Martes 17/10/2017. Actualizado 12:33h

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Tribuna libre

La Olimpiadas en la playa

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La playa es un lugar relajante cuando suena a playa, pero se convierte en una cárcel si suena a mercadillo.

El silencio es la asignatura pendiente de nuestros arenales. La playa es un lugar relajante cuando suena a playa, pero se convierte en una cárcel si suena a mercadillo. El único que tiene la obligación de hablar, rugir y gritar en la playa es el mar. El resto vamos a la playa a estar callados. O casi. Con esto no pretendo insinuar que deban prohibirse las conversaciones susurrantes y adormecidas con los ocupantes de las toallas más próximas. Me refiero sólo al griterío, a la pasión por convertir nuestras playas en una extensión del plató de “Aquí hay Tomate” en chocarrera versión local.

Fue a mediados de julio. Llegábamos a una conocida playa en un día de intenso calor. Había pasado mala noche y por eso llevaba en la bolsa playera todo lo necesario para dormir allí la gran siesta del año: libros de lectura, almohada hinchable, gorro florido con múltiples orificios para correcta ventilación, piscolabis y botellita de agua. Nos situamos en una zona aparentemente tranquila. En unos cinco minutos cayeron toallas y neveras portátiles como moscas, a derecha e izquierda. A un lado, las dos señoras comentando no sé qué bodrio que escupió la televisión la noche anterior. Al otro, un peligrosísimo grupo de adolescentes en edad de hablar por los codos –las chicas- y de hacer incomprensibles peleas de gallos –los chicos-.

Ante la invasión, los gritos, las historias para no dormir que unos y otros se contaban, y la imposibilidad de conciliar el sueño, nos cambiamos de lugar. En la nueva ubicación no había cotorras ni gallos. Pero había perros. Varios hermosos cachorritos –y no tanto- se mojaban con gracia en el mar. Después, desde la orilla, miraban a su dueño moviendo la colita y, chorreando de patas a hocico, echaban a correr hacia él, saltando alegremente por encima de nosotros. Un detalle eso del saltito. Por un momento pensé que iban a pasarnos por encima, pisándonos directamente. No es que los perros en la playa sean mucho más peligrosos que los humanos –entre la mordedura y el impacto de cometa en un ojo prefiero lo primero-, pero contribuyen por igual a dificultar el sueño.

Volvimos a cambiar de lugar. Nos situamos junto a una pareja. Ambos dormían tendidos al sol. Había silencio, paz y tranquilidad. Se oía el mar rompiendo y muy, muy a lo lejos, se escuchaban los gritos de unos niños que jugaban alegremente en la orilla. Desplegamos nuestras toallas y yo monté por tercera vez el dispositivo previsto para llevar a cabo la ansiada siesta. Había comenzado a abandonar este mundo y a soñar con playas desiertas cuando escuché un extraño sonido que llegaba a través de la arena. La pareja del al lado se había despertado y, armados con una especie de palas de colorines, se encontraban marcando en la arena los límites de una especie de cancha de tenis que lindaba con nuestras toallas. Creí morir. En un par de minutos comenzó el encuentro. Pin, pan, pin, pan, ¡paf! “Disculpa, chico”. Primer pelotazo. Pin, pan, pin, pan, ¡paf! “¡Vaya, lo lamento!”. Segundo. Y así... Tres pelotazos y una invasión de toalla después –el chico, bastante torpe, pisó la pelota de goma, tropezó, voló un par de metros, aterrizó y rodó varios metros más haciendo la croqueta hasta terminar en mi toalla- decidimos marcharnos a casa.

Que sí, que hay libertad para que cada uno disfrute de la playa como crea oportuno. Ya sé que mi teoría de la playa y el silencio no resulta especialmente popular entre el profesional playero. Supongo que hay gente que va a la playa a perder los papeles, como una forma más de relajarse y reponer fuerzas después de un año de trabajo. No tengo nada contra ellos ni contra su descanso. En cambio ellos sí tienen algo en contra del mío. Porque de un largo tiempo a esta parte las playas son un gallinero, que a ratos se convierte en tertulia del corazón, y a ratos en Palacio de los Deportes.

“Duerma usted en su casa”, masculló el torpe tenista cuando le sugerí alejar la pista unos metros, para evitar nuevas caídas. Pero el de aquel día fue mi último intento de dormir en la playa. A partir de mañana todo va a cambiar. Hoy mismo me he comprado un arco y unas flechas. A mí también me gusta practicar deportes en la playa.

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