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La ONU, Israel y Hezbollah

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La resolución de la ONU para el Líbano no es lo máximo que se podía hacer hoy en día.

El secretario general de la ONU censuró severamente la última operación de Israel contra Hezbollah, cuyo objetivo —según militares israelíes— consistió en impedir el suministro ilegal de armas al Líbano. La operación mina el frágil armisticio conseguido en la región, lo que hace comprensible la preocupación que expresa Kofi Anan. Lo que no es fácil comprender es aquello que sucede en el Consejo de Seguridad en torno al Líbano. Porque si la actitud israelí socava el alto el fuego, la lentitud en obrar y la pasividad que muestra la ONU pueden reducir a nada la esperanza de lograr una sólida paz en Oriente Próximo. Hay quienes opinan que la resolución de la ONU para el Líbano es lo máximo que se podía hacer hoy en día, y que su rasgo más importante es su carácter equilibrado. Sería una afirmación correcta si el documento se enfocara desde el punto de vista de la estética burocrática. Pero desde un ángulo práctico, y si nos preguntamos en qué medida es posible aplicarlo para lograr aunque sea una larga tregua, la valoración es completamente distinta. El automóvil es una maravilla si no miramos el capó: este coche no tiene motor. La resolución tiene dos puntales principales: el contingente de paz y el desarme de Hezbolah. Como es notorio, esto último se exigía ya en la anterior resolución de la ONU, la que no se cumplió. Es más, la ONU durante un largo período contempló sin reaccionar cómo países limítrofes con el Líbano le suministraban millares de cohetes, creando las premisas para la última guerra. No es necesario ser un renombrado analista para llegar a comprender: el armisticio puede resultar sólido sólo a condición de que en la «zona tapón» entre Israel y el Líbano se introduzca lo más rápido posible un contingente de paz neutral y eficaz que posea. Pero da la impresión de que el Consejo de Seguridad de la ONU ha agotado toda su energía al elaborar la última resolución para el Líbano y ya no es capaz de hacer nada. Las fuerzas de mantenimiento de paz no están formadas, ni se sabe cuándo van a llegar al Líbano. Se habla mucho de la paz para el Líbano, pero a la hora de la verdad son pocos los deseosos de participar. A Francia, a la que propusieron encabezar el contingente en cuestión, no le gusta que el Consejo de Seguridad hasta la fecha no haya definido claramente su mandato. Una postura que sería comprensible si París no fuese —junto con Washington— coautor de esa resolución magníficamente equilibrada. Existen matices aún más interesantes. Entre quienes desean con más vehemencia hacer su aportación al arreglo figuran Indonesia y Malasia, países con los que Israel ni siquiera mantiene relaciones diplomáticas, los cuales, según algunas fuentes, abrigaban intenciones de ayudar a Hezbollah con efectivos y material de guerra durante el último conflicto. Conviene recordar las curiosas manifestaciones del ministro de Exteriores de Malasia, Syed Hamid Albar, quien durante su visita a Beirut se pronunció en contra de que se tomase en consideración el punto de vista de Israel sobre la formación del contingente internacional para la estabilización de la situación en el sur del Líbano. El secretario general de la ONU agradeció calurosamente a dichos países sus nobles intenciones, lo que tampoco puede por menos que parecer curioso. Si considera neutrales a tales países, ¿por qué no introducir entonces en la zona tapón unidades de Irán y Siria? El presidente del primero por lo menos una vez por semana exhorta a borrar Israel de la faz de la Tierra, y el del segundo se enorgullece de los reproches que le dirigen, acusándole de estar apoyando a Hezbollah. O sea, que hasta la fecha la ONU no ha podido formular el mandato que tendría el contingente de paz ni dotarlo con unas unidades auténticamente neutrales, capaces de servir de eficaz tapón. En un estado aún peor se encuentra la resolución sobre el desarme de Hezbollah y el cese del suministro de armas desde el exterior para ese movimiento radical. La ONU exige decididamente que Israel levante sin dilaciones el bloqueo marítimo impuesto al Líbano, porque ello dificulta el envío de la ayuda humanitaria internacional a Beirut (lo que es verdad), pero no ha querido dirigir a las aguas jurisdiccionales libanesas ni un bote con el fin de registrar aunque sólo sea el volumen de armas que se introducen de contrabando en el Líbano. Sin hablar ya de oponer resistencia a la realización de esas operaciones ilegales. El problema del desarme de Hezbollah fue retirado de facto de la agenda en el momento mismo en que se aprobó la resolución de la ONU que estipula el desarme. Hoy en día nadie toma en serio este punto de la resolución, empezando por el Líbano oficial, que da a entender que va a depositar en sus almacenes sólo aquellas armas que le indique y entregue amablemente el propio Hezbollah. A juzgar por todo, será una chatarra que desempeñará el papel del armamento confiscado, mas dicho punto de la resolución, formalmente, se marcará como cumplido. Y no se hará nada más. Ninguno de los integrantes de las fuerzas de mantenimiento de la paz tiene planes de entrar en conflicto con Hezbollah. Resumiendo. Es digno de elogios el que la comunidad mundial se haya ocupado de reconstruir el hogar libanés arrasado por la guerra. Pero el esquema de obras de reconstrucción parece algo raro: ladrillo-mina-ladrillo-mina. Tanto la pasividad como las medidas mal sopesadas que adopta la ONU están echando los cimientos para una futura guerra en Oriente Próximo.

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