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Tribuna libre

Los últimos coletazos de Maragall sacuden a todos. Rajoy se faja en Cataluña y en Madrid, rumor de televisiones

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Uno pensaba –por lo que se ve, de forma ingenua- que la consecución de la Champions League iba a servir de bálsamo en el intrincado panorama político de Cataluña. Está visto que no.

Los triunfos no sólo sirven para que los delincuentes callejeros destrocen esa maravillosa ciudad que es Barcelona, sino que no han hecho la más mínima mella en el ánimo beligerante del Presidente de la Generalidad de Cataluña.   Ya hemos empezado. Mejor dicho, ha empezado Maragall. Ese al que le deben quedar dos telediarios o, como mucho, dos telediarios y un informe semanal.   El Honorable ha perdido los papeles y está disparando contra todo lo que se mueve. Se siente incomprendido desde Madrid –él es Cataluña- por todo el mundo. Por Adolfo Suárez, por Felipe González y hasta por Rodríguez Zapatero, que ya es sentirse.   Extraña que no se sienta incomprendido por José María Aznar. ¿Quiere esto decir que Aznar le comprendía? ¿Supone –por el contrario- que no considera a Aznar digno de sus dardos? El caso es que ya se ha destapado la caja de los truenos y que el Partido de los Socialistas Catalanes es todo, menos un modelo de buena convivencia.   Maragall, contra Rodríguez Zapatero, Piqué contra el PSC. Los nacionalistas, contra Ezquerra y Ezquerra contra el mundo. Y Montilla que -a veces parece que está hasta contra sí mismo- deshojando la margarita de irse de jefe de la oposición a Cataluña seguir de jefe de las OPAS en Madrid. Un lío.   Y un Estatuto sobre la mesa que ya no se sabe si es un Estatuto o la espada Excalibur que montaba los pollos que montaba, entre los caballeros de la Tabla Redonda.   En estas condiciones uno se pone en la piel de un catalán de a pié y –aún pensando que sea “culé” de toda la vida- se le pone la carne y la piel de gallina.   Alguien debería tomarse en serio el problema que Rodríguez Zapatero ha creado -lo ha creado él y sólo él- en Cataluña e intentar resolver algo, gobernar un poco –no demasiado- y buscar salida al laberinto.   Un laberinto que se complica con eslóganes electorales a los que legalmente no se les va a poder hincar el diente pero que, desde el punto de vista de la buena convivencia política, son más que inadmisibles.   Rajoy se afinca en Cataluña. Dicen los políticos y asesores de los despachos de Génova que se va fajar en la campaña, pero el líder de la derecha tiene que medir muy bien los golpes. En boxeo sólo hay una cosa que desgaste más que los golpes del contrario y son los golpes propios que se pierden en el vacío.   La postura del Partido Popular de “yo no estoy en el tinglado y el lío lo han armado otros” no es de recibo en un partido que quiere gobernar en España. Y la postura de Convergencia y Unió -que quiere gobernar en Cataluña- esperando a ver pasar el cadáver de los enemigos, tampoco es admisible.   En Madrid –rompeolas de todas las Españas - rompe todo y alguien se puede romper la crisma, política, se entiende.   Ni Gobierno ni oposición dan la talla. El PSOE teme que se va a encontrar en las generales con el fantasma de la abstención y el Partido Popular -lo dicen sus más conspicuos aspirantes a sucesiones de segundos puestos- se va a topar con una extrema derecha que, a lo mejor, le quita a algún escaño.   Una semana en la que Rodríguez Ibarra arremete contra Andalucía y dice que el Guadalquivir tiene algo que ver con Extremadura.   Movimientos casi telúricos en los medios de comunicación. Cadenas de radio y cadenas de televisión que están en boca de todos.   Esperar y ver.