Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:21h

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Tribuna libre

Pedagogos en acción

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El Estado, entendido como sector público, no tiene por qué renunciar a ninguna de sus competencias en educación.

Admito que durante mucho tiempo me he incluido en ese amplio sector de la población aquejado de prejuicios contra el gremio que se encarga de elaborar las directrices educativas. Para erradicarlos, me están resultando muy útiles los seminarios del Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP), donde me matriculé mitad por intereses laborales, mitad por la curiosidad con ribetes antropológicos de ver a un pedagogo en carne mortal. Puedo afirmar que mis prejuicios son cada vez menores, pero no porque los vaya desechando como infundados, sino al contrario, porque van confirmándose como realidades ciertas y desoladoras.

Que el campo de la educación está dominado por un buenismo progre y pedante lo manifiestan los títulos de las tres ponencias que nos endilgaron la semana pasada. En «El aprendizaje cooperativo ante los actuales retos de la escuela» se nos informó de que la solución a los «comportamientos disruptivos» –achacados sin más a la tecnología, sin ninguna mención a la crisis de valores– pasa tanto por la responsabilidad individual como por «la interdependencia positiva». ¿Qué es eso? Algo así como el buen rollo entre alumno y profesor. «Educación para la Ciudadanía y proyecto educativo» prometía enjundia zapateril, pero la ponente acabó centrándose en las virtudes de la mediación en conflictos, pues a eso se dedicaba. No obstante, lo mejor llegó con «La prevención de la violencia y otras conductas de riesgo desde la educación secundaria», no por el contenido de la charla –generalidades biensonantes–, sino por las morcillas que se permitía el tipo.

En realidad, toda la ponencia fue una larga morcilla de hora y media con alguna remisión ocasional al esquema previsto. Casi al comienzo de su extensa plática, el orondo pedagogo se quejó con acritud de la mala fama que tiene el gremio, «cada vez que abrimos la boca nos tratan como a imbéciles», y lo cierto es que a lo largo de su intervención no se esforzó en demostrar con el ejemplo lo erróneo de actitud semejante. Entre gracieta y gracieta, que le reían sobre todo los alumnos sentados en las primeras filas, nos recordó –«pero vosotros podéis no estar de acuerdo, ¿eh?»– que la finalidad primaria de los ordenadores era tenernos controlados, con alguna alusión, previsible, a los americanos. Y el momento culminante llegó –«insisto, no tenéis por qué pensar como yo»– al expresar su convicción de que el Estado, entendido como sector público, no tiene por qué renunciar a ninguna de sus competencias en educación, contra la tendencia que va imponiéndose «por culpa del modelo neoliberal». ¿Hace falta añadir algo?

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