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Ojos

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Las miradas, al final, dicen todo aquello que callan los labios. Pero interpretarlas es peligroso y cualquiera puede equivocarse.

Los ojos de Quique San Francisco ironizan con maldad desde el fondo de un pozo, mientras que los de Millán Salcedo hacen reír con sólo mirar, en silencio. Los de Verónica Sánchez, siempre brillantes y jóvenes, se enamoran sin saberlo, como su personaje en “Mia Sarah”, mientras que los de Robert de Niro actúan hasta durmiendo. Los ojos de Julia Roberts parecen estar siempre a punto de llorar, mientras que los del gran Tip lloraban siempre de risa. Los de Penélope Cruz son grandes y oscuros, como los recuerdos y amores imposibles de un poeta romántico, mientras que los de su amigo Bardem son cada día más turbios.

Los ojos de Carlos Herrera miran con firmeza y aprecio. Escuchan, admiran, aprenden. Saben. Los de Jiménez Losantos se ríen de las vulgaridades de sus enemigos. Es la mirada serena de quien sabe que, pese a todo, muchos miles de oyentes darían sus ojos por salvarle la cabeza. Los ojos de Francino son difíciles de interpretar. Hacen sus párpados –y esto no es cosa mía- una curva parecida a los de Hugo Chávez, y apenas se distinguen más al fondo, generalmente sonrientes, no como los del golpista. Los de Pedrojota son los de un sabueso, siempre avizor, siempre tirando de la manta. Son también los ojos sin dormir, la mirada de la preocupación, tal vez por España, tal vez por El Mundo. Los ojos de Matías Prats transmiten mucha más confianza que sus ensangrentados y tétricos telediarios.

Los ojos de Britney Spears están fuera de quicio. Se sienten en una cárcel de la que no saben salir y cada noche se desparraman hacia la dirección equivocada. Y vuelven a surgir. Los ojos de Britney están llenos de golpes. Los de Nacho Cano han llorado hace poco, mientras que los de Michael Jackson están perdidos desde hace años. Se buscan con angustia en el espejo y, quizá, no volverán a encontrarse nunca más. Los de David Summers siguen sonriendo, mientras que los de Bob Dylan siguen meditando si el último acorde habrá sido correcto o no. Los ojos de Amaia Montero son nostálgicos y un tanto vanidosos, pero estos días, lejos de llorar, respiran aliviados. Los de Madonna son impertinentes y presuntuosos, y los de Eminem, excéntricos y violentos.

La mirada de los políticos es un tanto camaleónica. Todo depende del cargo y de las circunstancias. Así, hoy, los ojos de Rajoy están en campaña, y están llenos de miedo. De miedo a perder un solo voto. De miedo a parecer algo que pueda resultar excluyente. Y de tanto miedo a parecer algo, a veces, logra no parecer nada. Sus ojos, eso sí, el pavor electoral. Los de Zapatero son los de la inconsciencia. La mirada alocada de un niño que va jugando a gobernar un país. Los ojos de Carod Rovira son los de un tipo listo, satisfecho porque, sin ser nada realmente importante para Cataluña, ha logrado pegar su trasero a un coche oficial. Los de Gallardón son la ambición hecha mirada. Se quedan observando los helados de los niños por las calles, y los deportivos, y las corbatas de los ejecutivos. Son ojos ansiosos de poseer todo cuanto contemplan. Los de Llamazares están enfadados, porque hay uno a la derecha y otro a la izquierda. En su enojo, miran con rencor al pasado, con pasado al presente, y sin futuro al futuro. No pueden compararse con la erudita y audaz mirada de Julio Anguita. Los de Chavez llevan el peligro y la represión tatuado en sus arqueados párpados. La mirada de Otegi está manchada de sangre, mientras que la de Ibarretxe, como la de Arzallus, es la de un racista de toda la vida disfrazado de cualquier otra cosa.

Los ojos de Zidane son los de un profesional del fútbol que quiere ser muy profesional y además jugar mucho al fútbol. Lo tienen muy claro. Los de Schuster no esconden nada de lo que pasa por su cabeza. Los ojos de Sharapova reflejan bien lo que la tenista lleva dentro: tensión en la cancha y aburrimiento en la discoteca. Salvo excepciones. Los de Beckam encierran un gran misterio: nunca miran, quizá es porque están cansados de ser observados. Hagan la prueba.

Las miradas, al final, dicen todo aquello que callan los labios. Pero interpretarlas es peligroso y cualquiera puede equivocarse. Nada importante se debe decir solo con una mirada.