de quienes constriñen su gran ego para que quepa en unos pocos folios o en una pequeña bobina, y cuánto pestiño dejaríamos de tragar por gentileza de quienes parecen desconocer en sus historias la virtud de la síntesis. Cien páginas. Cuarenta minutos. Porque menos no siempre es más, y más en todo caso nunca es menos.

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