Viernes 09/12/2016. Actualizado 13:25h

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Tribuna libre

Mano tendida, mano rendida

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La sesión del martes en el Congreso de los Diputados fue un capítulo bochornoso en la historia del parlamentarismo español. Por decencia frente a la amortización que en su plan hace el lendakari de la violencia etarra, por dignidad ante las víctimas y también por respeto a la soberanía nacional allí representada, nunca debería haberse celebrado ese pleno bufonesco, en el que todos sus participantes llevaban cara de circunstancias. Y es que se sabían protagonistas de una anomalía histórica, bastante incómoda para los más y no poco regocijante para los menos. La propuesta de Ibarreche puede ser calificada con una terna de adjetivos que a la izquierda le sonará de otra causa para ella en principio mucho más estimulante: es ilegal, injusta e inmoral. Someterla a debate es de un candor irresponsable en el mejor de los casos, aunque también podría pensarse, con atisbos de verosimilitud según vamos viendo, que esa cesión de la moqueta isabelina y la tribuna de oradores al insubordinado representante autonómico responde a una aquiescencia calculada. Nada de candor en este caso, sino maquiavelismo. Pero también irresponsable. Si un empleado marrullero pretendiese un aumento arbitrario de su mensualidad y amenazara al presidente de la empresa con «liarse a tortas» en caso de no acceder a su exigencia, lo que éste haría sería despedirlo, apercibirlo seriamente o denunciarlo, pero no responderle: «Mejor pásate por la junta de accionistas, nos insultas, nos escupes y antes de que sueltes el primer guantazo, te haré saber que desaprobamos tus métodos, pero podemos llegar a un acuerdo». Mutatis mutandis, esto es lo que ocurrió el martes en la sesión plenaria del Congreso. Es la doctrina gubernamental de la mano tendida, que tiene una interesante connotación. No significa lo mismo estrechar o dar la mano, señal de acuerdo, que tender la mano. La mano se tiende al que necesita ayuda imperiosa, a quien está a punto de hundirse en las aguas o de caer al vacío. En este sentido, Zapatero debe de creerse algo así como el Indiana Jones de la política española. Pero la realidad es exactamente la opuesta. Retórica aparte, no es él quien tiende la mano sino quien se aferra con angustia a las múltiples manos que le alargan para no precipitarse en el abismo de la gobernabilidad imposible. Al presidente le ha ofrecido su mano el PP por una parte y la conjunción de izquierda radical y nacionalistas por otra. En la práctica prefiere decantarse por ésta como alianza fundamental y está en su derecho, aunque nos parezca un disparate del que pronto sufriremos las consecuencias. Ahora, que no trate encima este buen hombre de presentarse como el salvador cuando en realidad es, de todos, el más apurado. No es que conceda su auxilio; antes bien se agarra a un clavo o a un plan ardiendo con tal de no caer. Porque éste no es el Gobierno de la mano tendida, sino más propiamente de la mano rendida.