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Tribuna libre

Un Obispo de izquierdas y una crisis

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Es precisamente la cultura islámica la más hábil a la hora de tomar el brazo cuando se le tendió una mano. Una mezquita difícilmente sostendrá a un templo por mucho tiempo.

Unas décadas pasaron desde que Santayana y Ortega y Gasset definieran al inglés medio como modelo civilizatorio hasta que Philip Larkin –en ‘Going, going’- vaticinara el inmediato declinar de una nación. Como poeta de un malestar de clases medias, Larkin lamentará en tono menor el fin de una autoestima nacional, de una Inglaterra razonablemente mítica que pasa de las sombras, los prados y los caminos a una degradación masificada. La cultura pop como barra libre no ha esquilmado todos los instintos de libertad pero ha contribuido en la mayor medida a una relajación de las exigencias en la sociedad civil. Dos siglos después, el Burke que reprocha a Francia el abandono de lo mejor de su pasado bien podría dirigir su lamento hacia Inglaterra. Es posible que el secularismo haya sido más violento en otros países pero en ninguno ha mermado tanto lo que fue la urdimbre de un carácter. He ahí un drama europeo del que no se habla. La Inglaterra que fue –según Larkin- ya sólo estará en los libros.

La crisis de autoridad moral de la Iglesia de Inglaterra afecta a una comunión anglicana en la que –incluso dentro de su laxitud- poco queda ya de comunión. No es que la Europa continental llene a rebosar sus catedrales pero las parroquias anglicanas figuran como activo inmobiliario. El cardenal Hume, arzobispo de Westminster, primado católico del país, muerto hace unos años, fue personaje de mayor alcance que su contraparte de Canterbury. Con Rowan Williams, actual cabeza de la comunión anglicana, la Iglesia de Inglaterra simplemente parece haber desertado de Inglaterra: más allá de conversiones en masa, de activos pescadores de hombres en la City o de famosos que ven la luz de Roma, la Iglesia Católica es la primera Iglesia de Inglaterra, siglos después del cisma. Por supuesto, es por la llegada de católicos polacos, y en las islas hay para los católicos como mínimo tantos motivos de ‘gaudium et spes’ como de ‘luctus et angor’.

El papel vertebrador y nutricio de la Iglesia de Inglaterra seguramente fuera insostenible pero el problema es que no hay rebaño porque no hay pastor. Por oposición, un catolicismo con sus achaques no ha perdido sino que ha ganado en influencia y liderazgo moral, tanto por la universalidad de la Iglesia como por el desempeño de sus papas. Como recordaba Weigel en Madrid, es la Iglesia Católica la que, en el ámbito de la dignidad humana, no sólo defiende los valores de Roma y el Sinaí sino también los de Atenas. Es lo que falta en el anglicanismo, muy para la inquietud de tanta gente de buena fe que ha visto con estupor que Williams se definía a sí mismo como ‘un melenudo de izquierdas’.

La tendencia al cero de la Iglesia de Inglaterra quizá prive al catolicismo de tantos conversos pata negra aunque de momento surte más que nunca. Es también Larkin quien, en su memorable ‘Church going’, define como nadie la instintividad religiosa que hay en lo humano: una iglesia siempre será ‘a serious house on a serious earth’. La iglesia de Inglaterra dejó de colmar, hace tiempo, estos anhelos. Para la anécdota está la sacerdotisa episcopaliana –de la comunión anglicana- que es a la vez cristiana y musulmana, o los sínodos de obispos donde los unos se exorcizan a los otros in situ por algo más que desencuentros en materia doctrinal. Es la periferia de la Iglesia Anglicana –África, fundamentalmente- la que mantiene un mínimo de ortodoxia frente al ‘todo vale’, quizá a imagen de un catolicismo que ahora recluta misioneros para Europa en la India, en América o en África.

La crisis de autoridad se convierte en un desamparo al constatar la llegada a modo de abordaje del Islam a Inglaterra. Donde falla el gobierno, la Iglesia no encauza como resistencia tanta angustia legítima de la sociedad civil. A todos nos apetecería ser buenistas pero hubo un 7-J en 2005 y sólo un año después se desbarataron los planes para hacer de un montón de aviones una traca. Hay barrios enteros ajenos al imperio de la ley, como comunidades cerradas en un Estado de Derecho abierto. Días atrás, surgía una de tantas noticias: unos paquistaníes recién llegados que más o menos subastaban la virginidad de su hija tras una historia altamente turbia de matrimonios apalabrados. Al tiempo, cuesta creer que se esté aprobando una ley para respetar la poligamia y atribuirle las más extensas prestaciones sociales siempre que se llegue polígamo a Inglaterra. La policía tiene prohibido referirse al terrorismo islámico. Los asesinatos por honor, contra mujeres, ascienden a cifras de realidad inverosímil. La endogamia lleva a que uno de cada tres niños con enfermedades congénitas sea hijo de inmigrantes. Lo más grave, lo que más configura una sociedad dentro de una sociedad, que ya los propios cuerpos de seguridad no recurren a los tribunales ingleses sino a los tribunales islámicos tanto para asuntos civiles como para asuntos penales. Al tiempo, pasan cosas cada día en las piscinas a cuenta de los velos y –de pronto- hay taxistas musulmanes que pueden elegir a quién llevar según sea más puro o menos puro. Que el nombre inglés más popular sea un nombre árabe no es un dato de folklore cuando los terroristas del 7-J eran de remoto origen foráneo pero de crianza autóctona. No se viven tiempos, en Inglaterra, en Europa, de gran confianza cultural: de pronto, el arzobispo de Canterbury declara a una revista de ‘lifestyle musulmán’ que Estados Unidos es aún más diabólico que el Imperio Británico. Ese Imperio Británico que dejó por el mundo infraestructuras, higiene, la toga de un juez.

El buenismo de defender la religiosidad frente al laicismo puede llevar a un emparejamiento equívoco y poco beneficioso para los líderes cristianos y sus comunidades. Como se sabe, es precisamente la cultura islámica la más hábil a la hora de tomar el brazo cuando se le tendió una mano. Una mezquita difícilmente sostendrá a un templo por mucho tiempo. Por fortuna, la escandalera provocada por Williams al defender una cierta implantación de la sharia en el Reino Unido ha causado titulares de ira e indignación, y ahí Williams tendría el mejor pretexto para dedicarse, discretamente, al sabor de la vida monacal. La de Williams es la mejor manera de vaciar los propios templos, del mismo modo que afirmar que los terroristas ‘tienen objetivos moralmente serios’ no está, como mínimo, en lo que cualquier definición de sentido común espera oír. Quizá haya que postular que defender lo propio no es de derechas sino que es simplemente humano. Por citar a otro inglés, parece que incluso la sombra de lo que una vez fue grande ya murió. Así la orgullosa Church of England.