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Tribuna libre

Una defensa de Norman Rockwell – Rockwell y la razón compasiva – Una antigüedad americana

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La herencia de Rockwell es esa mirada limpia sobre el mundo, su ponderación benigna, un optimismo de lo humano que excluye traspasar las barreras sagradas de nuestra imperfección.

Son tantas las cosas que no se le han perdonado a Norman Rockwell que, finalmente, el ilustrador ha tenido que buscarse un acomodo en la memoria colectiva más que en los libros de historia del Arte. ‘La visión de la vida que transmito en mis cuadros excluye lo sórdido y lo feo’, declaró Rockwell con una inocencia que parece atrevimiento y, desde luego, es esa voluntad de idealización estética y moral la que no podía sino traerle todo el desdén de una academia que entronizó lo anti-académico, el desinterés de un siglo con Warhol y Duchamp, aún con el último gusto romántico por el artista como ungido para después pasar a los discursos conceptuales del arte. Por contraste, esa idealización levísima de Rockwell será perfectamente legible y directa, tendrá correspondencias con valores en desuso –de la patria a la familia- y también la mancha original de ser un arte muy americano para un mundo ideológicamente poco proamericano. Rockwell afirma que él pinta la vida tal y como debiera ser y, de inmediato, se decreta que Rockwell no fue pintor.

La vida artística de Rockwell conoció tanto trabajo como éxito pero esa fue –junto a la intimidad del arte- la más grata de las bendiciones para quien se dedicaba a ese oficio menor que es ilustrar. Pintura pragmática, por tanto, directa y aparentemente sin recovecos, y también comercial por destino y vocación. Entender la pintura de Rockwell como la emanación de una sociedad que consume lo mismo automóviles que cuadros implica, entre otras cosas, desatender graciosamente que la pintura siempre sirvió a mayores fines o, al menos, a fines transitivos, que buena parte de su misión fue conmover o recrear y que, lejos de las intrascendencias y manierismos del arte por el arte, la pintura –que pregunten a Rubens- también fue siempre objeto comercial. En parte, las servidumbres inherentes a la pintura por encargo sirvieron para afinar o consolidar el implacable virtuosismo de un Rockwell, centrándole en la repetición de unos motivos y unos momentos claramente rockwellianos –la familia feliz, los niños de vacaciones, el soldado que regresa-, obligándole a un trabajo con dedicación de sacerdocio y a la prueba constante de hacer gran arte de casi cualquier cosa porque Rockwell será todo salvo una figura o un espíritu menor. No sólo el verismo y el detalle y la maestría de Rockwell pueden ejercer de purgativo, de triaca ante el olvido del oficio de pintar; también hay lección en su entrega sin medida, cifra quizá de una obra que conoció cumbres sin conocer momentos bajos, tan lejos de la divina indolencia.

Y todavía habrá que señalar que, por cercana que fuera, por masiva que fuera, la pintura de Rockwell no sólo tuvo las bases sólidas que otros le envidiarían en dibujo y escuela y observación sino que nunca se rebajó al populismo al que otros muchos artistas engagés sí que se rebajaron, y solamente hay que pensar en tanto arte comprometido con cambiar el mundo cuando Rockwell lo que quería era mantenerlo. Por supuesto, Rockwell estaba en el otro polo, en el polo de la libertad y, si el suyo era un arte venal, ciertamente no contribuyó a ninguna vulgarización de los gustos sino más bien a crear una hegemonía de belleza practicable para un tiempo y un lugar –los Estados Unidos del siglo XX-, con el deseado arraigo que posibilita la resonancia universal de todo arte. Criticar por suavidad y por idealismo el arte de Rockwell elude la consideración de un proyecto estético que tuvo raíces de enorme vigor –esa América de prosperidad y optimismo irrepetibles- y también deja de contemplar las manifestaciones, también harto vigorosas, que tuvo el arte rockwelliano, notablemente en sus Cuatro Libertades o en esos últimos años en que su pincel tiende a una crítica social absolutamente plausible, siempre más deudora de una razón compasiva que de un exceso revolucionario. Por lo demás, ni siquiera hay que retrotraerse a Florencia para soslayar toda crítica basada en idealizar la realidad.

El propio Rockwell, un Rockwell ya maduro, en tiempos de guerra, pasaría noches y noches de insomnio en busca de su magnum opus, de la obra que él como artista consciente pudiera fiar al tiempo en la convicción de que el tiempo no la fuera a destruir. El Rockwell pintor de niños, el Rockwell dedicado al arte de alquiler para vender caramelos o neumáticos, ese mismo Rockwell que supo hacer ahí un arte pegadísimo a la vida, era el Rockwell que buscaba una reverberación simbólica, una obra de potencia verdadera que fuera más allá de la escena graciosamente costumbrista. Rockwell lo encontró en las Cuatro Libertades: una afirmación trascendente de las verdades constitutivas del espíritu americano en tiempos de guerra y con validez –de nuevo- universal. Pues son al final los valores de Rockwell los que en buena parte han triunfado o al menos los que nos parecen más plausibles. Las Cuatro Libertades serán la condensación pictórica de un tributo de América para el mundo, del legado de una grandeza moral que nos convoca a todos o nos arropa a todos al defender la opinión como aportación fundamental, la independencia económica como presupuesto de prosperidad en todos los órdenes, la libertad de culto –en obediencia a la conciencia- como ejemplo de un mundo sometido a un orden y hermanado por la piedad, el derecho básico a vivir sin el cerco oclusivo del miedo para desarrollar tantas potencias benéficas de lo humano. Ni el arte es progresista ni tiene por qué haber una lectura lineal y teleológica de las artes: un pintor como Rockwell sigue teniendo todo atractivo y validez surgiendo en ese disruptivo siglo XX que lo juzgó anacrónico. Y aún habrá que ver qué o quién durará más.

Y al final vemos que, seguramente, no son estas obras de ambición las que justifican el itinerario de Rockwell por las artes, sino que Rockwell está en todo lo que pinta hasta definir una categoría rockwelliana, esos ‘momentos Rockwell’ que hubo en vida del pintor y que seguirá habiendo mientras el hombre sea hombre y tenga los mismos básicos afectos, arraigos e intereses. La herencia de Rockwell es esa mirada limpia sobre el mundo, su consideración benéfica, un optimismo de lo humano que excluye traspasar las barreras sagradas de nuestra imperfección: he ahí tanto idealismo supuesto para decirnos que los hombres somos como somos, que los niños se burlarán de otros niños, que las vacaciones escolares tendrán el mejor sabor salvaje, que los adolescentes tontearán hasta el día del Juicio, que un estudiante será siempre un estudiante, que la mañana del domingo será una gloria doméstica en cada casa, vivida en bata y zapatillas, entre el desayuno y el primer cigarrillo y los periódicos; que el amor materno será de una consideración tan práctica como para acostar siempre a los niños con el mismo cuidado, que el día de excursión empieza con ánimo y termina con cansancio, que las niñas de ayer se miraron y las de mañana se han de mirar al espejo para imaginarse como la mujer estelar de una revista. Cosas que no cambian, vislumbres valederas de la naturaleza en su dimensión más benigna, pintadas por la mano más apta y captadas por la atención más primorosa en tanta pequeñez que en realidad nos constituye.  

 Son tantos y tantos ‘momentos Rockwell’ que, primeramente, nos hablan de esa América que fue ejemplo de alegría y de pujanza para el mundo. Rockwell será esos años o esos años serán –mejor aún- años rockwellianos: saleros cromados, máquinas de batidos en cafeterías automáticas, sheriffs de hechuras bondadosas, ‘proms’ de institutos, un repertorio inmejorable de zapatería y sastrería, acciones de bolsa, paquetería de los regalos de Navidad, boy-scouts y estaciones atestadas… son antigüedades americanas, son América: América y también nosotros y, desde luego, la constatación de que la libertad más grandilocuente al final implica esa dimensión de cercanía de prosperar uno con los suyos, de disfrutar con sencillez de lo sencillo. Son materialidades y valores intrínsecamente rockwellianos, de un Rockwell que afirmó pintar para contar historias y a quien sus historias le salieron como el mejor transplante dickensiano.

Durante las dos guerras mundiales y también durante la depresión, Rockwell no tuvo más empeño que el tirar suavemente hacia arriba de la moral de los dos millones de personas que compraban el Post: no a modo de engaño narcótico sino como afirmación de un estilo de vida que con los años vemos inconfundible y que, sin duda, también es profundamente antidramático. Si la vida es elección y drama, ¿para qué exagerar esas notas evidentes, atinentes a todos, también a un Rockwell que conoció los vaivenes de la inseguridad y la duda y los hondones del dolor? Nunca terminaremos de agradecer del todo esa voluntad de afirmación que hay en Norman Rockwell, resignado desde pronto a no ser un Rembrandt pero también tocado de un cierto espíritu de discreción y de humildad que de nuevo nos devuelve a Dickens, como si disfrazara de prosaico lo sublime en un deseo de transparencia. Con el aliciente de que ese espíritu homogéneo y vibrante de la América de las clases medias que pintó es algo que existió en la realidad, como uno de esos raros momentos en que prosperidad económica y altura moral y vital van de la mano, no tan lejos, por cierto, de la Holanda de Rembrandt, país también autoexigente y autosatisfecho y de benéfica influencia. En Rockwell, en efecto, siempre hay carne y hueso por detrás, siempre hay una realidad referencial: quizá, quién sabe, todo Rockwell sea una mayúscula alegoría de que el mundo puede no ser el peor de los lugares. El proyecto estético, tan claro, tan directo, de Rockwell, exigía no poco carácter pues fue un pintor que tuvo que renunciar a casi todo, a casi todas las elocuencias y retóricas del arte; incluso a ser considerado como pintor, no ya como pintor grande. Y aun así pudo hacernos llegar un mensaje de profundo venero desde la intrascendencia aparente de una anécdota, en parte porque le fue dado consolidar una sabiduría a partir de las gestualidades cotidianas de los hombres, que él vio con ojos y pintó con pinceles de sage, con amable transigencia, con el encanto de algo similar a la permisividad. Hoy queda como una de las mejores aportaciones del malvado siglo XX, un pretexto para la sonrisa que no renuncia a mayores magnanimidades del espíritu, al modo de la mejor música ligera, de las comedias que instauraban una óptima ligereza en cada ánimo. Hay en Rockwell una postulación clara de la alegría de vivir, de que esa alegría de vivir es cierta y es posible.  

Alguna virtud de maravilla tendrá el arte de Rockwell para haber sobrevivido al descrédito copioso de la crítica y a los riesgos no menores de una extensa popularidad. Pocos artistas han soportado mejor que él no ya el gravitar sobre el imaginario colectivo sino su pervivencia como cliché y como realidad diaria, en un imán de la nevera, en una postal o repetido al infinito en tazas de desayuno y en servilletas de papel. Es casi milagroso que Rockwell haya podido traspasar las hojas volanderas de las revistas y quedar como mezcla perfecta de sustancia y benevolencia, salvando con el rigor del arte y la delicadeza justa el peligro de la banalidad. Quizá es que en todos y cada uno de los cuadros de Rockwell hay una corriente de narratividad que les aporta un significado que permanece, más allá del hecho de que pintara –también- con el imperativo de gustar. Sólo escasas veces, aquello que llegó a tantos y que metabolizaron tantos, llegó con el efecto de acostumbrarlos no a la vulgaridad sino a una familiaridad con la verdad y la belleza.