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Tribuna libre

Problemas Bálticos de la Unión Europea

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La incorporación de nuevos países a la Unión Europea supone varias ventajas, pero también inconvenientes.

Algunos de los problemas propios de los miembros recientes pueden solucionarse simplemente con dinero y tiempo; pero otros son mucho más complicados y hunden sus raíces en la Historia de esos países. Por ejemplo, el neonazismo. No se puede afirmar que la Vieja Europa se haya liberado por completo de esa plaga, presente en forma rudimentaria en muchas partes, incluida Rusia. Cuando aparecen brotes de esa mala hierba, las autoridades tratan de extirparlos con cuantas medidas están a su alcance; y la opinión pública, siente vergüenza al advertirlos. En todos los países, menos en los bálticos, antaño repúblicas soviéticas y hoy integrantes de pleno derecho de la UE. Sólo allí a los legionarios de la SS los consideran patriotas y luchadores por la independencia, les otorgan ventajas y los cubren de honores. Sólo en Letonia se puede ver a un veterano de la Waffen SS rodeado de muchachos robustos que desfilan por el centro de la capital portando sus banderas y depositando ofrendas florales al pie de un monumento a los nazis.   Tales acciones provocan continuas discordias entre los países bálticos y Moscú. Desde el punto de vista de las autoridades bálticas, los legionarios de la SS defendían la independencia de sus países frente a los bolcheviques, como si su pertenencia a las tropas alemanas fuera una cuestión secundaria. Rusia lo enfoca de otro modo, no tan simple. La película El nazismo a la báltica, proyectada hace unos días en la televisión rusa, volvió a suscitar polémicas y acusaciones mutuas. Nikolay Kabanov, uno de los pocos rusos étnicos con acta de diputado en Letonia, quien organizó la proyección en su despacho para los medios de comunicación letones, fue expulsado de la comisión parlamentaria para asuntos exteriores. En opinión de Riga, el filme está hecho «siguiendo las peores tradiciones de la propaganda soviética», mientras que en Rusia han vuelto a sentirse horrorizados al ver las secuencias que reproducen fusilamientos de civiles inocentes —judíos, rusos y bielorrusos— por parte de efectivos locales de la policía, destacamentos de represión y unidades de la SS.   Si se tratase de un desconocimiento de la Historia la cosa no sería tan grave, pero los diputados bálticos que participan en la película crean un mito que ellos mismos comienzan a creer en seguida. Admito que gran parte de la población local no quería vivir bajo el poder bolchevique, pero la justificación de que estaban luchando por la independencia no deja de ser una falacia. Es bien sabido que según la teoría racial del Tercer Reich, los pueblos del mar Báltico ocupaban un lugar un poco más alto que los judíos y los eslavos (lo que es un gran honor, por supuesto), por lo cual pensar en obtener la independencia de manos de Hitler o Himmler era una ilusión vana. Según se comprobó de manera documentada durante el proceso de Nuremberg, después de la guerra a los países bálticos les esperaba aún mayor fragmentación: sus habitantes serían exiliados a Siberia, y sus tierras ocupadas por la población alemana. De ahí que lo de fusilar a los judíos y los rusos siendo efectivos de la SS no deba llamarse “lucha por la independencia”, sino vulgar colaboracionismo y genocidio.   El destino de los países bálticos, atrapados entre la Unión Soviética de Stalin y la Alemania de Hitler, realmente era poco envidiable. En vísperas de la guerra, los diplomáticos bálticos corrían entre Moscú y Berlín, prometiéndolo todo a las dos partes y traicionando tanto a los alemanes como a los rusos. Pero existía un tercer camino, si se trataba de luchar por la independencia: por ejemplo el que eligió Polonia, que perdió ante un adversario mucho más fuerte, Alemania, o el de Finlandia, otro país báltico, que aunque perdió la guerra contra la URSS y parte de su territorio, obtuvo, sin lugar a dudas, una victoria moral, y defendió su independencia, lo que es más importante. Estonia, Letonia y Lituania no quisieron seguir ese camino, prefirieron servir sin importarles a quien, a los bolcheviques o a los nazis.   El filme El nazismo a la báltica representa en sí una crónica minuciosamente seleccionada en archivos. Vemos a unos nazis bálticos beber cerveza y divertirse mientras contemplan cómo muere de hambre el Leningrado sitiado. O el testimonio de una mujer que, siendo todavía niña cayó en el campo de concentración de Salaspils, cerca de Riga, un campo de concentración al que los manuales modernos de Historia de Letonia llaman “centro correccional”; la mujer cuenta sollozando cómo la llevaron a presenciar un experimento: médicos nazis arrancaban las uñas a su madre sin aplicarle anestesia. También vemos caer en el hoyo los cuerpos desnudos de los judíos del Báltico. Según el rabino Berl Lazar, antes de la guerra, los hebreos llamaban “segunda Jerusalén” a Vilnius, porque constituían la mayoría de su población. Vemos que ahora en la ciudad hay una magnífica sinagoga, pero está absolutamente vacía. En las últimas secuencias, aparece la Riga contemporánea, con legionarios de la SS haciendo una ofrenda floral.   Esos veteranos, igual que todos los ancianos, podrían inspirar lástima si no fuera porque a su lado caminan jóvenes nazis cantando la alegre canción sobre cómo fue quemada la casa de unos rusos. Por algo los antiguos decían que el lobo puede cambiar el pellejo, pero no el alma. ¿Y qué va a hacer la UE con un alma así?

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