Miércoles 07/12/2016. Actualizado 09:19h

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Perder las elecciones

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Con esta campaña tan sentimental, comercial e irracional que nos espera, lo mejor es tomar precauciones y, si se puede, intentar leer a buenos analistas políticos

Me pregunto por qué nadie quiere perder las elecciones. En contra de lo que se piensa, la oposición es un lugar confortable. Legislatura tras legislatura te pagan por derribar a un ser medio enloquecido que flota en una nube, suspendido en el cielo de Madrid, en la vertical de Moncloa. ¿Acaso no se lo pasan en grande los aficionados al “tiro skeet”? Además, este es un plato muy original porque a veces se ilumina y se hincha como un pavo real. Hablando de platos, hay que reconocer que la oposición es lo más parecido a una dieta de engorde. Por el contrario, ¿han visto a qué velocidad adelgazan los ministros? Alfredo Pérez Rubalcaba, de perfil, es igualito que un anuncio de la Gillette Fusion. A Ángel Aceves, en sus tiempos, había que hincharlo con “bombín” por las noches, para poder encontrarlo al día siguiente. Moratinos es la excepción que confirma la regla. Cosas de la diplomacia. En España la diplomacia se hace ahora con mantel por medio. Si no hay migas, algo que mojar y un buen vino para regarlo todo, acaba uno hablando de cosas serias y eso es intolerable. Todos los médicos lo desaconsejan. Incluido el doctor Llamazares. Es mucho mejor darle al pan y al vino y dejar, por ejemplo, la desagradable e indigesta defensa de la libertad para otro momento.

Después de ver el “carrerón” de Al Gore yo estoy convencido de que perder las elecciones puede ser un gran negocio. Al Gore es un poco como Don Quijote. Se ha inventado un enemigo indeterminado y un tanto indescriptible y ha emprendido una gran cruzada contra él. Miles de soldados sentimentales apoyan su causa. Cuenta con un Premio Nobel -¿eso es mérito o demérito?-, apoyos institucionales de todo tipo, múltiples reconocimientos y un entramado económico inabarcable que lo convierte en uno de los seres más envidiados del planeta. Al Gore es un experto en diplomacia. En el momento en que Al Gore abandonó las responsabilidades de gobierno y se entregó a la diplomacia climática dejó de perder peso y comenzó a ganarlo. Afortunadamente para él, Pilates no era eco-alarmista.

La precampaña está siendo un cuento chino, un engaño masivo, como diría un conocido catedrático de Palas de Rey. Antes de ayer me llamó varias veces Mariano Rajoy. Vaya susto. Me estuvo abroncando un buen rato por no sé qué historia de una reunión a la que no asistí. Le colgué, por pelmazo. Después le pasé los teléfonos de todos mis amigos progresistas para que les endulzara la tarde con su simpática llamada. Horas más tarde, tal vez como revancha, me llegó al correo electrónico un mail informativo de una presunta ONG llamada PSOE con un lema bastante cursi, como todo lo que me llega de ese remitente. Junto al texto, una foto en la que Zapatero, con sus ojos brillantes de PhotoShop, parecía estar visitando su infancia en sueños, asistiendo a la cabalgata de Reyes por primera vez. Por último, ayer irrumpió en mi vida digital Gaspi. Un dibujo animado barbudo cuya extraordinaria misión es pinchar una burbuja. Bonita metáfora. Hasta ayer creía que era imposible tener menos gracia que un personaje de South Park. Hasta ayer.

No logro comprender por qué todos los partidos se empeñan en abrir un abismo entre su publicidad electoral y los problemas reales de los españoles. El mensaje final que se transmite a los ciudadanos que no leen los editoriales de los periódicos es un insulto a la inteligencia. Por un lado, el nuevo Rajoy, el gran amigo de todos. Por otro lado el iluminado, benefactor, comecuras y colega de los punkis de las JS, que habita en La Moncloa, flotando y regocijándose en su magna existencia, en su innata perfección, en su delicioso talante y en su talento sin igual. Y por otro, Gaspi, que con su ocurrente dibujo animado ha debido avergonzar hasta al mismísimo Julio Anguita.

Con esta campaña tan sentimental, comercial e irracional que nos espera, lo mejor es tomar precauciones y, si se puede, intentar leer a buenos analistas políticos -afortunadamente, en este confidencial están algunos de los mejores-. Desconfíe de sus fuentes actuales si usted está convencido de que la Iglesia es un aparato político, o si cree que no hubo mentiras en la negociación con ETA, o si estima que no hay ni un solo indicador económico que anuncie la proximidad de una crisis. Tiene usted un problema: es extremadamente fiel a un solo partido. En la salud y en la enfermedad, supongo. Y está usted demasiado empeñado en ganar las elecciones. A toda costa. Y eso no es aconsejable. Mi consejo es que no niegue las evidencias y que eche mano sólo de sus argumentos. Huya con valentía de las cortinas de humo. Con o sin alzacuellos. Y en todo caso no olvide que perder las elecciones puede ser saludable y maravilloso. La oposición es el paraíso soñado. Créame.