Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Moral y restaurantes. La semana de un conspirador

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Casi siete días con comidas y con cenas, trabajos, confidencias, amigos y enemigos, y un eminente Jurançon.

VIERNES. Sale Chesterton y el nombre de uno está en portada como si fuera una playmate. ¿Qué decir? La vida es difícil. El mundo es engañoso. Las pasiones se pasan. Los afectos son –cada vez más- de una entidad ligera, discontinua, evanescente. El don de la gracia exige esfuerzo. La alegría viene siempre con una resaca de cautela. Damos para lo que damos, vamos a morir horriblemente, Madrid está lleno de pecado y además gobierna el Partido Socialista. Con estas prevenciones, la realidad es que aparecer en Chesterton me da contento y tener contento es mejor que revolcarse en la ceniza. Después hay comida en Lucca, no lejos de lo que fuera la plaza mayor del pijismo, allá en Lista con Velázquez. No es difícil encontrarse a Ana Botella ni es difícil prever que es del tipo de mujeres que piden agua y ensalada. Veo a Apezarena para el café. Es el fundador de este diario digital y tendrá que llevarse su ración de gloria para cuando las siglas de ECD miren a los ojos a las de FAZ o NZZ y el año 2000 sea arqueología cibernética. Apezarena está en La Gaceta, periódico muy bien escrito aunque no sé si muy leído. Es hombre parco, con el mejor atributo de la profesión –la buena fama. Más tarde está el Retiro ahí, en frente de casa, como una prolongación del salón, como una invitación. Procuro ‘snobber’ los puestos de la feria y me siento a fumar cerca del Palacio de Cristal pero hay unos tipos que de un momento a otro se van a poner a imitar a la primavera y las pasiones ajenas son casi siempre incomprensibles. Consecuentemente, me alejo. Decido abandonar toda moral y me tumbo sobre la hierba: lino blanco, oxford azul, los mocasines a un lado, el mullido del césped, la tarde que cae, un vuelo sin ofensa de mosquito, el lejano tam-tam de los porreros… Pienso en escribir sobre vaguedades: “la felicidad, en general”, “las pasiones humanas, consideradas ampliamente”, pero siempre hay que escribir con alguna concreción. El sol reverbera, parpadea –verde y blanco- en las hojas de los chopos, brizadas suavemente por el viento. El momento es de lirismo, de vaga infinitud, delineada con dulzura, con pereza, a la caída de la tarde. En esta hora, Madrid es una ciudad feliz y uno no debe querer más que decorar el escenario, pasar sin desmentir la débil condición de la belleza. Somos para la eternidad y a la vez somos un párrafo redondeado por el tiempo. Cuando me levanto ya hace frío y compro fruta para hablar con las dependientas brasileñas.

SÁBADO. Noche toledana. Me levanto y me acuesto, incapaz de escribir si me levanto, incapaz de dormir si me acuesto. Es el barro primordial –algunas veces, toca joderse. A las siete y media me despierto con un resorte de infarto y un artículo por escribir –y escribo una última deposición sobre La Habana, no ajeno a la vergüenza. Pese a todo, hay que disponerse al sábado feliz; voy a la oficina a echar un par de voces y antes nos avituallamos en Cuenllas con un riesling. Comemos en el pequeño comedor que inauguró Lavinia y que no está tan bien pero desde luego no está mal. Por recordar la adolescencia, pido sauerkraut: desde el principio, abandonamos las virtudes de la Economía y la Prudencia y empezamos con manzanilla Pedro Romero, cava Recaredo, un blanco del norte del Ródano que me ha preso el corazón y seguimos, Ródano arriba, con un buen Gramenon. Aún queda tiempo para los quesos, para los chocolates, para un PX no sé si de Montilla o de Moriles (“la elección es bien sencilla, o Moriles, o Montilla”). Estamos ya por pedir una ambulancia pero he de irme a conocer al tipo que va a vivir en mi casa y con el que tengo que resolver unas cuestiones de derecho civil –avales, fianzas, grueso papeleo incomprensible. Aparece en chancletas, a los mandos de un mercedes deportivo: es, sin duda, un triunfador. Me dice que antes vivía en una ‘home-office’. ¡Una ‘home-office’! Por suerte, siempre hay alguien más capullo que nosotros. Es la primera vez que veo mi casa, con una espaciosa terraza que da a un descampado, al norte de la plaza de Castilla, con la sensación de estar cerca de Burgos. Luego, nos dejamos medio cóctel de cava en la terraza de Embassy y entramos en Astrid y Gastón: Astrid y Gastón, la sensación. Es un gran restaurante peruano y ha de triunfar en Madrid como triunfa en Lima, en Caracas y en Santiago, abrazo panhispánico. Nunca he tenido tanta voluntad por ir a un restaurante, atento a mi debilidad por el Perú y mis grandes esperanzas por el prestigio y el progreso del país. No hay manteles pero hay un público curioso, mezcla de asistentas y modelos de las que salen en las revistas. Estas modelos tienen tallas de niña a lo ancho y de jugadora de baloncesto a lo largo –mucha fotogenia pero la misma transmisión sensual que un pollo frío. La comida peruana es sapientísima aunque difícil de combinar con vino. En cambio, combina muy idealmente con un pisco sour o con dos. A la noche, en el tribunal de la conciencia, uno no sabe si pedir perdón o dar las gracias. Siempre se puede rezar la oración del abandono: “Señor, lleva las cuentas”.

LUNES. Lunes por la mañana y hay que pasarse por la Administración. Nuestros impuestos hacen milagros de modo que en las oficinas sólo falta mármol travertino y el ambiente es excepcional –la gente lo pasa bien, trabaja poco, se lleva los bolis a casa, para los niños. Inevitablemente, son dos mujeres de mediana edad las que nos atienden. Es un tipo humano, funcionarial, muy característico –una mezcla de rencor y arbitrariedad que sólo se suaviza ante la constatación de que el mal también sestea. Nosotros somos los dos chicos jóvenes que se han puesto a propósito la corbata respetuosa, que se han afeitado con esmero, que usan modales suaves y procuran aparentar la mezcla de inteligencia y bonhomía y savoir-faire empresarial. La juventud es buena porque transmite un aire de inocencia o candidez y es de temer que con más años la hijoputez se nos vea mucho más claramente. Por supuesto, el diálogo a cuatro es un juego de espejos y mentiras pero no otra cosa es la educación y tampoco era el momento de hacer apologías liberales. Se trata de tener el dossier bien preparado para que –con toda cordialidad- muerdan un adoquín cuando buscaban sangre. Cualquier funcionario con jerarquía de ujier va a usar sádicamente su poder sobre ti si es que lo tiene, con lo que la estrategia es fingir que uno se humilla con todo el gusto. Con los policías y la Guardia Civil también puede funcionar: uno, que no sabe mentir, sí sabe poner cara de inmensa desolación. A veces es una pena que en nuestro país estén bien pagados y tengamos todos el escrúpulo del soborno, que no deja de ser un ámbito de la autonomía privada. Como en todos los negocios, la satisfacción es pensar que la otra parte está engañada o que el mundo es bueno y las dos partes son felices, según lo malapersona que sea cada cual.

MARTES. Trabajo nocturno, con el tiempo tasado para escribir sobre Turner y Velázquez, con la reverencia de una materia sagrada. Escribir sobre arte es la mejor dieta intelectual para combinar sensibilidad e inteligencia, la sutileza y la pasión. A la noche, en la Castellana, el Hispano, rincón de agrado burgués: de un lado de la mesa está Paco Segarra, converso, publicista y catalán y, pese a todo, un gran señor –todo un paterfamilias. Segarra es definible como una jovialidad en estado de calma, diabólicamente conservado en formol o quizá en alcohol etílico. Segarra ha de hacer un estupendo jefe. Ahora siente la morriña de Barcelona y la familia, un género de morriña que no se cura con la ingestión de fuet: habla de Madrid a los ojos de un barcelonés, de la lejanía del mar, de la subsistencia de bares patrimoniales cuando Barcelona ha perdido muchos salvo el Sandor. A la izquierda, Andrés Rojo, editor con energía de capitán. Dan ganas de seguirle al fin del mundo y tiene esa mirada de sensualidad y autoridad de un Inocencio X –por poner un magno ejemplo. Inteligencia católica, con el genuino extra de vitalidad, y amigo –como uno- de leer lo que ya no lee nadie. Entre Rojo y Segarra uno revolotea no sé si como mariposa o avutarda, entre un extremo de pasión y otro de cool, entre el hierro y el azogue. En fin, nada como el arropo de los amigos aunque después no pidamos la infusión de gin and tonic. Ya no somos, ya no somos aquellos que querían beberse la noche de un gran trago. Me vuelvo a casa con un encargo para traducir a E. Waugh y el pensamiento recurrente –non sum dignus.

MIÉRCOLES. Se avecina día de abundancias y empezamos con huevos revueltos en La Flecha. Tridentino y reaccionario, mi amigo lee El País por un viraje del sentido del humor. Los huevos revueltos parecen celulosa y el plato es una catástrofe pero La Flecha es una cafetería institucional en la semiesquina del Retiro y eso lo arregla todo un poco. Es la placidez semieterna del desayuno, donde detendríamos el día. Hace un par de años, terminábamos de comer en La Flecha y nos cayó un mendrugo de pan sobre la mesa, enviado –sin exageraciones- desde el cielo, como en los cuadros de los ermitaños del desierto: había sido un camarero pero ya teníamos ahí la gracia mística y simbólica. Esta mañana fijo mi atención en una joven de la barra, a la que añado más belleza por entretenerme más. Camino luego a San Agustín de Guadalix, híbrido de inmigración y sierra pura, puticlub e inmigración. Espejo de España, en cierto modo. Me sobrepongo a la extrañeza de caminar por la sierra y me enfada mi escepticismo ante el paisaje. Hablamos de Unamuno el grande, quien a su vuelta de París no hizo más que alabar Gredos. A lo lejos, las nuevas torres de Madrid refulgen turbiamente como un templo a Mammón. La mañana se recompone con una Pilsner Urquell y un amigo sacerdote que busca los últimos champiñones por los prados. La primavera anda ya muy avanzada, de un verde casi blanquecino. Los champiñones sufren de estrés hídrico. Tras dos horas de paseo hay seis horas de comida: blanc de blancs, levísimo cordero de una raza a punto de extinguirse, brasas generosas, carnes rojas, quesos bien temperados, recorrido por los vinos cosecheros y paradas enológicas por el Jurançon hasta terminar con un Cannonau sardo que pasa por boca como una bomba de neutrones. En esto han terminado tantos meses de abstinencias. Creo no ser ignorante en confituras pero me descubren una muy buena de Charles Jacquin, del mismo elaborador que St. Dafour. Tomo nota. Soñamos con escribir un libro sobre la España turbia, con excursiones científicas a macrodiscotecas, polígonos industriales, estaciones de servicio, playas de pantanos, concursos de tuning, verbenas de verano que terminan en desgracia, un visionado general de las series televisivas nacionales y un reportaje fotográfico sobre cortes de pelo estilo bakala. Aun así, costaría escribir contra una España que no es peor que los demás países y no nos gusta halagar ni con el plumón ni con el látigo. Más bien habrá que buscar felicidades y certezas contra los asedios de la vulgaridad. Desesperarse es feo.

JUEVES. A Gutiérrez Tamargo, cubano y español, le toman fotos frente a la estatua de Martí. Es en el Paseo de La Habana y después comemos. Dulces charlas sobre Cuba la dulce, con Luis Losada y Gonzalo Altozano, periodistas muy informados. Tamargo es un señor muy bien vestido, con inteligencia articulada de jurista y el punto de sentimiento vehemente y necesario. Es un cubano que de pronto imita el hablar de los cubanos. Hay intervalos de gran pasión: Tamargo cuenta el último vuelo de los “hermanos al rescate”, antes de ser abatidos sobre aguas internacionales por unos MIGs cubanos, tras la orden directa e inclemente de Raúl Castro. Cuenta de un rosario entonces hecho trizas y de alguien que creyó desaparecer, morir en un segundo, cerrar los ojos y palparse vivo. Se intercambian informaciones, enciclopedismo cubano, confidencias. Mi debilidad –mi admiración- por Tamargo es expansiva y manifiesta: le querría para dirigir mi comunidad de vecinos, mi equipo de fútbol, mi país. Este chico, qué futuro tendría en la política.