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El Papa y los periodistas

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Ratzinger ha roto esquemas previos en sólo dos años y ha puesto cara la carne de titular, a cuatro columnas, vestida de blanco

80 años son muchos años para una vida. 2 años son pocos para la trayectoria de un Papa. Los 80 años del Cardenal Ratzinger estaban más que catalogados por los medios ávidos de titulares a cuatro columnas: panzer, retrógrado, integrista, tridentino y dogmático. Los 2 años de un Papa están por definir y ahí los “progres” de los tabloides se tientan la ropa antes de poner las manos en el teclado.

Benedicto XVI recibía una herencia mediática de un Papa atípico, que se acercaba a la gente, se llevaba de calle a la juventud y era inflexible en cuestiones del Dogma y de la Moral. El Cardenal Ratzinger había sido el colaborador siempre cercano al Papa más popular de la historia de la Iglesia, y esa cercanía le había convertido en el impopular de la curia.

Desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger era “el martillo de herejes” y quien ponía freno a los desmanes teológicos de sus antiguos compañeros de cátedras eclesiales en Tubinga , en Frisinga, en Munich o en cualquier Universidad. Eran estos teólogos ya de vuelta los que veían la mano del alemán en la firma de Juan Pablo II. Carne de titular.

Hace dos años, mientras las cámaras apuntaban a la chimenea de la Sixtina en espera del humo blanco y los teleobjetivos enfocaban al balcón central de la logia de San Pedro, las armas de los “periodistas modernos” apuntaban directamente a Ratzinger y cuando la figura del Cardenal alemán apareció en el balcón de la Basílica, con los puños negros de su jersey asomando bajo las mangas de la sotana blanca recién estrenada, los disparos comenzaron.

Duraron poco. Al primer párrafo de su discurso, la pólvora mojada inundaba la Plaza de San Pedro. Después llegaban sus escritos sobre el amor a Dios y al prójimo y ¡oh sorpresa! en torno al amor humano entre un hombre y una mujer. El Cardenal Ratzinger ponía los pies en el suelo y llegaba a la gente con suma facilidad.

Después el Papa escribiría sobre la Eucaristía y no se iba a morder la lengua al hablar de abusos litúrgicos y de trato inadecuado al Sacramento.

Si alguna palabra puede reflejar la impresión que causa Benedicto XVI en algunos ambientes periodísticos esa palabra es desconcierto. Es un Papa que “rompe el saque” a quienes se acercan a él, a lo que dice y a lo que escribe con ideas preconcebidas.

Estos días de aniversarios se está viendo claramente cómo ha calado la figura del Papa en la opinión pública, por más que siempre salgan algunas voces de seudoteólogos que siempre esperan “su oportunidad”. Concretamente en España algunas magdalenas lloran porque el Papa ni hace, ni dice, ni escribe, ni opina, lo que ellos quieren que haga, que diga, que escriba y que opine. Qué le vamos a hacer.

Benedicto XVI lleva 2 años de Papa y en esos dos años cualquiera puede acercarse, sin temor a equívocos, a su pensamiento, a su idea de lo que es la Iglesia y a su planteamiento del papado, entre otras razones porque esa idea y ese planteamiento son los mismos que siempre ha tenido la Iglesia.

Por eso Ratzinger ha roto esquemas previos en sólo dos años y ha puesto cara la carne de titular, a cuatro columnas, vestida de blanco.

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