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Reflexiones al pie del cadalso

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No me cabe la menor duda de que Saddam Husein es un criminal, pero esto tiene que ser demostrado por vía judicial.

La ejecución de Saddam Husein puso a todo el mundo de mal humor durante las fiestas: difícilmente se puede olvidar el cadalso, las máscaras de los verdugos, el nudo sobre el cuello y los ojos del condenado a muerte. Y la cosa no está en lo espantoso del espectáculo, lo que la televisión multiplica hace ya tiempo que no da miedo; el espectáculo no es tan horroroso como abominable.

La tontería criminal de la propia ejecución es un tema aparte. En este caso, la estupidez salta a la vista. Está claro que, habiendo matado a Saddam, el Gobierno de Irak y el señor Bush hijo automáticamente han condenado a muerte a cientos si no a miles de inocentes, que serán despedazados por bombas de los sunitas enfurecidos. Teniéndolo en mente, habrá sido desagradable para la gente celebrar el Año Nuevo.

No me cabe la menor duda de que Saddam Husein es un criminal, pero esto tiene que ser demostrado por vía judicial. Y es justamente aquí donde los acusadores han caído en una trampa. Era evidente que esta empresa estaba condenada al fracaso desde el principio. ¿De qué independencia de la justicia iraquí podía hablarse en un país ocupado por tropas extranjeras? O, ¿qué tipo de sentencia justa podía esperarse cuando el resultado de la instrucción estaba predeterminado, el trabajo de los abogados obstruido premeditadamente, y de todo el enorme caso, al final, el tribunal examinó sólo un episodio? Y por último, la ejecución precipitada fue obviamente sincronizada con el discurso que Bush tenía que pronunciar sobre Irak. La Casa Blanca necesitaba urgentemente algún resultado "victorioso" de la fracasada aventura iraquí de EE.UU.

Por otra parte, como se demuestra incluso en el Tribunal de La Haya, cuando los juristas de hoy se ponen a juzgar a políticos, por regla general, fallan. Una vez tras otra, imitando torpemente el proceso de Nuremberg, la acusación queda en desventaja, aunque formalmente tenga en las manos todos los triunfos. Recordemos el caso Milosevic, quien fácilmente le ganó la partida a la presumida Carla del Ponte. Lo mismo más o menos logró Saddam Husein durante el proceso de Bagdad.

Mirando al cadalso medieval y a los verdugos que ofenden al condenado en los últimos instantes de su vida y, al contrario, viendo la dignidad con que hasta el fin se portaba Saddam Husein, comprendes que la acusación ha perdido también moralmente. Como si en las mazmorras el antiguo dictador hubiera entrado en posesión de la gracia, de la virtud y de la sabiduría, y sus oponentes políticos, al contrario, cebándose en la venganza, hubieran degenerado en sádicos.

Alguien objetará seguramente que esto es sólo un espectáculo, el aspecto exterior y nada más. Probablemente así sea. Pero es que lo exterior en materia de política es la mitad del asunto, en las apariencias se sustenta toda la estrategia política moderna.

A los norteamericanos les parece que, habiéndose librado de Saddam Husein, han arrebatado la bandera de las manos del adversario. Los barrios poblados por sunitas están llenos ahora de retratos de un nuevo mártir. Y los sunitas ansían la venganza. Como han apuntado los dirigentes de Amnesty International, la nueva administración iraquí tenía la histórica posibilidad de interrumpir la terrible retahíla de sentencias de muerte en su patria, pero la desaprovechó. Dicho en otras palabras, el tribunal del Irak "democrático" resultó ser tan despiadado como el del Irak dictatorial.

Como siempre, la Casa Blanca hizo caso omiso de la opinión de las organizaciones pro derechos humanos que han condenado la sentencia de muerte, igual que de la opinión de los líderes europeos. Y eso que incluso Tony Blair, el aliado europeo más próximo de Bush, tras una larga pausa se vio obligado a calificar la ejecución, a través de su servicio de prensa, de “lamentable y mal organizada”. Dejemos que pese sobre la conciencia de los ingleses cierta diferencia lógica entre “lo lamentable” de la aplicación de la pena capital y la lástima respecto a “la mala organización”. Quizás, desde el punto de vista del primer ministro británico, el asesinato dejaría de ser "lamentable" si los americanos hubieran cacheado más escrupulosamente a sus secuaces iraquíes y no hubieran permitido fotografías no autorizadas. 

He aquí, a propósito, un ejemplo concreto de la importancia de lo exterior en la política.

Como quiera que sea, es evidente que la administración estadounidense que suceda en el futuro a la actual tendrá que trabajar mucho para restablecer la comprensión mutua entre la Casa Blanca y Europa. Los viejos aliados difieren cada vez más en la interpretación de la fundamental noción de lo que es la democracia.

Si no me equivoco, únicamente los dirigentes de Polonia han apoyado incondicionalmente la ejecución en Bagdad. Es lógico que esta voz solitaria haya llamado la atención. A propósito, hasta el Vaticano, al que los polacos habitualmente miran con atención, ha condenado la pena de muerte, pero el Gobierno estimó provechoso demostrar su fidelidad a los EE.UU. Sería interesante saber cuánto tiempo la ambiciosa Varsovia seguirá sirviendo tan abnegadamente, en calidad de “quinta columna” de Bush en la Unión Europea. Y, además, sería curioso saber qué hubiera dicho sobre la ejecución el presidente de la Polonia católica, Lech Kaczynski, si en la Santa Sede se encontrase todavía el polaco Karol Vojtyla, o sea, Juan Pablo II.

En cuanto al nuevo Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, en un primer momento reaccionó con total indiferencia al acontecimiento de Bagdad. Aunque más tarde, como si hubiera sentido algo malo, el departamento de prensa de la ONU dio explicaciones, y luego el propio Ban Ki-moon llamó a las autoridades iraquíes a atemperar sus ánimos y pedir que respetaran la vida de los compañeros de Saddam Husein, el regusto que queda es desagradable.

Parece que la comunidad internacional se ha dotado para los próximos años de un Secretario General de la ONU “demasiado frío”. Es una lástima. La sangre fría para un diplomático de rango tan alto es una cosa, sin duda, necesaria. Pero algo de misericordia tampoco estaría de más.