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Tribuna libre

A Montilla tampoco le gustan los confidenciales

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Ayer comí con José Montilla, ministro de Industria. Nada grave: un almuerzo en el Hotel Wellington, de Madrid, junto a un centenar de invitados. La convocatoria de la Asociación de Periodistas Europeos tenía como objetivo analizar el poder y la responsabilidad de la nueva prensa digital. El político catalán llegó para la comida y no se anduvo por las ramas.

 

Para Montilla, el periodismo “on line” es el fenómeno más importante acontecido estos últimos años en el mundo de la comunicación, una verdadera revolución digna de estudio y análisis. Sin embargo, el ministro sólo dedicó unos segundos a justificar el porqué de estas afirmaciones. A lo que parece, su objetivo era otro.

 

Existen unos nuevos medios –especificó de inmediato- que resultan perniciosos para la sociedad. Se trata de los diarios confidenciales y las bitácoras. Algunos de ellos no cumplen las mínimas normas de solvencia y credibilidad. Algunas de esas plataformas chocan con la libertad de expresión y la libertad de información, apuntilló.

 

Los confidenciales digitales suponen un gran perjuicio para la ciudadanía, impulsados por fuentes intencionadas que pretenden corromper el sistema. El fraude de unos pocos, precisó el ministro, mina la credibilidad del resto y pervierte el sector.

 

Es cierto que el titular de Industria no demonizó a todos y cada uno de los integrantes de la Red –como sí han hecho otros-, pero el tiempo y el tono dedicados por Montilla a la materia no pasaron inadvertidos para nadie. El político catalán habló de los “diarios digitales” como la prensa respetable en Internet. “Ellos tendrán todo nuestro apoyo”, remarcó. Se supone que el apoyo del Gobierno.

 

O sea, que Montilla también tiene miedo a los confidenciales. Un sector que parece resultar especialmente incómodo a la clase política y, más concretamente, a los que gobiernan. Es indudable que vivimos en estos momentos una especie de “travesía del desierto”, a la búsqueda de una aceptación pública que de entrada se nos niega.

 

En primer lugar, nos rechazan nuestros colegas. Una parte importante de la prensa escrita, la radio y la televisión de este país disiente, sin más preámbulos, de este modo de trabajar, como si disponer de redacciones mastodónticas, asistir a ruedas de prensa oficiales y bailar al son de la agenda político-económica marcada por el preboste de turno fuera la única manera de hacer información.

 

Se nos tacha de frívolos y poco diligentes por el hecho de utilizar fuentes anónimas, basándose en la triste realidad de que algunos profesionales (o personas que se dicen tales) se sirven de esta fórmula para calumniar, difamar y perpetrar innobles supercherías a través de Internet, un día sí y el otro también.

 

Y por ello, todos a la hoguera. El argumento es especialmente simpático a la clase política, consciente del gran poder de la información y empeñada en controlarla, con ocasión o sin ella. Y en este terreno del control, claro está, los desestructurados confidenciales son más difíciles de asir. Por eso les niegan el pan de la publicidad institucional. Por eso se les impide acceder a buena parte de las instituciones públicas que exigen una acreditación oficial.

 

Internet ha permitido reducir tremendamente los costes de producción en tareas informativas, hasta el punto de hacer posible la dedicación de los escasos recursos de que uno disponga a la única y exclusiva tarea de llegar a las fuentes. En esa tarea estamos, conscientes –nosotros más que nadie- de que la carrera hacia la consolidación de la fórmula pasa por la credibilidad y la solvencia de nuestro trabajo.

 

Eso sí. Montilla y el resto no deben perder de vista que el “canon de la legitimidad” no lo dictan unos selectos intérpretes –sean políticos o sean periodistas-, autodesignados como adalides de lo que es o no es periodismo en virtud de no se sabe qué don preternatural. Ese trascendental veredicto viene marcado, en primer lugar, por la propia conciencia, y acto seguido, por la audiencia, por los lectores.

 

A ellos nos debemos y, mientras nos sigan apoyando como hasta ahora, continuaremos procurando mejorar lo presente y “liberar” hechos ciertos, relevantes, y hasta ese momento desconocidos, a la enrarecida atmósfera que nos rodea (y que algunos querrían un poco más “nebulosa”).

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