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Muerte por muerte

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Los hechos. El ciudadano afgano Reza Khan ha sido condenado a muerte por el asesinato hace tres años en Afganistán del periodista español del diario El Mundo Julio Fuentes y sus compañeros de viaje, la italiana Maria Grazia Cutuli, el australiano Harry Burton y el afgano Azizula Haidari. El acusado sólo ha reconocido ser el autor del asesinato de “el afgano”, aunque el Tribunal le considera culpable de las cuatro muertes. Según la sentencia leída por el juez Abdul Bajtari, del Tribunal de Seguridad Nacional de Kabul, Khan, de 29 años, también ha sido condenado a una pena de 15 años de prisión por la violación de la periodista italiana, a la que posteriormente asesinó.

Khan también ha sido considerado culpable del asesinato de su mujer, y de asaltar un autobús de pasajeros y cortar a todos los viajeros varones las orejas y la nariz. "Los crímenes están probados y no hay duda de los hechos", ha dicho el juez Bajtari.

El dilema. ¿Es la condena a muerte de Khan el remedio a la iniquidad perpetrada? Nos mataron a uno de los nuestros. A uno que se plantó en Irak para hacer llegar, a quienes permanecíamos en nuestros hogares, migajas de una guerra enturbiada por las dudas de occidente y el control mediático de los norteamericanos.

Un trozo de cada uno murió allí, a manos –dicen- del afgano. Es preciso hacer justicia. ¿Pero es el ojo por ojo, diente por diente –que predica, por ejemplo, el pueblo de Ariel Sharon desde tiempo inmemorial- el remedio a la infamia? Muerte por muerte. Tétrica ecuación.

La valoración. Este domingo se ha sabido que precisamente los “hijos” de Sharon acaban de lanzar una reveladora página web en la que aparecen tres millones de nombres de víctimas judías del Holocausto nazi. Efectivamente, el Museo del Holocausto de Jerusalén, Yad Vashem, ha lanzado un portal denominado “Base de datos central de nombres de víctimas de la Shoá”.

Pero es que en ese museo hay además una biblioteca donde no figuran únicamente los nombres de los exterminados, sino todos los datos que se han podido encontrar sobre ellos: dónde vivieron, dónde nacieron, todo. Como ha dicho alguien, “aquella gente ha existido, y eso es lo que importa”. Es decir, no fueron masas sin nombre las que fueron asesinadas: cada uno de ellos era un ser humano.

También en Washington hay un monumento a los caídos del Vietnam. Hay inscritos cincuenta mil nombres de soldados americanos muertos en aquella guerra. Seres humanos reales, cada uno tenía un nombre, fueron asesinados y ya no caminan entre nosotros sobre esta tierra.

Una vez oí contar que entre esas personas hay un soldado que se llama Donald Miller. En sus años mozos, Miller fue al colegio y durante sus clases de segundo de básica, en los márgenes de sus ejercicios de aritmética, dibujaba tanques, soldados y naves. Millar: el dibujante que emborronaba sus apuntes.

El corolario. Todo nombre tiene una biografía. Minúscula o mayúscula, pero biografía al fin y al cabo y, por eso, irrepetible. El valor de un hombre es que sólo puede ser contado hasta uno. Decía Gracián: “Visto un león están vistos todos y vista una oveja, todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno, y aún ese no bien conocido”.

Julio Fuentes. Un nombre ligado a los lugares donde vivió y a los detalles de su existencia. Por eso, sufrieron más con su muerte aquellos que más le conocieron, pues ellos abarcaban un trozo más amplio de lo que fue cercenado. Debe hacerse justicia ya que su vida fue escamoteada despóticamente. Pero no se vengue una iniquidad con otra.

Reza Khan, el afgano. Que pague su fechoría si se demuestra su culpabilidad, que pase los años de vida que le queden entre rejas. Pero dejemos a un lado la degradante ecuación de quienes calibran a la humanidad por sus kilos de peso, por los tantos por ciento de audiencia o el número de votos electorales. Un hombre, una vida. Basta de ecuaciones miserables. Basta del muerte por muerte.