Jueves 19/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

RTVE antes y después de Luis Fernández

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Querido Luis, antes de que las aves carroñeras y los salteadores de caminos escriban tu necrológica profesional y desenvainen la navaja trapera lorquiana para disputarse la trona que dejes vacante, quiero escribirte esta carta.

Tres lustros después de que me nombraras jefe de informativos, siendo tú  director de informativos de la Cadena SER y yo un debutante con acné juvenil, «under the same moon» nos encontramos. Como diría Luis Ciges (el inolvidable criado de los Marqueses de Leguineche en «La escopeta nacional» de Berlanga), el truculento minifundio español de los medios de comunicación es lo más parecido a la “descojonación”. 

Mal que nos pese, el «avispero mediático» (Raúl del Pozo) es como la «Historia de la locura» de Michel Foucault… pero a lo bestia y en clave de risa, si no fuera porque en la indescriptible casa de fornicación en la que se ha convertido el patio ibérico de los Media abundan los bandoleros, los gánsteres, los medradores, los periodistas militantes y los saqueadores de libertades ¡Qué asco! 

Metidos sin querer en el túnel del tiempo, entristece constatar que la España de José María “el Tempranillo” siga siendo la "tierra de los conejos" que describieron los fenicios: un ruedo pastueño de guerras mediáticas, componendas, antenicidios, espectrazos, decretazos, platajuntas, listas blancas y negras de periodistas, compradores de silencio, orgías desenfrenadas de bragas de Loewe, y falsas promesas incumplidas de regeneración democrática. Como en otras etapas oscuras de la historia, a la sombra del toro de Osborne vuelven a correr malos tiempos para la libertad de expresión. 

¡Qué mala es la envidia! -exclamó Machado parafraseando a Ovidio. Es la envidia tan mala que si fuera tiña, nos pasaría lo que al hombre araña o mismamente a Diógenes el cínico, de quien se cuenta que en cierta ocasión le trataron de persuadir: «Oh Diógenes, te escarnecen». Me imagino, en este sentido, la de veces que en las últimas semanas habrás entonado para tus adentros el «líbrame de mi amigos que de mis enemigos ya me encargo yo». 

De sobra sabes, sin necesidad de que venga a hacerte caer en la cuenta un insignificante periodista como yo que, de siempre, los peores conspiradores se sientan alrededor de la mesa de los Consejos de Administración y de los Consejos de Ministros. ¡Suerte! que son contados entre ellos quienes han leído la Divina Comedia de Dante y que, por si no fuera ya bastante, llevas tú ya muchas muescas en la culata como para permitirte el lujo de marcharte cuando te dé la gana sin que nadie te marque la fecha de caducidad ni te señale el camino de la puerta. 

Pero no quiero perder el tiempo con referencias innominadas a la mediocridad y la maledicencia. Prefiero glosar tu compromiso personal con esta profesión, que según me hizo ver ese mismo día que firme mi contrato Iñaki Gabilondo mientras esperábamos un avión en Barajas, es al mismo tiempo una devoción y una responsabilidad individual que tiene disculpa para los errores que cometemos a lo largo de nuestra trayectoria, pero no para la inquina.  

Sabes bien que tienes el talento, el conocimiento, la capacidad, la experiencia, y la energía suficiente para ser lo que eres, el mejor presidente que ha tenido nunca RTVE. Y con ese bagaje, cuando decidas marcharte, vete silbando tranquilo como Lucky Luke mientras te ríes de los peces de colores.  

Desde la insignificancia misma de mi persona, también sabes que a mí, en cierta ocasión, me obligaron al exilio en la BBC supongo que porque no accedí gustoso a que me marcaran con el hierro candente de la ganadería de la progresía. En mi caso, en cambio, no tuve la suerte siquiera de despedirme de mis oyentes. Claro que ya en Londres, cuando me preguntaron por la bicha hispánica, sólo acerté a contestar que aquí los “arrebatacabras” pendencieros suelen tener en mal aprecio a quienes sobresalen por su talento. ¡Lástima! –como se lamenta Ramón y Cajal, que muchos de esos talentos, en lugar de acabar en los estudios de Radio Exterior de España o en el plató del Telediario, acaben desembocando en el mar. 

Triste consuelo el de Pedro Jota Ramírez cuando dice que «hay que reconocer que la televisión pública, la que Zapatero ha encomendado a Luis Fernández, es hoy mucho menos obscena que el períodos anteriores». Precisamente por ello, tu adiós premonitorio te honra, pero viene a corroborar que ni Luis Fernández ni San Luis de Anjou, obispo de Tolosa de Languedoc y fraile franciscano, puede hacer nada por extirpar el cáncer que aqueja a la cosa: el problema, de imposible solución, de la desgubernamentalización de los medios de comunicación de titularidad pública. 

Querido Luis, tu crédito, bien lo sabes, está a salvo y tu reconocimiento es todavía mayor del que tenías cuando llegaste. Por eso, con afecto sincero, recibe el abrazo y el agradecimiento de alguien que te aprecia por lo que eres y no por lo que representas circunstancialmente. 

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