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El Plan de Paz de mierda

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“Estoy harta del Plan Galicia de mierda”, dijo la ministra de Fomento ante unos micrófonos de Onda Cero que creía cerrados: muy aleccionador

Creo que fue a doña Magdalena Álvarez, ministra de Fomento, a la que se le escapó ante unos micrófonos de Onda Cero, que creía cerrados, aquello de “estoy harta del Plan Galicia de mierda”. Unos segundos antes, ante el periodista de turno, había explicado con delicadeza y hasta encanto femenino cómo el Gobierno tenía como uno de sus objetivos prioritarios cumplir el citado Plan Galicia. Al cien por cien, sin quitarle ni una coma.   La escena es aleccionadora y resulta muy oportuno traerla ahora a colación. Muestra, de forma gráfica y cabal, por qué al menos la mitad del país siente pavor y desconfianza ante sus actuales gobernantes. Como en el caso de “Maleni”, se trata de una suspicacia ganada a pulso. Muy pocos se fían del Ejecutivo. Los del Partido Popular, la Asociación de Víctimas del Terrorismo, los disidentes más ruidosos del PSE, por supuesto. Pero comienza a flaquear la fe de otro buen puñado de españoles, que han visto en el alto fuego permanente de ETA una oportunidad histórica para la consecución de la paz en Euskadi.   Sucede que este presidente parece a merced de una extraña fuerza, que guía sus pasos y le supera en ocasiones; parece falto de convicciones y principios irrenunciables; parece dispuesto a casi cualquier cosa, por no se sabe qué objetivo final. Escamotea la verdad. Utiliza palabras contundentes en defensa de la Constitución y el Estado de Derecho, al “cien por cien, sin quitarle ni una coma”, que diría Magdalena. Pero los hechos muestran la cara oculta de un político sin norte, que parece gestionando un plan de paz “de mierda”, que le queda grande, le trompica y se le enreda.   ¿Y si no, por qué esta comparecencia de tapadillo para anunciar el inicio del diálogo con ETA, realizada físicamente en el Congreso, pero a kilómetros de distancia de la sede parlamentaria donde prometió realizarla? ¿Por qué esta inclusión de un peligrosísimo y equívoco párrafo sobre la intención del Ejecutivo de respetar lo que decidan los vascos sobre su futuro?   Son preguntas que Moncloa despacha en público con versiones políticamente correctas, faltaría más, pero que, lejos de calmar el pavor que generan esos sobresaltos, están alimentando una sensación de inseguridad que va calando en la ciudadanía. España está fracturada como nunca. El presidente está montado sobre un tigre. Y cada vez son menos los que se fían.   Motivos hay para ello. Ahora, el diario El Mundo desvela que ETA aceptó mantener reuniones con el PSOE en febrero de 2004: otro dato sobrecogedor. ¿Quién recuerda aquella sorpresiva irrupción en la vida española del filósofo y escritor Fernando Savater cuando, hace un año, reveló en el diario ABC el ofrecimiento realizado por ETA a Zapatero para negociar las condiciones de una tregua indefinida? La declaración de Savater dejó al presidente en la incómoda situación de haber mentido al Parlamento y a la opinión pública sobre supuestos contactos con los terroristas. Y Savater fue obligado a realizar una “matización” o “puntualización”, distribuida convenientemente por Moncloa, con el único fin de calmar las aguas. El Gobierno pillado en otro renuncio.   El problema es que los españoles apenas tenemos memoria. El Gobierno lo sabe, y da aire a la trama ciclista de la “Operación Puerto”, a los Afinsas y Forums filatélicos, a los escándalos de la corrupción del ayuntamiento marbellí y hasta al carnet por puntos, para instalar la confusión.   A pesar de todo, sin que uno sepa muy bien por qué, con sucesos como los de Magdalena Álvarez y Savater impregnados en la retina se ha ido fraguado esa sensación de incertidumbre sobre un líder bienintencionado, correcto en las formas, conciliador a tiempo parcial, pero dotado de turbadores dobleces. ¿Se puede España fiar de él, en momento tan crucial para la vida de un país, cuando hay muertos de por medio, sensibilidades a flor de piel y se negocia con pistoleros?   De momento, no nos queda otro remedio. No hay otra que seguir muy atentos a esos micrófonos indiscretos, los únicos que parecen capaces de desvelar lo que realmente se esconde detrás de tantos fuegos artificiales: si estamos ante el fin definitivo de la violencia en nuestro país (Dios lo quiera) o ante otro Plan de Paz de mierda (con perdón).