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El Rey está triste

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El Rey está triste... ¿Qué tendrá el Rey?Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. El Rey está pálido en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro, y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. Espero que los lectores sepan perdonarme esta licencia, al adaptar los bellos versos de Rubén Darío sobre la melancolía de su princesa al extraño rictus de congoja y preocupación que afecta estos días a don Juan Carlos. Al menos esto es lo aseguran quienes lo visitan con frecuencia. El Rey recibe en La Zarzuela a representantes de los diversos estamentos de la vida nacional. Habla y escucha. Y un nubarrón gris se le posa en el rostro. Dicen, quienes han estado con él, que el Rey ha perdido la risa al contemplar la peligrosa dinámica en la que han entrado las principales fuerzas políticas de nuestro país, por obra y gracia de la cuestión catalana. Desde la llegada de la democracia, España no había conocido un nivel de crispación y frentismo como el actual. Y los riesgos de esa deriva son claros: cuanto más se avanza por ese terreno, más difícil resultará desandarlo. El Ejército rumia su descontento en las cantinas y los corrillos de los ratos propicios para el “a discreción”. Rodríguez Zapatero no ha hecho la mili, explican. Y se le nota. Que hay que ver cómo Sonsoles Espinosa, hija también ella de militar, permitió las sucesivas prórrogas académicas del ahora presidente por su trabajo en el Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad de León. No se puede tratar así a España, comandante en jefe, suspira el monarca. Ahora, Estados Unidos nos acaba de birlar el mando del cuartel general de la Fuerza de Asistencia a la Seguridad en Afganistán, cargo que España debía ocupar este mes de febrero y misión para la que ya habían sido designadas incluso varias brigadas. Hasta ahora, ese mando con sede en Kabul pasaba cada seis o nueve meses a un país miembro de la OTAN, de forma rotatoria, que aportaba todos los efectivos y equipos. Una ocasión inmejorable, decían en nuestros cuarteles, para probarnos en el exterior. Pues el Gobierno de George Bush ha vetado nuestra participación, gracias a la singular política exterior desplegada por nuestro Ejecutivo, echándose en brazos de aliados tan sorprendentes como Hugo Chávez y Evo Morales: los dignatarios del “Váyase largo al cipote señor Tony Blair” y de la patada en el trasero a Repsol YPF, respectivamente. Y el Rey palidece, claro. Y para culminar, llega la hora de ETA. ¿Se acuerdan de aquellas imprudentes palabras del filósofo y escritor Fernando Savater, hace casi un año, cuando desveló en un diario nacional el ofrecimiento de ETA a Zapatero para negociar las condiciones de una tregua indefinida? Aquella salida de pata de banco dejó al presidente bajo la incómoda acusación de haber mentido —al Parlamento y a la opinión pública- sobre sus contactos con los terroristas. Y Savater tuvo que “matizar”, “suavizar” y “puntualizar” de la mano de Moncloa. Diez meses de mentiras después, nos encontramos en los prolegómenos de aquel armisticio anunciado. El Rey está triste y mudo. Y los ciudadanos de a pie, temerosos; con el corazón encogido y sin saber por dónde les da el aire. Zapatero escenifica ante España entera aquel monólogo espléndido de Alessandro Baricco, llamado “Novecento” (“La leyenda del pianista en el océano”, lo titularon en el cine), donde el protagonista no quiere bajar del barco porque él sólo sabe tocar un piano de 88 teclas, cuando el mundo exterior tiene infinitas, y eso le supera. No es para menos. España se embarca estos días en la mar de una negociación que se asemeja al pasillo oscuro de una casa. ¿Quién sabe qué tenebrosos monstruos nos esperan? Y la dichosa pregunta que martillea en el corazón de tantos ciudadanos: ¿Era necesario correr (y mancillar el honor de miles de víctimas con bochornosas concesiones), ahora que la banda terrorista parecía condenada por la asfixia policial, judicial, política y social? El Rey y los españoles están pálidos: han perdido el color. ¿Qué tendrán, señor Zapatero? En sus vasos, olvidadas, se desmaya una flor. La flor de la paz.

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