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Tribuna libre

Moral práctica para melancólicos – Consejos para la vida en el mundo según la tradición de la misantropía

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Donde punto por punto, y con gran arbitrariedad, se sugieren actitudes y tácticas para sobrevivir con éxito en el gran teatro del mundo.

-- ¡No se subestime! Piense que siempre podía haber sido socialista.

-- Fume cigarrillos. Eso le dará gratos momentos de soledad. “Hay muertes espirituales por exceso de compañía”, dijo alguien.

-- Nunca dé en pensar que la Providencia tiene un empeño específico contra su felicidad.

-- Redescubra que la gente, no por parecer feliz, es despreciable.

-- Tenga muchos hijos. Usted será igual de miserias pero al menos habrá hecho algo visible y positivo. Por otra parte, alimentar a los hijos –la solicitud por la familia- quita tantas tonterías como una bofetada a tiempo.

-- Sus sentimientos y el mundo, salvo raros lapsos de acorde, no tendrán nada que ver. Lo más práctico es darle al mundo la razón aunque no la lleve. En términos mundanos, llevar la razón es como ganar la medalla de corcho –ni siquiera queda bien.

-- Perdone siempre, pero vénguese.

-- No se ría de su propia desdicha. Parece que funciona pero no. Tenga dignidad y rabie como Dios manda. Es más noble.

-- Hable muchísimo por móvil y que el diablo pague la factura. El móvil está para hablar y es muy útil al llegar a la edad en que uno prefiere estar con cualquiera antes que hablar con uno mismo.

-- Exagere su fama de malapersona para que después nadie se extrañe -tampoco usted mismo. Reserve para las ocasiones los buenos sentimientos pues en algún momento le sorprenderá saber que los tiene.

-- Admire no más a gente lejana y preferiblemente muerta. Ellos son los únicos cuya virtud no  puede chequear.

-- Desarrolle la gran certeza de la memoria sensual: las telas, los colores, los afectos. Los amores simples. El pasado como inocencia, la experiencia como virtud, el desengaño como bálsamo. Al fin y al cabo, no recordamos con menor cariño el dolor que el placer. Piense que su infelicidad de hoy es el recuerdo emotivo de mañana.

-- Considérese a sí mismo en bata y después considere si la opinión cesárea que tiene de sí mismo guarda correspondencia con la realidad.

-- Repare en que la gente le tendría en más estima si usted les permitiera la mitad de lo que a sí mismo se consiente.

-- Hoy no se suele decir, pero hay muchísimas cosas que sólo se resuelven bien a puñetazos.

-- Quizá tenga usted una edad indecisa, con bastante aburrimiento por delante y muchas incongruencias por detrás. Es el fracaso. Consuélese pensando que el fracaso tiene una excelente literatura.

-- Escuche músicas tontas, ñoñas, ligeras, inconfesables, agradables. Canturree. Imite a Fígaro, a don Hilarión, la cadera poderosa –portentosa- de Shakira. Siéntase un poco bobo y feliz. Pruebe con la conga. Permítase ser un poco idiota alguna vez, entre gente de confianza.

-- Procure ganar mucho dinero. Greed is good! No hay confianza que soporte la doble desgracia de ser pobre e idiota.

-- Desarrolle alguna pasión inexplicable. Las catástrofes aéreas, por ejemplo, la porcelana de Meissen. Los saberes inútiles consuelan de muchas cosas.

-- Tome taxis. No sé por qué, o sí – pero tome taxis.

-- ¡Sea egoísta! Use a sus amigos. “Paco, estoy atribulado y necesito que me invites a cenar”.

-- No se desespere contra usted mismo. Uno es siempre el último en saber que es un idiota, y para entonces ya hay mucha gente que nos lo ha perdonado.

-- Tenga gato. Eso le permitirá vivir junto a alguien siempre un punto más raro –más hosco- que usted. 

-- No tome decisiones irreversibles: ahogar al perro, gastarse el sueldo en unos mocasines de piel de manatí o en una botella de Sauternes. Piense en la cantidad de maravillas que hay en los escaparates –y que usted no necesita. Bien mirado, esos zapatos todavía pueden durarle quince años. Puesto que todos somos un poco miserables, es bueno serlo también con uno mismo.

-- Sea franco con sus amores y sus odios. A nadie alaban por pusilánime.

-- Piense que la muerte le llegará cuando tenga que llegarle y que mientras tanto, es usted quien va ganando.

-- No se abrume de sufrimiento por la política. A veces es un sentimiento noble pero piense que ante la maleable realidad casi todos nos equivocamos un poco –por lo que ese sentimiento de nobleza se troca en ser un piernas. Piense que el estado de naturaleza es la guerra de todos contra todos y ahí ya no llega ni el zapaterismo.

-- Hágase respetar. Recuerde al vecino su gusto por las armas, su intolerancia al ruido.

-- No haga cosas indecorosas a sus propios ojos: montar en bicicleta, vestir tecno-sandalias, ir al burdel, ver televisión.

-- Encuentre y lea a los pocos autores capaces de justificar la autoestima intelectual: Cervantes, Sterne, el doctor Johnson, Joseph Joubert. Picotee entre libros, pasee entre cuadros, frecuente jardines. Procure en todo vivir como si el mundo fuera un lugar agradable.

-- Siga el consejo de Ovidio: “busca a tus amigos entre tus iguales”. En el trato con el mundo, considere que la necedad no es de las cosas que se mejoran con el tiempo.

-- Tenga sus bares habituales, sus chistes viejos, sus corbatas favoritas, sus periódicos de siempre, sus certezas más o menos inmutables. Hasta que le dé la gana cambiarlas.

-- Si se siente del todo incapaz de salir de casa, quédese. No es bonito agonizar en público.

-- En cuestiones de romance, piense que la felicidad debe ser feliz desde el principio.

-- Socialice. Socializar desensimisma. Cursos bíblicos, grupos de tai-chi, talleres de alfarería. La gente odia quedarse en casa. Nos somos profundamente necesarios. Por otra parte, así puede comprobar que casi todo el mundo es tan malo como usted.

-- Recuerde que el vino alegra el corazón del hombre. Addenda: también la ginebra.

-- Después de comer, lea libros aburridos para inducir magníficas siestas. Esas siestas que anestesian el alma atribulada.

-- No lea libros de autoayuda sino de autopunición. El biotipo humano lo que menos necesita es cremita e indulgencias: eso ya lo hace la naturaleza por nosotros. Salmos penitenciales, profetas bíblicos, moralistas franceses, poetas barrocos, tratadistas de ascética: hay mucha literatura válida. Que no le pese el culo del alma. Saber que uno está a la altura moral de una escobilla de baño es un buen fundamento para casi todo.

-- Sea agradecido, que es de las pocas cosas que la gente agradece. Por otra parte, cómo no ser agradecido cuando a usted –que merece una piedra- alguien se ofrece a darle un pan.

-- Si usted necesita trabajar, procure ser jefe. Eso le permitirá ser arbitrario, lo cual a su vez le permitirá ser justo las mismas veces que si usted se esforzara en ser justo.

-- Sonría. Las revistas del ramo le dirán que sonreír no cuesta nada pero usted sabe que le cuesta un horror; que prefiere pedir las cosas a voces, por ejemplo. Recuerde tres verdades muy tontas: la sonrisa llama a la sonrisa; a usted le gusta que le sonrían; la sonrisa es la ignición del buen humor.

-- Tal vez no le guste su barrio pero incluso en su barrio de color gris industrial, cada tarde tendrá sus matices y momentos de París.

-- Frecuente iglesias, quizá con suerte se le pegue algo y poco a poco deje de ser un miserable. Aproveche cualquier llamada al silencio interior porque Dios no da coces en el corazón –antes lo identificaban con un viento.

-- En su trabajo, en su familia, la gente ya le acepta como es –con sus defectos, con su halitosis. No tenga el orgullo de pensar que están equivocados.

-- Aprenda a gozar del halago, del elogio, del triunfo. Entre otras cosas, nunca serán lo suficientemente grandes para sobrepasarle. Desarrolle el sano convencimiento de que quien le critica es un cabronazo.

-- No se intente dar más pena de la que ya da. Revuélquese en la autocompasión –pero revuélquese con escepticismo.

-- Si no puede o no quiere mandar, tenga un jefe propenso a darle todas las palmadas en la espalda que usted, en su susceptibilidad, tanto necesita.

-- Sea limpio. Aféitese, hombre. Gaste en colonia. Así será usted veraz al afirmar que lo peor, pese a las apariencias, va por dentro.

-- Échese novia. Eso le dará los suficientes problemas como para dejar de pensar en los que antes tenía.

-- Tenga ese género de deudas que nunca podrá satisfacer pues esto –por piedad natural- le llevará a dar a otros de lo suyo.

-- Finja desconocer aquello que no le interesa. ¿Quién es Fabio Capello? Obviamente, un arzobispo del tiempo de los Médici.

-- Procure hacer cosas para defenderse de su buen gusto. No valen, por viejas, las reproducciones de la torre Eiffel.

-- No sea una rata miserable. Gaste en vino, en alegría, en jolgorio: cuanto más gaste, más tendrá que trabajar.

-- Despreocúpese: la gente odia y ama porque sí.

-- Siéntase enormemente, enormemente viejo, para recuperar de vez en cuando la realidad de ser joven.

-- Honre a su padre y a su madre. Es un modo de salir del narcisismo. Por extraño que le parezca, la familia puede contribuir a su felicidad.

-- Desarrolle un enorme y minucioso interés por la política internacional. Nada como las amenazas difusas para aliviar los problemas reales. Nada como el escudo antimisiles para olvidar una decepción.

-- Aprenda a convivir con el alboroto y el desorden. La vida no es lineal, geométrica, higiénica. Hágase amigo del caos como el pez del agua sucia.

-- Trátese bien. Hemos quedado en que es una escobilla de baño pero aun así –aun así- es usted digno de misericordia. Por tanto, otra copa de champán, otro martini.

-- ¡No se enamore! Es mucho mejor que a uno le quieran.

-- Dése el placer de ser maligno algunas veces. Siempre da gusto saber que uno es como los demás.

-- No caiga nunca, jamás se vea arrastrado por la tentación de parecer culto, sensible, inteligente, intelectualón. Ni los cultos ni los incultos suelen perdonarlo.

-- Tontee y flirtee cuanto pueda, que es una cosa que mantiene el alma joven, como saben bien los viejos verdes.

-- Finja ser simpático. La gente no se dará cuenta de que usted, en realidad, es antipático. Con un poco de soltura, será simpático por un automatismo –será como anudarse la corbata o atarse los zapatos. En España, por otra parte, no hay nada que sirva para más que ser simpático.

-- Haga algún trabajo manual. Hay quien sabe arreglar grifos, poner bombillas. Quienes no sabemos podemos reordenar los libros o aprender lenguas muertas.

-- En los peores momentos, cuando todo sea pesadilla, mire hacia atrás. Hay uno que vendrá comiendo la cáscara de los altramuces que usted deja.

-- Ciertamente, usted puede pensar que su vida tiene poca leyenda - pero toda vida tiene su pequeña poesía.

-- Por último, nunca deje de leer, que no le curará de nada pero le aliviará de todo. En ese sentido, la lectura es como las aguas de Chateldon.