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Tribuna libre

Una semana triste en recuerdo de Miguel Ángel Blanco y de pesar ante el espectáculo de desunión de los políticos

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Ermua no existe. Pasados diez años, el recuerdo del asesinato de Miguel Ángel Blanco sólo ha servido para escenificar la penosa división de los partidos políticos frente al terrorismo etarra.

El espíritu de Ermua ha desaparecido empujado por la “codicia electorera” de los principales partidos políticos españoles. Hay -pueden aducirse- muchas razones, y las culpas pueden ser de unos u otros o de todos a la vez, pero lo cierto es que el espectáculo que han dado el Partido Socialista y el Partido Popular no ha podido ser más penoso.

Ver las imágenes retrospectivas de hace diez años y contemplar a los ciudadanos dando la cara y, por vez primera, hacer frente sin miedos a los asesinos y constatar cómo la banda terrorista se metía en sus agujeros producía un sabor agridulce pensando en la situación actual, con un país en vilo pendiente del cuándo, el dónde y el cómo del próximo atentado de la banda y respirando profundamente cada vez que el Ministro del Interior anuncia nuevas detenciones y nuevos abortos de intentonas de la ETA.

Pero ha habido acontecimientos políticos que más bien parecen intentonas desde uno u otro lado para desviar focos de atención. Serán la vuelta de José Bono tras su espantada -demasiado reciente como para pensar que sólo fue eso, una espantada-, y el desaire de Rodríguez Zapatero a Manolo Marín que se ha constituido en osito de peluche y afirma que necesita cariños. Pasar de Presidente de las Cortes a Mimosín no debe de ser fácil. Claro que más difícil es para el Jefe del Poder Ejecutivo explicar sus ingerencias en el Legislativo incluso antes de que las elecciones estén convocadas. Pero así es nuestra democracia.

Una democracia que asiste estupefacta a las trifulcas soterradas en el Tribunal Constitucional y a las peleas a la luz del día entre los jueces de la Audiencia Nacional por manejar la agenda de teléfonos de un terrorista. Sigue el espectáculo.

Pero para espectáculo, las tomas de posesión de los nuevos Ministros entre fervorines al líder, llantos no reprimidos, abrazos y besos sin recato, discursos memos y declaraciones cursis y vacías de contenido. Un pan como unas tortas esta crisis de Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Rajoy promete a los empresarios bajar los impuestos y eso siempre es una buena baza electoral, sobre todo frente a otra bajada: la de pantalones del Gobierno ante las apetencias autonómicas de Cataluña que crea –contra todo derecho- una Agencia Tributaria, y a los socialistas les parece de perlas. Menos mal que han impugnado las selecciones deportivas del País Vasco. Que por impugnar no quede.

Es una semana de revoltijos seudopolíticos. El único que se aclara –una vez más- es Pere Navarro -este hombre es una joya mediática- que ahora nos dice que este verano habrá más muertos en carretera por pura lógica matemática. No, si cuando las cosas se explican es muy de agradecer.

En Izquierda Unida se empieza a notar que Llamazares ya no es lo que era en la coalición y hasta se permiten hacer una propuesta medianamente coherente: abogan porque se limite el sueldo de alcaldes y concejales. No es mala idea pero ya verán ustedes cómo no se pone en práctica.

Y si en el fútbol los fichajes no pueden esperar, Rajoy nos tiene a todos en ascuas con las incorporaciones que se anuncian para septiembre. Lo que pasa es que los más maliciosos se están limitando a repasar el organigrama de los últimos equipos ministeriales de Rodrigo Rato y les salen nombres a porrillo.

Capítulo aparte merece la reincorporación de Pepe Bono. Si no fuera demasiado fácil se podría hacer un juego de palabras: “Pepe” al Real Madrid y Pepe a Madrid. Y, además, ambos coinciden en las expectativas que han levantado y en que a lo mejor los dos tienen que salir en el segundo tiempo

Y mientras, la ETA a lo suyo, que es intentar atentar –valga la cacofonía-, que ni Rajoy se explica cómo la policía evita los atentados con la que está cayendo. Este hombre siempre tan jocoso y divertido.

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