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Perder La Razón

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Hay momentos en los que uno termina por cansarse de escuchar a los grandes prohombres de la prensa pregonar en desayunos de porcelana, gomina y mantel blanco el amor a la libertad de expresión, la defensa del rigor y la sensatez en la profesión y no sé cuántas zarandajas más. Si todo eso no va acompañado de hechos resulta, cuando menos, caricaturesco y cargante.

Hay momentos en los que uno termina por cansarse de escuchar a los grandes prohombres de la prensa pregonar en desayunos de porcelana, gomina y mantel blanco el amor a la libertad de expresión, la defensa del rigor y la sensatez en la profesión y no sé cuántas zarandajas más. Si todo eso no va acompañado de hechos resulta, cuando menos, caricaturesco y cargante.

 

A la redacción de este confidencial llegaron hace unas semanas algunas voces sobre el posible cese de un director de un periódico nacional y su sustitución por otro profesional recién llegado a la casa. ¿Le dimos crédito al rumor? Nada de eso. Como mandan los libros de estilo (esos que están para ser seguidos y no sólo pregonados), decidimos hacer las oportunas llamadas e intentar comprobar la veracidad del relato.

 

Desde la dirección del medio en cuestión se nos remitió a la presidencia del rotativo, alegando desconocer el asunto del que se hablaba. Pocas palabras, corteses y escuetas, y a otra cosa. Emprendimos la siguiente ascensión: entablar contacto con el presidente de la entidad.

 

Si nos habíamos dejado dos días en la primera acometida, debimos emplear otros dos en la siguiente. Por el camino, amabilísimas secretarias que prometían devolver unas llamadas que nunca fueron correspondidas. Pero ese suele ser el pan nuestro de cada día de esta profesión, nada que quite el sueño.

 

Finalmente, el desenlace. La encargada de la agenda del máximo directivo editorial nos transmite un escueto mensaje, breve y transparente: el presidente, además de no ponerse al teléfono, quería que se nos hiciese saber que no se hacía “eco de rumores”.

 

En su derecho estaba, faltaría más. Y nosotros –pensamos-, de publicar lo que había sucedido. Unos días después, este confidencial dio salida en la sección “El Chivato” a un artículo que refería, punto por punto, lo que aquí hemos resumido. Ni una valoración gratuita, ni una palabra más alta que la otra, evitando a propósito el estilo empleado por algunos colegas del sector que prefieren optar por una mezcla de información y opinión, que nosotros respetamos pero no compartimos.

 

¿Cuál ha sido la reacción del grapado? Un libelo injurioso y claramente ofensivo (ese era su fin) hacia la persona del editor que dirigía este medio hasta el pasado mes de septiembre. ¿Alguna mención al “affaire” que acabamos de mencionar? Ni una palabra. Tan sólo una sarta de descalificaciones y valoraciones gratuitas sobre el currículum del periodista en las páginas principales del periódico, sin firma ni identificación, al más puro estilo del más zafio de los confidenciales.

 

O sea, que el presidente sí se hace eco de los rumores pero para usarlos a su favor (faltaría más) y poder desacreditar a un colega, de reconocida reputación y prestigio, que nada ha tenido que ver con este asunto. Y todo esto ¿a cuento de qué? ¿Qué hemos hecho mal?, se pregunta uno. Al redactor que ha cumplido con lo que dictan las más básicas normas de ética y deontología profesional, ¿qué le debemos decir?

 

¿Quizá que existe en esta profesión un submundo de intereses ocultos, perfectamente velados por grandilocuentes discursos de buenas intenciones y moral profesional, que debe empeñarse en descubrir si no quiere perder uno de sus miembros por descuido al pasear por este opaco campo de minas?

 

Lo que más ha indignado al que esto escribe es la falta de hombría, la puñalada trapera, la estocada baja, ramplona y sucia. A estos señores se les dio la oportunidad de ponerse al teléfono, de hablar como personas civilizadas, de aclarar malos entendidos o desactivar posibles intenciones torticeras de terceros (que no por lo que a nosotros respecta, vive Dios).

 

Pero no. Aquí se descerraja el tiro primero y se pregunta después. Se desprecia a las primeras de cambio (para qué hacer caso de los rumores, por favor) e injuria a continuación a quién menos pinta en esto. Manda huevos, que diría el diputado.

 

Consuela pensar que los principios y convicciones que animan a los que modestamente trabajamos en este medio no van a cambiar. Le pese a quien le pese, seguiremos llamando, preguntando, intentando descubrir qué hay detrás de lo que pasa en este país, sin quedarnos en la rueda de prensa oficial e investigando la “dietrología” de todo aquello que nos llame la atención.

 

En juego está arrojar un poco más de luz a esta sociedad en penumbras, oxigenar un enrarecido ambiente que, con gestos como los que acabamos de describir, no hace sino emponzoñarse más y más. Ahí estarán los lectores para juzgarnos. A nosotros y a ellos.

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