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Rodríguez Zapatero y el catolicismo

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Ni siquiera en términos de mercadotecnia religiosa saldrá a cuenta ordenar obispas e instituir obispos gays, como algunas iglesias en desbandada

Ni siquiera en términos de mercadotecnia religiosa saldrá a cuenta ordenar obispas e instituir obispos gays, como ya observan algunas iglesias en pavor de desbandada. En cuanto al catolicismo, hemos de esperar un largo gotear de secularización hasta que la Iglesia –según vaticina el Papa- vuelva al grano de mostaza, al pequeño rebaño o resto de Israel. Será tal vez un catolicismo activo y no un catolicismo masivo, aunque ahí estén las multitudes en Alemania o en Valencia y el repuntar católico sea unánime en todas partes salvo en la vieja Europa. En España, cabe pensar que la Iglesia que sobrevivió a Diocleciano y a Alejandro VI sobrevivirá también a Zapatero. Hay un reflujo bien articulado que responde, con todos los gobiernos que palpan a la Iglesia para encontrar ahí paciencias y resistencias no previstas.   El radicalismo de seda del Ejecutivo ha extremado las formas con Roma y la Conferencia Episcopal. Ahí ha habido episodios de impericia diplomática que contrastan gravemente con los prudentes usos vaticanos. En buena parte, todos los revisionismos y mecanismos de intervención moral del zapaterismo tienen el regusto anacrónico de los masonazos de otro tiempo y de los comecuras de casino provincial. A su vez, la Conferencia Episcopal –figura jurídicamente complicada- es reflejo de la sociedad española con todas sus convulsiones territoriales y morales. En las alturas de 2006, el catolicismo en España se alimenta de la devoción a San Antonio y del carácter vertebrador del catolicismo popular y también de Universidades, think-tanks, centros de respuesta organizada de la sociedad civil. Con todas sus inocencias, es una manera de no volver a las catacumbas ni a las sacristías y de implicarse en los debates –comunicación, bioética- del día. Ahí está el resurgir de las instancias intermedias del conservadurismo clásico: asociacionismo, grupos, lobbies, defensa de la familia, libertad educativa. También surgen periódicos, emisoras, editores, gente que sale a la calle aunque no vengan cantantes últimamente adeptos a un tercermundismo light. Al lado del apoyo económico al arte de ultravanguardia, se hace notar la dejación absoluta hacia las familias que han de aportar nuevos españoles y la musculatura moral de la sociedad. Chesterton ha vuelto y se quedará por mucho tiempo mientras los volúmenes de teologías sin Dios se pican para pulpa de papel. Por otra parte, está claro que desde hace veinte siglos, ser católico es exponerse al peor descrédito.   Una corrupción del bienestar por exceso, cierto hostigamiento islámico y la caducidad de la mitología progre volverán o no volverán a llenar las catedrales pero de momento se vuelve a hablar de conversiones, se vuelve a la admiración de un catolicismo que mantiene solidez de roca después de dos mil años. Por volver, vuelve también la mejor apologética. Es algo con reflejo muy amortiguado en tribunas académicas y periodísticas con escasa rotación de personal. Faltan “sages”, faltan opiniones, aunque poco a poco el conservadurismo vuelva a ser lo que era, incluso en los periódicos. Ahí está que uno pueda elegir como guía de Occidente a Benedicto XVI o a Cohn-Bendit, sin que la elección se haga difícil. En realidad, puede ser una vuelta a la ortodoxia después de los adoquines de París. Gran parte de las elites siguen ajenas a todo esto, en un movimiento con componentes de fermentación popular natural sin problemas para organizarse y encontrar sus medios de expresión. Puede faltar excelencia, puede faltar alguna figura pero a cambio no faltan la reverberación ni la solidez. Para subrayar queda la potencia de internet como convocatoria y difusión mientras los intelectuales de papel están más bien a otra cosa. Al final, las constantes humanas del conservadurismo tienen respuestas que pueden acertar porque nuestro fondo de aspiraciones no varía. En España, una herencia feliz del zapaterismo sería una vuelta a la trascendencia, no ya como reserva o resistencia sino como vanguardia.