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Tribuna libre

Y en Moncloa, ¿qué pasa, Neng?

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Confieso no haber visto aún al personaje televisivo de Buenafuente que la ha inmortalizado, pero la frasecita ha pegado fuerte. Hace unos días, la Guardia Civil interceptó en Fuerteventura una patera con 39 inmigrantes subsaharianos a bordo. A su llegada al puerto de Gran Tarajal, algunos de los “sin papeles”, al ver a los fotógrafos y cámaras que les aguardaban, sonrieron y, ni cortos ni perezosos, lo soltaron: “¿Qué pasa, Neng?”. La escena es impactante: la perfecta trivialización de ese dramático momento en el que los ilegales se juegan la vida cruzando el charco, a manos de desalmados traficantes, de personas sin escrúpulos que sólo persiguen el enriquecimiento. Y, en medio de la angustia, ése “¿Qué pasa, Neng?”. Es para decirles: “Olé por vuestra sangre fría… o vuestra inconsciencia”. Y en las actuales circunstancias, la cosa tiene su miga. Me explico. ¿Se han fijado en que Zapatero sigue sonriendo? Yo lo he visto. Lorenzo Milá, el responsable de esos Telediarios a los que —según el pro gubernamental y televisivo Sacaluga- les falta algo de garra, nos sigue mostrando la misma beatífica expresión del Presidente del Gobierno que —no puedo negarlo- comienza a preocuparme seriamente. Hoy se cumple año y medio de la conquista del poder por el Partido Socialista, en las urnas, y, al frente está don José Luis. El día de la victoria, la sonrisa acudió a su rostro y el talante desembarcó en nuestro país como presunta suegra incluida en el “pack” de este matrimonio civil entre los ciudadanos y el sucesor de Aznar. No me pareció mal, en un principio, necesitados como estábamos en esta nación de diálogo real entre los discrepantes. El problema es que con talante y sonrisas no se gobierna eternamente, con gestos y mohines de felicidad no se conducen los grandes temas de Estado. Miento. Se puede, pero no se debe; también porque se corre el riesgo de acabar atropellado por esa falta de decisión que presagia el rictus de su rostro. En estos momentos, uno barrunta que nuestro Presidente está enredándose en una peligrosísima madeja que tiene por nombre ETA. El pasado miércoles, el lehendakari Ibarretxe coló de rondón en el Palacio de Moncloa a nuestros conocidísimos muchachos de la banda terrorista. Lo ha reconocido el propio Josu Jon Imaz. Ni cupos vascos, ni gaitas: según el máximo dirigente del PNV, el tema de aquel encuentro fue “avanzar en la paz”. Es decir, que la cuestión terrorista volvió a entrar en sede presidencial por la puerta de atrás y, con ella, el acercamiento al País Vasco de presos etarras que aún pernoctan en las cárceles españolas o una posible amnistía para los que no carguen con delitos de sangre; la cuestión navarra; la entrega al PNV del edificio que ocupa en París el Instituto Cervantes… Por lo pronto, en una decisión insólita en la historia de los pistoleros vascos, el sanguinario terrorista Juan Carlos Iglesias Chouzas, alias “Gadafi”, acaba de llegar a España procedente de Francia, ¡a petición propia!, y para seguir cumpliendo en nuestro país las condenas impuestas tanto por la Justicia gala como por la Audiencia Nacional. ¿Qué noticias le habrán llegado a “Gadafi” para tomar semejante decisión, corriendo el “enorme riesgo” —según denuncian día sí y día también desde el entorno abertzale- de ser torturados por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado? ¿Habrá oído cantos de sirena sobre una amnistía multitudinaria a presos de ETA en España tras el abandono de las armas por parte de la banda? Estamos tocando temas de tanta trascendencia para España que requerirían grandes dosis de prudencia por parte de nuestros gobernantes, y de imprescindible consenso entre las principales fuerzas políticas, además de mucha sensatez. No tanto sonrisas (o no sólo). No tanto talante (o no sólo). No tanto “confiad en mi, que yo sé lo que me hago”. Y no más oscurantismo y conversaciones discretas y secretas. No. Ibarretxe debería haber sido recibido en Moncloa con algo más que un “¿Qué pasa, Neng?”. La gravedad de las cuestiones planteadas merecen mayor rigor por parte de nuestro máximo representante. Zapatero tiene mucho que ganar en esta apuesta (pasar a la historia como el exterminador del terrorismo), y por eso arriesga; pero España tiene más que perder por esta manera de actuar. Nadie debería ser tan osado como para jugar con el sentir de todos los españoles. Por eso, principalmente por eso, no están justificados los excesos de heroísmo, ni las gratuitas demostraciones de sangre fría, ni mucho menos la inconsciencia.