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Tribuna libre

Panamá tejiendo un nuevo "Panamá"

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Un país que anhela escapar de la miseria haciendo para ello un esfuerzo gigantesco merece un gran respeto.

El resultado del referéndum que acaba de celebrarse en Panamá demuestra que la aplastante mayoría de sus ciudadanos —casi el 80% de los votantes— está dispuesta a gastar un dineral en la modernización del famoso canal: más de cinco mil millones de dólares, una cantidad igual a la deuda exterior del país.   Conviene tener presente que la nación que acomete la realización de este grandioso plan tiene un muy alto nivel de pobreza y desempleo. Según datos del BIRD, el 37% de los panameños (entre ellos, el 50% de los niños y el 95% de los indígenas) viven por debajo del nivel de la pobreza. En tal contexto, no puede menos que impresionar el apoyo masivo que ha recibido el plan, y que sólo tiene una lectura: los panameños están dispuestos a apretarse aún más el cinturón, en la esperanza de que, al término de la reconstrucción (aproximadamente en 2014), sus hijos empiecen a vivir mejor.   El plan prevé, entre otras cosas, crear esclusas por las que puedan transitar los más grandes buques modernos, para lo cual habría que ampliar el 40% y alargar el 64% las existentes.   En el pasado, cuando el canal estaba todavía en fase de construcción (la idea surgió en el siglo XIX, las obras concluyeron en 1914), la obra se hizo famosa, y ello debido a dos causas: primera, la propagación por todo el mundo del uso de un cómodo sombrero de verano llamado “panamá”; segunda, y más lamentable, la palabra llegó a adquirir un segundo significado, el de estafa: la expresión “gran panamá” se convirtió en sinónimo de maquinación financiera de grandes proporciones.   Por algo la mafia siciliana, es sólo un ejemplo, prefirió tomar bajo su control “sólo” obras de construcción, sector en que es más fácil que en ningún otro encontrar, enterrar y blanquear el dinero, echando un poco menos de cemento, descubriendo “de repente” manantiales subterráneos inexistentes, etc.   Tales métodos se practicaron y mucho durante la realización del viejo proyecto. No es de extrañar por ello que los cálculos iniciales de la construcción Panamá acabaran revelándose catastróficamente ajenos a la realidad, ni que un tramo abierto durante la jornada se viniera abajo a la mañana siguiente, ni que los empleados en las obras murieran a millares a causa de la mala organización del trabajo, así como de las enfermedades.   Como resultado, algunos hicieron fortunas, mientras otros sufrían bancarrota. El trust inicial, tras el cual estaba Francia, se vino abajo, incapaz de aguantar todas esas desgracias. Más tarde los estadounidenses pusieron sus ojos en el proyecto, lo llevaron a cabo y durante un largo periodo estuvieron sacando provecho del canal; eso, sin hablar de la base que Estados Unidos instaló en la zona, reduciendo a nada la soberanía real de Panamá. Es lógico que la iniciativa de modernización parta del presidente Martín Torrijos, hijo del general Omar Torrijos, el hombre que arrancó las llaves del canal de las manos estadounidenses, osadía que, según tantos creen, le costó la vida: Torrijos pereció hace 25 años, el 31 de julio de 1981, cuando el avión Twin Otter de la Fuerza Aérea de Panamá en el que viajaba chocó contra la ladera de una montaña en circunstancias extrañas. Muchos siguen echando la culpa de su muerte a la CIA. La ceremonia oficial de entrega del canal se celebró no hace mucho: el 31 de diciembre de 1999. En aquellos días se hablaba sobre todo de la soberanía del país, pero también se entendía que se trataba de un gran negocio. He aquí unas cifras elocuentes: entre 2000-2001, el canal manejado ya por los propios panameños generó 198 millones de dólares, 50 más que en 1999, último año de funcionamiento bajo control estadounidense. Ello puede significar dos cosas: o los americanos no eran muy buenos gestores o el canal bajo su mando era un nido de corrupción.  El clima político y psicológico en América Latina cambia a ojos vista. Para el actual presidente panameño, el nuevo proyecto es un riesgo bien calculado. Él invierte una suma de dinero colosal en el futuro del país, dinero que bien podría destinar a programas sociales necesarios hoy en día. Pero Panamá está cansado de vivir sin futuro, y se muestra dispuesto a asumir riesgos junto con su presidente, a aguantar un poco en aras de un porvenir mejor para las generaciones venideras. Además, la situación apremiaba, porque los países limítrofes empezaban a hablar de la construcción de un canal moderno y alternativo entre el Pacífico y el Atlántico.   Por último, importa que un asunto tan relevante haya sido sometido a votación en referéndum. Esta decisión de Martín Torrijos no debe interpretarse como un deseo de quitarse de encima las responsabilidades, sino que es el único proceder normal y justo en el marco de un sistema democrático. Con ello se da una lección a muchas de las “viejas democracias”, en las que muy a menudo la toma de decisiones sobre los problemas de importancia vital para la ciudadanía recae únicamente sobre los burócratas.   Sin duda alguna, surgirán contratistas y financieros estafadores y aparecerán otros individuos deshonestos, todos deseosos de sacar provecho. Pero después de celebrado el referéndum, el presidente ya no se sentirá solo. Y espero que haya bastantes controles.   No creo que se repita la historia del viejo canal. Panamá ha tomado una decisión, y debemos desearle suerte. Un país que anhela escapar de la miseria haciendo para ello un esfuerzo gigantesco merece un gran respeto.