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Mientras Rajoy abre ventanas en Andalucía, clamoroso corte de mangas del electorado catalán a los políticos, a todos los políticos

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Todos están contentos tras los comicios catalanes. Pero en las fechas de difuntos, una vez más, José Blanco ha puesto la nota de tristeza.

Y es que la abstención ha sido el partido ganador por mayoría absoluta en las elecciones de Cataluña. Ahora vienen los análisis, las alianzas y hasta las componendas. Los políticos cambian el desayuno preelectoral del “pa amb tomáquet” por los sapos a la plancha y todos se disponen a llevarse su trocito de pastel.   Los resultados, como “el Bolero de Ravel”: siempre lo mismo y apenas si se registran cambios, y –suponiendo que los haya- no van a permitir demasiadas alegrías ni soluciones imaginativas.   Por supuesto todos ganan y los otros siempre pierden. Todos están contentos. Pero en las fechas de difuntos, una vez más, José Blanco ha puesto la nota de tristeza al decir que quizás los resultados del PSC no eran los previstos. Y es que este hombre, con eso de los entierros en lengua gallega, está crecido, que no creciendo.   Lo que ninguno de los “ganadores” ha dicho es que la abstención ha sido preocupante. Al menos preocupante para los partidos políticos, todos los partidos políticos que siguen instalados en el siglo XIX. Campañas del siglo XIX, discursos del siglo XIX y hasta posibles pactos del siglo XIX. Y resulta que la sociedad ya va por el siglo XXI, un fastidio para estos mitineros descorbatados y sonrientes, aplaudidores de no se sabe muy bien qué.   Pero esto es lo que hay. Ahora, a pactar. Las cábalas no se han hecho esperar.   El tripartito, salvo los propios “tripartitos”, produce urticarias en Madrid e incluso en el Ampurdán.   Artur Mas, tras su visita a Ripoll, se parece cada vez más Guifré el “pilós” y es capaz de arremeter con sus huestes, lanza en ristre, por las calles del barrio gótico de Barcelona. Es que la modernidad se ha apoderado de él tras su visita “ad limina” a Joan Laporta.   Carod Rovira, de la noche a la mañana, puede pasar de ser la chica más deseada del guateque a quedarse a poner los discos. También la modernidad del separatismo, y también con visita “ad limina” pero esta vez al Abad de Montserrat.    Joan Saura y sus comunistas verdes, encantados de haberse encontrado con nuevos escaños, y esperando su pastel, esta vez hasta con guinda.   Los “ciutadans”, subidos en el laurel, pensando ya en venirse a Madrid y redactando el discurso de apertura del Parlament en castellano, según se dice, por insinuación de Boadella.   Y Montilla... que casi parece el final del inmortal verso de Manuel Machado.   Véngase usted desde Iznájar, haga la travesía pasando por Cornellá, aguante el chaparrón del Ministerio de Industria en Madrid para que ahora, Zapatero le haga a medida el traje de “Conseller en cap”. Porque, como Dios no lo remedie, la alianza de Zapatero y Artur Mas estaría hecha desde hace meses.   Si fuera así, la jugada sería redonda para ambos. El uno se quitaría de en medio, en una tacada, a Montilla y a Carod y llegaría a las generales limpio como el culito de un bebé recién bañado. El otro se “sacaría” de la chepa a Durand y Lleida, que estaría feliz de venir a Madrid en coche de ministro “de lo que fuera”. El uno gobernaría tranquilo en la Plaza de San Jaime y el otro tendría asegurados otros cuatro años en La Moncloa con los votos de Convergencia y Unió.   Esos cuatro años, naturalmente con permiso de Rajoy, que parece haberse decidido a abrir las ventanas en Andalucía con la ayuda de Javier Arenas que le ha puesto las flores en la reja mientras el político gallego cortejaba a la realidad nacional. Eso sí, sólo de forma retórica, que es como si a las mocitas de antes los novios en la reja sólo pudieran cogerles la mano.   Aunque en ciertos sectores no haya gustado, es un evidente acierto que Rajoy no se quede fuera de juego en Andalucía. La oportunidad era buena, entre otras razones porque las connotaciones nacionalistas en Andalucía no tienen nada que ver con los afanes independentistas de Cataluña o de Euskadi.   Son realidades distintas, dicho sea sin ironía.   El tiempo dirá si el Partido Popular ha acertado pero, de momento, ha entrado el aire fresco en Génova, y eso siempre es bueno.   Donde cada vez hay menos aire, menos vida y, desde luego, menos salidas es en la España de los abortos. 95.000, un 12% más que el año pasado. Una sangría –nunca mejor dicho- de vidas y un conflicto grave en las existencias de esas 95.000 madres a las que habría que haber ayudado de alguna o de muchas maneras. Las cifras que se están barajando sólo son el síntoma de una sociedad humana y moralmente enferma.   Las elecciones catalanas han eclipsado el mal llamado “proceso de paz”, pero ahí está la patata caliente que también está en otras manos además de las de Zapatero. Y en el viaje a América, la patata se puede enfriar o calentar más. ¿Entienden el doble sentido?