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Tribuna libre

Nueva lección moral de las víctimas

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Las casi 500 víctimas del terrorismo nos volvieron a dar a todos la mejor lección magistral: la de la dignidad y la fortaleza moral

Madrid acaba de ser la sede del IV Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo organizado por la Universidad CEU-San Pablo y al que han acudido cerca de 500 víctimas de la lacra terrorista procedentes de doce países del mundo, con una lógica presencia muy numerosa de víctimas españolas, tanto de ETA como del 11-M. Quien esto escribe ha tenido el honor y el privilegio de ser el director de esta cuarta edición del Congreso.

Digo privilegio y honor y lo explicaré. Resulta enormemente doloroso el hecho de que existan víctimas del terrorismo porque eso pone de manifiesto, es una obviedad, que hay terrorismo. Pero ante esa triste realidad, al menos lo que hay que hacer es trabajar desde instancias muy diferentes para que las víctimas de la barbarie terrorista tengan el reconocimiento social que se merecen, para que se respete su memoria y dignidad y para que se haga justicia con los asesinos de sus seres queridos. Esto es lo que pretenden estos Congresos Internacionales y es en ese contexto es donde resulta un privilegio y honor colaborar, contribuir a la noble causa de las víctimas.

Las cuarenta y ocho horas que de forma intensa he podido compartir, vivir, con víctimas del terrorismo de países tan diferentes y distantes como Estados Unidos, Argentina, Colombia, Irlanda, Israel, Holanda, Francia, Perú, Uruguay, Chile, Italia y España, me han vuelto a reafirmar que ellas son lo mejor de cada una de las sociedades en las que viven.

El dolor es el mismo; el sufrimiento que padecen es el mismo; la ruptura de proyectos de vida es la misma. El terrorismo es un mal en si mismo, y nunca podrá tener justificación alguna. Ningún objetivo de ningún tipo puede explicar que alguien decida quitar al otro el don más preciado de la persona humana, como es la vida.

Ante ese dolor, la reacción de las víctimas es prácticamente la misma y así ha quedado plasmado en los numerosos testimonios que se han podido oír en este IV Congreso Internacional. Las víctimas han renunciado al odio, al afán de venganza, porque confían en la justicia. Pero necesitan que se las escuche y que se las tenga en cuenta. Son víctimas no porque hayan elegido voluntariamente ese “estatus”, sino porque un día la sinrazón terrorista se coló en sus vidas. Las víctimas necesitan calor, afecto, cariño. Lo han dado todo por la libertad de los demás.

En el caso de nuestro País, los últimos cuatro años del Gobierno de Zapatero han sido muy duros para las víctimas, aunque cada vez que se han movilizado contra la negociación política llevada a cabo por el Presidente del Gobierno con ETA, han encontrado un gran apoyo ciudadano. Pero para Zapatero las víctimas eran un “estorbo” en su fallido intento de llevar adelante su mal llamado “proceso de paz”.

Consecuente con esa política de arrinconamiento y ninguneo de las víctimas, el Presidente del Gobierno declinó la invitación que se le hizo desde la organización del Congreso para que presidiera y pronunciara la conferencia del Acto de Clausura. Se puede entender esa ausencia en el contexto del temor por parte del Presidente que se visualizara en el Congreso el rechazo que su política de negociación con ETA ha provocado en las víctimas.

Pero su ausencia así como la del Gobierno –para mayor escarnio, al Acto Inaugural, Moncloa mandó a dos Secretarios de Estado- contrasta mucho más con la presencia en el Congreso del Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, que en una escala de seis horas en Madrid, encontró un hueco en su agenda para acercarse a la sede del Congreso y dirigir unas sentidas palabras a las víctimas del terrorismo. Que cada uno juzgue los comportamientos de unos y de otros.

Más allá de las ausencias, me quedo con las presencias y entre estas, en un primerísimo lugar las cerca de 500 víctimas del terrorismo que nos volvieron a dar a todos, en una institución universitaria como la Universidad CEU-San Pablo, la mejor lección magistral: la de la dignidad y fortaleza moral que todas y cada una de ellas encarnan.