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Tribuna libre

El Pompidou se vuelca con una espectacular exposición de la obra de Alberto Giacometti

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El Centro Pompidou ofrece hasta el 11 de enero una ocasión única para apreciar la obra de Giacometti. Se intenta explicar el proceso creativo del artista suizo a partir de la reconstitución del taller que ocupó durante cuarenta años en el barrio de Montparnasse.

Y parece mentira cómo de aquél pequeño local destartalado pudieron salir tantas obras: grandes o diminutas en el aspecto físico, inmensas desde el punto de vista artístico.

La mayoría de las obras expuestas, más de 600, proceden de la Fundación Alberto y Annette Giacometti, aunque también hay una selección de la colección del Centro Pompidou y algunos préstamos de grandes museos o colecciones particulares.

La exposición es muy completa porque presenta las distintas formas de expresión de Giacometti (esculturas, pinturas, dibujos, objetos de arte decorativo o grabados) y porque hace un extenso recorrido por su obra, comenzando con los retratos de Giacometti realizados por su padre, Giovanni, pintor impresionista, y sus primeras obras: un óleo, “Nature morte aux pommes” (1915), realizado en homenaje a Cézanne, y una escultura “La petite Tête de Diego sur socle” (1914-15).

Están presentes sus primeras influencias cubistas, y su paso por los surrealistas. Otra sala está dedicada a las imágenes que tomaron de él Brassai, Henri Cartier-Bresson o Arnold Newman, y que le aseguraron una celebridad universal. También se exhiben parte de las paredes que cubrían su estudio. Como Giacometti lo tenía alquilado, su viuda tuvo que abandonarlo en 1972 pero antes desmontó todos los fragmentos que conservaban algún trazo de la actividad del escultor.

Siguen sus estudios de la figura humana; sus interminables estudios a través de sus dos modelos principales: su hermano Diego, y su esposa, Annette. Y completa la exposición las copias que realizó a lo largo de toda su vida de grandes maestros: Velázquez, Rubens o Durero.

Dos documentales permiten descubrir al gran artista suizo en plena acción. Resulta verdaderamente impresionante verle trazar con una precisión asombrosa breves pinceladas de acuarela gris sobre una tela blanca que acaban convirtiéndose tras unos instantes en el rostro que observa el pintor.

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