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Tribuna libre

Nuevas élites del Zapaterismo

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Habrá quien se consuele de la victoria de Rodríguez Zapatero con la consideración de la vida como valle de lágrimas o con el pensamiento de la fugacidad de los reinos de este mundo.

A cada cual su senequismo, sin desdeñar esa nobleza adventicia del perder, por lo general tan pasajera. Si es cierto que por lo menos Zapatero ya es costumbre, queda ahora la rectificación de su leve giro españolista y moderado para sintonizar con los nacionalistas de cara a un pacto. Un Zapatero tan dado a los efectos de la mercadotecnia no ha de desdeñar la posibilidad de un ministro nacionalista –de un Durán- en su España reciclada.

Si Zapatero no podría encontrar un momento mejor para la concordia, es más creíble que sea difícil sofrenar la euforia postelectoral. Los días pasan, la derrota es menos dulce y la victoria es más victoria. La concordia irá al acostumbrado receptor nacionalista aunque una derecha ya rodada en el enfado acepta menos su desconsideración por sistema aunque sea porque también ella va de crecida. De entre las pocas certezas de la política de Zapatero está la calificación de la derecha como lastre histórico de España, peso muerto en la Transición e instancia refractaria al cambio. No se ha de esperar de Zapatero piedad en la victoria ni el pensamiento de que una sociedad necesita también conservadores. Hoy por hoy, el peor favor que puede hacerse la derecha a sí misma es replantearse globalmente: como propósito de enmienda, en cambio, no estaría de más menos gimnasio en el Parlamento y más trabajo.

Si Rajoy vendió la previsibilidad, la consecuencia es que a los españoles les gusta lo contrario. Más allá de los cuatrocientos euros, Zapatero es una incógnita pero hay ya experiencia para fundar algunas suspicacias: más paz, más querencia federalizante, un surfeo más arriesgado en lo económico, cataplasmas de dinero del superávit para el voto agradecido. Escrito está. Ante todo, habrá una continuidad en esa drástica regeneración de España: que nadie esté más a la izquierda, que nadie sea más radicalmente moderno que nosotros. La derecha, como siempre, estará entre un lenguaje de anunciación y uno de Apocalipsis pero, en cualquier caso, queda claro que la economía no lo es todo. Para el socialismo, en realidad, es lo de menos.

Al zapaterismo le quedan aún sus días de vino y rosas, su paso definitivo de paréntesis a época. Se han de consolidar las nuevas élites y habrá sorpresas en el nuevo Consejo de Ministros. Hitos fundamentales serán la retórica de Blanco, el progresismo de línea dura de de la Vega, ese entusiasmo naïf que va de Leire Pajín a Trinidad Jiménez y Pedro Zerolo a modo de hombre nuevo. No olvidemos ahí a Bernat Soria ni el alineamiento del gran dinero a lo que mande la Moncloa. Vienen las nuevas élites del zapaterismo a un país que, sin embargo, dista de ser una monocromía en progresista. En lo que respecta a Zapatero, la enfermedad del éxito no le hará parar en la concordia ni aunque le quitara votos al PP. Algún despistado le llamará Bambi todavía.

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