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Psicopatologías del móvil (diez años después)

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La irrupción de la telefonía móvil en la vida cotidiana quizá merezca una reseña futura en los tratados de Historia Poscontemporánea

La irrupción de la telefonía móvil en la vida cotidiana quizá merezca una reseña futura en los tratados de Historia Poscontemporánea –a falta, por ahora, de nominación más ajustada– como inicio de un subperiodo algo posterior al del asombro clónico provocado por Dolly, pero algo anterior al del estrellato universal posible, YouTube mediante. Como jalón de una etapa, el invasivo adelanto no se limitó a transformar la comunicación en un acto ubicuo y, por ello, casi siempre, banal –lo que José Antonio Marina denominó «glorificación de la cháchara»–, sino que trajo adjuntos un nuevo concepto de privacidad, hibridada de exhibicionismo parlero; una remesa de neologismos vinculados con el invento; una gramática vía SMS –mucho más descomplicada que la de Grijelmo–, anticipadora acaso de futuras tendencias del español; un sector laboral completo a la medida del mileurismo; una preocupación, sin precedentes pero efímera, por el calentamiento tumoral de cascos; una excusa para las columnas satíricas de Ussía y para los apólogos, en ocasiones inquietantes, de Millás; y por último, no podía esperarse menos, unas cuantas psicopatologías asociadas al abuso de los entonces recién adquiridos «terminales».

Pues, si bien es cierto que el primer teléfono portátil se introdujo en España hace veinte años, por aquellos tiempos lo más a mano que llegamos a tener uno dependía del mando del televisor, del que era subsidiario: gracias a él, podíamos sorprendernos a distancia de aquel artilugio que el yuppie de Wall Street llevaba instalado en su limusina negra. Fue hace una década cuando se produjo aquí el gran salto en número de ventas y, a finales del venturoso 97 («Hola, soy Edu, feliz Navidad...»), quien más quien menos encontró bajo el abeto su primer Alcatel con tarjeta prepago. Apenas año y medio antes, recuerdo cómo nos cachondeábamos todavía del fantasmón que en el colegio mayor se pavoneaba durante las cenas, comedor arriba, comedor abajo, mientras gesticulaba ampulosamente hacia el invisible interlocutor que debía de haber al otro lado de su adoquín con antena. Personajes como aquél, aquejados de insoportable narcisismo, motivaron que al principio tuviera mucho de vergonzante atender llamadas por el móvil, sobre todo en lugares cerrados, silenciosos y concurridos, como un autobús de línea. Diez años más tarde, la costumbre ha transformado en obsoletas casi todas aquellas absurdas psicopatologías del ego, tanto las expansivas en demasía como las retraídas en exceso, que surgieron con la novedad. No obstante, uno se pregunta, por ejemplo, cómo puede quedar aún alguien que siga enviando mensajes sin silenciar –lo oigo ahora mismo de fondo– el molestísimo tono de las teclas: ya no puede alegarse, como al principio, ignorancia en el manejo de los menús. Supongo que en esto, como en todo, tendrá que haber también casos a los que la ciencia no es capaz de dar respuesta.

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