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Tribuna libre

Original brindis por el fallecimiento de Augusto Pinochet

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No quiero presentar de forma caricaturesca la imagen del ex dictador chileno. A mi modo de ver, todo es mucho más complicado.

No creo que haya ningún país cuyos habitantes profesen cariño a Pinochet. Hasta la España franquista se negó a expedirle visado al general para evitar contactos con un político tan odioso.

Con demasiada frecuencia las evaluaciones de la actividad de Pinochet son desgajadas del contexto histórico. En vista de ello, unos tildan al fallecido de criminal mayúsculo, otros lo consideran un hombre de Estado prominente, y todos tienen razón. Puede ser la razón por la que Chile festeja y llora al mismo tiempo su muerte. En las botellas de champán destapadas en las calles chilenas caen no sólo las lágrimas de las víctimas del régimen Pinochet lamentando que el criminal abandonara ese mundo sin ser procesado y castigado, sino también las de aquellos que lloran su desaparición sinceramente convencidos de que fue él quien salvó el país de la catástrofe definitiva en aquel lejano 1973, cuando se produjo el golpe de Estado.

Es cierto que en 1973, en Chile se vertió mucha sangre, miles de chilenos fueron asesinados, decenas de miles sufrieron humillaciones y torturas inhumanas. Nadie olvidará los “escuadrones de la muerte” que sacaban a los presos en helicópteros y los arrojaban aún con vida al océano. Nadie podrá olvidar el estadio de Santiago donde le cortaron las manos al mítico guitarrista, poeta y cantante chileno Víctor Jara. Nadie olvidará los escarnios a los que en las cárceles de Pinochet fueron sometidas las mujeres chilenas, ni muchos otros crímenes, por los que el fallecido merecía la pena máxima prevista por la ley.

Pero la historia de Chile no comenzó en 1973, ni termina con la muerte de Pinochet. Para un analista honesto, la imagen teñida de romanticismo del socialista Salvador Allende, que cayó como un héroe, metralleta en mano, durante el asalto al palacio presidencial La Moneda, no ha de servir de velo para ocultar el caos en que se vio sumido el país durante los años de su gobierno. Los críticos no tardarán en recordar el papel poco decoroso que a la sazón desempeñó EE UU, y tendrán razón. Sin embargo, procede señalar que la injerencia norteamericana condujo a la escalada de la crisis, secuela de las torpes acciones de las fuerzas de izquierda. El vaso de leche para cada niño instaurado durante el mandato de Allende no pudo reemplazar una economía eficaz en la que cada padre fuera capaz de comprar leche a sus hijos.

Estoy seguro de que Allende también se daba cuenta del atolladero en que se había metido. Por esto precisamente estaba interesado en morir como héroe, mucho más que el general Pinochet. Pinochet era criminal, pero no tonto. Para él un Allende-orador viviendo en exilio hubiera sido preferible a este Allende-mártir.

Además, no se puede olvidar todo lo que Augusto Pinochet hizo para el país después del golpe de Estado. Naturalmente, no lo hizo él en persona, sino un grupo de fieles ayudantes, “Chicago boys”, liberales con cuya ayuda realizó el milagro chileno que envidian todos los países latinoamericanos. Costó mucha sangre, pero ¡se hizo realidad! No voy a recordar dónde, cuándo y cuánta sangre humana fue vertida en aras de los milagros terrenales y, pese a todos los sacrificios, de la tierra no brotaron más que cardos. ¡Pero Pinochet lo consiguió!

En más de una ocasión el dictador dijo —aunque no le creían— que lo hacía en aras del bienestar del pueblo chileno. Tras haber vivido muchos años en América Latina y recorrido muchos países, he de confesar que cuando llegaba a Chile me veía obligado, sin especial deseo, a descubrirme ante los progresos logrados por el régimen. Porque el general ha cumplido muchas de sus promesas. Por ejemplo, hoy su Fondo de Pensiones protege con seguridad los intereses del sencillo jubilado chileno; también Pinochet, no sólo Allende, ha combatido el analfabetismo; y así sucesivamente.

Por último, nada habría impedido a Pinochet seguir siendo dictador vitalicio, su poder era absoluto. Pero él mismo aceptó las elecciones y entregó el poder al gobierno democrático en un país ya estable y floreciente.

En efecto, él sabía que Pinochet y la democracia son dos conceptos incompatibles y por esto cedió el poder paulatinamente: al principio, por un tiempo, a modo de garantía conservó el puesto de comandante en jefe. Luego, el cargo de senador. Más tarde lo dejó todo. Y comenzó a recorrer juzgados y a defenderse en el marco de la justicia democrática; allí triunfó también.

No podrá escapar al Juicio Final, pero, por lo que sabemos, no lo temía: asumió toda la responsabilidad política por el golpe de estado y sus consecuencias, pero, como cuadra a los cristianos, no sentía arrepentimiento alguno. Así ha fallecido.

Creo que el Chile de hoy es hijo de dos padres: Salvador Allende y Augusto Pinochet. El primero le dejó en herencia el apego a los principios democráticos, por los que sacrificó su vida. El segundo dio al país una economía estable y unos instrumentos sociales puestos a punto, instrumentos sin los cuales la democracia se convierte en su antónimo.

Champán, pues. Y, al cabo, para un brindis original.