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Tribuna libre

Recuerdos arbitrarios del Casino de Madrid – su bar, su gimnasio – Disección in vivo de las tentaciones

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Ahora hay que ir al gym-spa del Eurobuilding, donde distintos tipos de cataratas medicinales van a curárnoslo todo si es que antes no nos matan. Hace un par de años, cuando yo era joven, el gimnasio que frecuentaba era el del Casino de Madrid...

Ahora hay que ir al gym-spa del Eurobuilding, donde distintos tipos de cataratas medicinales van a curárnoslo todo si es que antes no nos matan. Hace un par de años, cuando yo era joven, el gimnasio que frecuentaba era el del Casino de Madrid, ante todo por la razón de que no podía entrar todo el mundo. Ser socio del Casino no está entre las cosas desagradables de la vida aunque tampoco estoy dispuesto a encebollarme ni medio minuto por serlo: en realidad, la única ventaja es que el gimnasio estaba medio vacío y el horror de promiscuidad, hervor bacteriano y sudor ajeno quedaba muy amortiguado, por lo que usar las duchas no era equiparable a usar el cepillo de dientes -¡puajh!- de otra persona. La criba de la membresía venía a favorecer la irrupción de un biotipo muy concreto: esos señores provectos, rigurosos caballeros, hombres de bien y de derechas, graves como ministros de la Restauración, que acudían a recuperarse de su tercera angina de pecho. "Créame, Ignacio -me decía uno, haciendo percusión con las manos en su abdomen- que yo ya he tomado todo el foie que me deparaba la vida: calculo que dos mil kilos, entre oca y pato". Recuerdo haberle mirado con fascinación y pensar que mi handicap estaba, con suerte, en los doscientos.

Estos padres de la patria se cambiaban en el vestuario el traje cruzado por la camiseta de spandex y, como en el casino puede suceder de todo, yo he creído ver con estos ojos a Cánovas, Sagasta y Romanones entrar, piernas al aire, en la sala de musculación. De vez en cuando también se dejaba caer por el gimnasio algún supermán pero esto era infrecuente, de modo que la mayoría de las veces uno figuraba ahí casi en condición de Ganímedes. Algo halagador porque, a falta de otros argumentos, la juventud vale -valía- por argumento universal. Con mayor regularidad, iban también señoras riquísimas, que a mí me parecían todas mexicanas, no sé por qué, con pinta de tener un marido millonario en guano, gas natural o concesiones de radio y televisión. Debían de estar en rápido tránsito hacia Caracas o Miami –ese lifestyle- y no por ir en chándal descuidaban el make-up. En eso seguían a Carolina Herrera. Estas señoras nos hacían sentir que éramos invisibles y yo llegué a preguntarme si es que no parecía lo suficientemente rico para que me miraran. En fin, en los afectos hay más dependencia que pureza y si esto es así seguramente es porque es bastante sabio. Con el tiempo, desarrollé una cierta piedad al sospechar que tanto y tanto agotamiento e inquietud deportiva se debían a una sola razón, demasiadamente humana: mostrarse todavía agradables a los ojos de sus maridos, esa gente que, con las locuras del retour de l'âge, podían apear a su mujer para irse con la eterna estudiante de psicología que, entre otros méritos, es también miss Venezuela. Los hombres se vengan tarde y por mujer interpuesta, y estas señoras eran de la última generación de mujeres dependientes y, por tanto, vulnerables. En su 'Historia íntima de la Humanidad', Zeldin habla juiciosamente, delicadamente, sobre esto. Por supuesto, constatar que la vida es como es tampoco significa que lo aplaudamos -quizá significa que hay que espabilar.

'¿Fumas? ¿Bebes? ¿Vas a misa los domingos?' En el cuestionario previo, la monitora hacía el tipo de preguntas que uno preferiría no contestarse ni a sí mismo pero se trata de evaluar el estado físico y no de saber si nuestro color favorito es el azul heliotropo o el amarillo crisantemo o si preferimos a Grace Kelly o Audrey Hepburn. Como a las dependientas de Álvarez Gómez, le dije que lo que buscaba era un milagro. La chica ejercía de directora espiritual y me ilustraba con los aparatos y los estiramientos: sobre la colchoneta, mi pensamiento fue que aquello se parecía mucho a los dibujos del manual 'Criar cabras con éxito' donde aprendí de niño lo que antes se llamaban los 'misterios de la vida' y que, en el sistema de EpC, se llamará 'juguemos al sexo'. Todo se degrada. En circunstancias semejantes, ante la mujer muy guapa de un amigo, al doctor Johnson se le escapaba el 'no nos dejes caer en la tentación': valga esto para consolarnos de nuestra precaria humanidad y la reincidencia gozosa en el error. La chica era muy guapa -modelo ojos de ofidio-, ágil como una gineta, y yo, si examino mi conciencia, supongo que en realidad iba al gimnasio porque me entretenía verla, entretenimiento breve y leve, semejante al de quien se para en un escaparate y pondera una chaqueta -'qué bonita es'- pero ni siquiera se plantea entrar a comprársela aunque, si lo pensara, quizá llegara a la conclusión de que sí debía planteárselo. Aplíquese al caso el símil sartorial.

Por lo demás, mi único deporte ha sido tomar taxis y la mayor atracción, la mayor diversión, era terminar pronto y meterme al baño turco a deshidratarme y leer la prensa. Ahí sólo nos faltaba una hojita de laurel para sentir lo que siente un langostino y, por otra parte, no era difícil pensar que uno iba a quedarse allí encerrado, licuándose hasta la misma muerte, hasta quedar en el suelo como una mancha incierta de albúmina y tejido orgánico. O quizá alguien iba a aprovechar para vengarse de nosotros al encontrarnos en el estado de indefensión de llevar no más que una toallita a modo de hoja de parra o 'paño de pudor'. La verdad es que estos pensamientos hacían el asunto muy emocionante y morir en el baño turco tiene algo muy cesáreo. En todo caso, aquello era agradable, la piel recuperaba su confort habitual (ese pequeño gozo que sigue al afeitado) y uno salía del gimnasio con una felicidad incauta -incauta porque el mundo está lleno de tentaciones: por ejemplo el bar americano del Casino de Madrid. Lamentablemente, yo ya no me creo inmune a nada, no soy un lama, y esto lo digo con sincera compunción.

Después del gimnasio, uno podía caer en la 'enfermedad del éxito', es decir, en ese exceso de confianza que nos lleva al engaño de pensar que, hagamos las cosas como las hagamos, todo va a a salir muy bien -y eso es falso y es un viejo punto de la ascesis que tiene que ver con la euforia y la caída. Así que, después de ejercitarnos como un 'master of the universe', atravesábamos el bar américain y todo eran felices sugestiones, ensoñaciones de coctelería, el paraíso en la barra, conversaciones light, apetitos sin cauce, media docena de martinis revoloteando alrededor: 'bébeme, bébeme, te lo mereces'. La tentación no es más que una insinuación o, por lo menos, es más una insinuación que un despliegue: es simplemente la pulsación leve en un órgano sensible y generador de un automatismo en la respuesta. En mi caso, hacer el oso en la barra de un bar siempre me ha resultado una perspectiva de placer, pero pasaba por ahí, deprisa y sin mirar, un poco triste del placer perdido, sin hurgar en mis pensamientos porque estaba seguro de que, cuanto más lo pensara, más pretextos iba a encontrar para caer, de modo que las calorías del alcohol hicieran inútiles el trabajo abdominal. Todo esto no era una disyuntiva moral del género grave y quizá, en efecto, lo más sabio hubiera sido hacer lo de siempre, apoyarse en la barra, pedir un martini y saborear la felicidad a partir del sabor de la ginebra y el punto vivificante de una 'zeste' de limón: eso hubiera demostrado de modo práctico que el debate era intrascendente -pero me negué a caer, supongo que por sentido del honor o por un entendimiento de la corrección natural de las cosas. Al fin y al cabo, la vida no hace más que ofrecernos copitas y de vez en cuando habrá que rechazar alguna aunque sólo sea por entretenerse -es curiosa la cantidad de decisiones morales que tomamos por entretenernos.

Al margen de esta digresión, el bar del Casino es de los mejores de Madrid y el barman es el mejor de España. La revista del Casino, que es también la mejor de España -junto a Diplomacia y sus fotocrónicas de la Fiesta Nacional de Corea del Sur-, siempre le ha reservado un rincón al barman para que glose los misterios de su alquimia y nos recuerde que, ahora en el verano, es tiempo de tomarse un Pimm's y dar vivas a la reina de Inglaterra. Casi nunca me he sentido más honrado, y lo recuerdo con el ojo humedecido, que al ser citado por extenso en esta sección de la revista a propósito de alguno de los muchos artículos que uno ha escrito -para nuestra mala fama- sobre coctelería. Lo cierto es que quizá me confundieron con mi padre pero nunca he querido investigarlo en la suposición de que las cosas, como mejor se saben, es cuando se saben a medias.

Y la revista del Casino de Madrid me lleva a lo siguiente: ¿qué mejor sitio, qué mejor institución para trabajar que en el Casino de Madrid? Para la revista, casi pagaríamos. En la biblioteca neogótica, tendríamos una gran excusa para matar el tiempo sin trabajar, que es algo fort agréable. Aun así, lo mejor sería ejercer de relaciones públicas aunque ahora me temo que eso lo llevan unas chicas muy eficientes y muy monas, con toda razón de ser. En fin, de aquí a cincuenta años estaría muy bien ascender escalas jerárquicas y figurar en algún consejo, en alguna secretaría, en algo, para cumplir ese sueño vital que es dedicarse a un trabajo donde, cada cinco minutos, tengas que decir 'my dear friend!' o, en su defecto, 'cher ami!', y apretar manos sin parar y cobrar por sonreír y ser simpático. Esto lo recuerdo con viveza al pensar en el finado presidente, embajador de España y gran gestor, que a esa edad en que uno ya se va al geriátrico, todavía aguantaba todos los copetines, siempre acompañado de su 'trophy wife', una esfinge de botox terminada con crema hidratante o crema pastelera. Cada media hora, un camarero le cambiaba la copa de champán por otra más fría, sin que el presidente hiciera el amago de bebérsela. Hoy, el presidente del Casino es más o menos amigo de la familia y miembro de la Real Academia de Farmacia. ¡La Real Academia de Farmacia! Sin duda, hay que mantener todas las instituciones y aspirar a todos los honores aunque luego sólo seamos cofrades de honor del melocotón de Calanda o premio literario Villa de Pinto a la prosa poética.

El Casino de Madrid tiene la mayor elegancia que se puede tener, y no me refiero a sus Benlliures sino al portero ecuatoguineano. En el Urban también entienden la distinción de tener un portero negro pero me temo que insisten demasiado y no veo la razón de por qué han de vestir al hombre con un abrigo blanco. Dicho esto, al hablar de negro y de blanco hago una distinción de cromatismo y no de psicología. Al portero del Casino yo le saludaba cambiándole el nombre a días alternos, por olvido, de modo que un día le decía: 'Buenos días, Plácido', otro día le decía '¿qué tal, Severo?', o me despedía de él con un 'adiós, Teodoro' o 'hasta mañana, Avelino, que descanses'. Ya no sé si era de Fernando Poo o de Río Muni pero el hombre me habló alguna vez, con emoción, de su platanar nativo: casi siempre, la mejor regla es ganarse la confianza de los ujieres, y esto me garantizó algún que otro paseo por las cocinas y demás secciones invisibles del Casino, accesibles casi siempre por la muy sugestiva calle de la Aduana: ahí entendí que la institución funcionaba con una perfección sistemática, incluso por la puerta de atrás y allá donde ni ojo vio ni oído oyó.

En invierno, en las tardes del Casino, a eso de las ocho, siempre hay conferencia: concretamente, siempre hay conferencia de Fernando García de Cortázar -y sus conferencias siempre son sobre lo mismo. Otras veces traen alguna orquesta de cámara ucraniana o búlgara, tremendamente sospechosa, y mientras acometen algo de Schubert o de Schumann -siempre hay algo de Schubert o de Schumann-, pienso si no habremos vuelto a los tiempos del telón de acero y si la soprano no será soprano de día y espía de noche: hay que llenar la cabeza con alguna idea estimulante. Con frecuencia, uno llega a la conferencia, se sienta y, a los cinco minutos, resulta que nos hemos equivocado, y que donde esperábamos la presentación del libro de un amigo, de pronto nos encontramos con la puesta de largo de la "Historia de la taxidermia madrileña", una exposición sobre "Reino de España-Reino de Bhután: una amistad de siglos" o una sesión de diapositivas sobre la colección de cráneos de Ocóriz. Por lo general, al darnos cuenta del error, es demasiado tarde y ya da pena hacer la ofensa de levantarse e irse, de manera que lo mejor que se puede hacer es echar una cabezadita silenciosa en la butaca, ayudado por la calefacción y la prosodia de los oradores. Todas estas son dulzuras de la vida madrileña, sección casinista, en una parte de Madrid que nunca decidió si ser París o ser Manhattan y que cambió ya los bares con zarajos por el Starbucks Coffee. Inolvidable Casino de Madrid, con su hilera de coches oficiales que llegan hasta Sol, donde todavía uno puede encontrarse a Esperanza Aguirre en la escalera, rodeada de hombres, pionera de la edad de un nuevo matriarcado.