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Radio mía

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Jiménez Losantos se ha convertido en tema habitual de conversación en los corrillos profesionales, familiares o simplemente casuales.

Da igual la posición ideológica de uno: bien para atacarle o bien para alinearse con él, raro es el día en que no me encuentro a Jiménez Losantos metido en las conversaciones generales. Ha terminado por convertirse en un tema recurrente, como el tiempo.

No me había percatado de la magnitud del fenómeno hasta hace unos días, cuando un conocido me reveló que escuchaba “La Mañana” de La COPE de camino al trabajo, a diario. ¿Tú escuchas a Federico?, pregunté sin dar crédito a su testimonio. Y es que nunca hubiera sospechado que alguien tan alejado del perfil “psicográfico” atribuible al oyente medio de Jiménez Losantos, fuera sin embargo integrante anónimo de su audiencia cotidiana. No es que mi conocido sea de izquierdas o de derechas, pero sí es lector de “El País”, lo que dice mucho a estos efectos. “Por la mañana salgo medio dormido de casa, monto en el coche y lo único que consigue mantenerme despierto durante la hora y pico de atasco es oír a Jiménez Losantos --aclaró al ver mi cara de extrañeza--. Pongo la radio y enseguida me acelero, me cabreo casi todos los días, pero no cambio de emisora”.

Tengo para mí que Federico tiene bastantes oyentes de este tipo: gente que le sigue no sólo por lo que dice, sino por cómo lo dice. Es una especie de animador de la mañana, un promotor de adhesiones y pasiones, un generador de adrenalina que está creando escuela. Ninguno de sus discípulos le llega todavía a la suela del zapato en capacidad dialéctica, pero como se esfuerzan considerablemente, sólo es cuestión de tiempo que le alcancen.

Por la vía de significarse en el verbo, la gracia, la mala uva y la cultura –hay que reconocerle que sabe muchísimo más que muchísimos otros— Federico está consiguiendo dos efectos paralelos y, en mi opinión, contradictorios. Por una parte, hay temas dentro del repertorio de agenda fija que maneja Jiménez Losantos, que están calando en esa opinión pública cuyas orillas difusas se extienden más allá de los confines de la derecha sociológica y política. De ahí el interés de muchos por asegurar que sigue pegado al micro.

Pero por otra parte, según una encuesta sobre credibilidad de los medios que la Asociación de la Prensa de Madrid anticipa en titulares y que se incluye en el Informe Anual de la Profesión Periodística 2006, de próxima publicación, la radio despierta cada vez menos confianza entre la audiencia española. Entre las razones principales de este paulatino descrédito, la APM cita “la politización de los contenidos y la crispación mediática que se ha apoderado del medio”. En una suerte de “efecto boomerang” que afecta tanto a La Cope como al resto de cadenas nacionales, viene a decir la APM, tanta adrenalina termina siendo fatal para el corazón de la radio.

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