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Tribuna libre

El Príncipe feliz

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Como a todos los feos, el tiempo ha mejorado al príncipe Carlos y ya nadie se fija en sus orejas. Un cierto optimismo vital le ha llevado a mostrarse últimamente con kilt escocés, chaqueta de tweed y corbata campesina, en agradable paseo por su ducado de Cornualla, mientras arrancaba aquí y allá alguna hoja mustia de los manzanos que cultiva con el único fin de hacer confituras.*

 

Un hombre complicado debe vestirse complicadamente, y cuando otros quieren ser los más modernos, el príncipe de Gales disfruta su fetichismo de la belleza antigua y se disfraza alguna vez de antepasado. Lo imaginamos ya en sus últimos días, vestido de capitán Drake o de almirante Nelson, sable en mano, asustando al servicio con sus voces retumbantes por los corredores de Clarence House.

 

Al margen de su tenue campera, la última audacia del príncipe ha causado sorpresa en círculos sartoriales: fue un gesto simple, un solo gesto con mayor trascendencia que todos los desfiles de París. Por aquel esmoquin valientemente terminado en rojo, un esforzado elegante español, de todos conocido, se hubiese deshecho de medio ducado. Hablo, por supuesto, del mismo que daría su ducado entero por soplar la gaita, danzar aeróbicas danzas escocesas y, piernas al aire, ponerse un kilt.

 

Entre los comentaristas más minuciosos siempre se ha subrayado que la condición de acuarelista amateur del príncipe Carlos –condición en su caso disculpable- es la causante de su relación tan especial con los colores. El príncipe de Gales usa por la noche un perfecto traje negro cruzado, con oportunos ribetes de seda por los flancos del pantalón. Como única interrupción de la bicromía del esmoquin, el príncipe solía llevar una pochette de color rojo o azul eléctrico, consciente por instinto de que el rojo y el negro y el negro y el azul son combinaciones cuya maestría garantiza perfecta elegancia en toda soirée.

 

Ahora bien, pasar de un pañuelo algo encendido a toda una revolución en los lentos tiempos de la sastrería clásica es algo que, a juicio de los comentaristas minuciosos ya aludidos, va más allá de la excentricidad británica. Un paralelismo español, ciertamente más prosaico, nos hace pensar en los peinados de Torres y de Guti, en la variable perilla de Ronaldo.

 

En tiempos de sincorbatismo, en tiempos de zapatos que parecen zapatillas y de zapatillas que quieren parecer zapatos, un dandy tan arriesgado y anacrónico como el príncipe Carlos es algo que alivia a todos los que no quieren ser Beckham. Frente a los vaqueros italianos rotos por el culo, los milimétricos ternos del príncipe de Gales nos hablan de una cierta continuidad en las formas, de un cierto respeto por la tradición heredada. Al príncipe Carlos, por otra parte, nunca se le hubiera ocurrido ponerle a sus hijos nombres de perro, y no lo digo por el pequeño Cruz.

 

Muerta la reina madre, aquella simpática bebedora de ginebra (happy is England!), y con una reina Isabel sólo atenta a sus caniches, el príncipe Carlos es lo que queda de aquella máquina que fue el Imperio. En este sentido es un figurín de otro tiempo, como los botes de té con motivos coloniales, como Gibraltar y otras posesiones oceánicas sin sentido, o como esas vajillas que ya nadie compra porque ahora se llevan los platos cuadrados. Lamentablemente, los alevines de príncipe Guillermo y Enrique ya parecen más bobos que insulsos. Salieron a Diana, y su necedad es tan incorregible que ni siquiera el colegio Eton ha podido hacer nada por ellos.

 

Quizá el príncipe Carlos no tiene más aliciente en la vida que esperar que muera su madre –algo tremendo-, y mientras ella se eterniza, él monta a caballo, se deja ver en estrenos de cine, lee por las tardes a Leopardi, hace obras de caridad o emite teorías novedosas sobre urbanismo cuando nadie le pregunta. Lo lógico y natural es que un hombre así no caiga bien a quienes ven series españolas de baja calidad, escuchan a Andy y Lucas o tienen una prima en Móstoles que se llama Jennifer. Por lo demás, y como todo dandy, el príncipe Carlos no es susceptible de imitación.

 

En cuanto a su vida moral, en cuanto a sus discontinuidades con Camila y la boda ya cercana; en fin, cómo decirlo: es todo difícil de aceptar y aún más de bendecir. Por suerte, no somos nadie para juzgar a nadie, y menos a un príncipe inglés por cuya salud y vida ya rezan cada domingo los anglicanos. Conviene aquí un inciso: alguien inquieto, algún científico, debería explicar por qué se casan entre sí gente de fisonomías tan similares como Carlos y Camila o Zapatero y su mujer. Para mí es todo un misterio antropológico.

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