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Patrimonio Nacional

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El dispositivo de seguridad del Real Monasterio de El Escorial es pura ‘filfa’, por más escáneres que se desplieguen

La vigilancia que, del Monasterio de El Escorial, hacen los responsables del Patrimonio Nacional, suena a película de Berlanga. Una auténtica broma si no fuera porque la obra de Felipe II exige mayor respeto y seriedad.

Cada fin de semana los responsables de la seguridad del recinto montan el numerito de los ‘escáner’, tipo aeropuerto, por los que hay que pasar para acceder a algunos de los oficios religiosos que se celebran en la basílica. Sin orden ni concierto, ni en todas las puertas, ni a todas las horas ni, mucho menos, todos los días, se monta un dispositivo que quiere ser de seguridad y que es pura ‘filfa’.

Es habitual que los mismos objetos metálicos que un día ‘pitan’ al siguiente no lo hagan. Mientras, a las horas punta, se forman largas colas, y hay visitantes que tienen que pasar varias veces por los arcos detectores. Los más avispados penetran en el recinto saltando unos cordones absurdos que no producen el menor efecto disuasorio. De pronto, y ante la salida en tromba de los asistentes a una boda, los cordones se levantan y no sólo se sale, sino que se entra a discreción y, para colmo de seguridades, los invitados a la boda hacen estallar una traca en plena puerta del Patio de Reyes sin que, al parecer, ninguno de los vigilantes se haya percatado de su existencia previa. Una verdadera delicia.

Cualquier visitante del Real Monasterio, acepta sin rechistar las medidas de seguridad, siempre y cuando sean coherentes, tengan un mínimo de continuidad y sirvan para algo.

A la misma hora que, en la puerta que da acceso a la basílica desde el Patio de Reyes, se forman largas colas por culpa de la seguridad, la entrada por el ala que da al Palacio de los Borbones, está completamente libre. Y cuando, a según qué horas, no se puede acceder al Monasterio sin pasar lo que se suponen exhaustivos controles de seguridad, quienes pasean por el Jardín de los Frailes, aledaño a la fachada del mediodía, entran y salen con absoluta libertad de movimientos pudiendo introducir cualquier cosa que un detector acusaría de inmediato.

Una situación ridícula que sólo sirve –es de suponer- para redactar informes sobre la seguridad del recinto y para que una empresa privada de seguridad facture al Patrimonio Nacional. Los responsables de este organismo deberían tomar cartas en el asunto y decidir si quieren o no quieren vigilancia en El Escorial. Si la quieren que se realice bien, si no la quieren, que se ahorren un dinero y, de paso, que ahorren molestias a los visitantes.