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Tribuna libre

Palabras sordas y oídos necios

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Querer enterarse de lo que dice la calle sólo cada cuatro años es hipócrita, irreal y peligrosísimo

También es sordo, algo que suena a hueco. Un sonido como de madera opaca. Algo que tiene un deje negativo. Sordas son las palabras del Presidente del Gobierno y de algunos miembros relevantes del Partido Socialista . Y oídos necios son los de unos gobernantes que se empeñan en no querer escuchar a la calle y lo que la gente de la calle les dice. Palabras huecas y sordas las del mitin de Sevilla pidiendo colaboración a la oposición, cuando el pacto del Tinell , prohíbe darle la más mínima beligerancia. Oídos necios cuando el que escucha se los tapa y mira para otro lado. Son niños jugando al escondite que creen que cuando ellos no ven, no son vistos. Ahora todo se les vuelve y buscan coartadas ya sean en forma de cifras —vaya batalla ridícula- o de reproche por insultos de grupos aislados , que vaya usted a saber de dónde provienen. Todo con tal de no escuchar la realidad. Una multitud se ha manifestado por las calles de Madrid , para decirle al Gobierno, que la negociación con ETA tiene unos límites, que negociar con los terroristas no es lo que quieren las víctimas, ni esa multitud que se pone a su lado. Esos españoles tienen el derecho y la autoridad moral para que el Gobierno escuche la voz de la calle. Eso al menos es lo que decían quienes hoy están en La Moncloa cuando se manifestaban en contra de la política del anterior Gobierno; y llevaban razón . Las urnas son una expresión de legitimidad democrática. El clamor de la calle es un problema de sensibilidad democrática. Es muy posible que el actual Gobierno empiece a tener la piel demasiado dura y las manifestaciones le hagan poca mella. Pero esa posibilidad se desvanece cuando Rodríguez Zapatero llama preocupado a Barcelona para interesarse por el qué y el cómo de la manifestación en la Ciudad Condal, organizada por los separatistas con motivo de sus desavenencias con el Estatuto . Es muy posible que quienes organizan las manifestaciones, tengan que empezar a medir los tiempos y las oportunidades de tan frecuentes convocatorias, pero es más urgente y necesario que el Gobierno de España escuche el clamor de la multitud aunque no le guste lo que dicen . Apelar solamente a las mayorías del Congreso o del Senado es un argumento, legítimo, pero falso. El político tiene que tener muy tomado el pulso a la sociedad y tomárselo muy frecuentemente. Querer enterarse de lo que dice la calle sólo cada cuatro años es hipócrita, irreal y peligrosísimo .

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