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Rusia-Irán: Un acuerdo que cambia poca cosa

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Ni las palabras ni la firma del actual régimen iraní son, lamentablemente, fiables al cien por cien

La reciente visita a Teherán de Serguei Kirienko, responsable de la agencia nuclear rusa, ha inyectado a los optimistas una nueva dosis de optimismo e infundido en los pesimistas todavía más pesimismo, es decir, ha introducido muy pocos correctivos en la situación configurada últimamente en torno al programa nuclear de Irán. El interrogante acerca del carácter de este programa –exclusivamente civil o, a la larga, militar– se mantiene sobre la mesa. Y la llave ofrecida por Moscú para resolver el problema, enriqueciendo uranio bajo el control de la AIEA en una empresa mixta instalada en territorio ruso, no ha pasado de las manos de Kirienko a las de sus colegas iraníes. El mundo ha vuelto a escuchar el mismo discurso procedente de Irán. El vicepresidente de la República Islámica, Gholamreza Aghazadeh, anunció al término de las negociaciones «un principio de acuerdo para la creación de empresa conjunta», aunque añadió que esa propuesta necesita algunos retoques y será objeto del diálogo en una nueva ronda, que se celebrará en Moscú. «Es una cuestión compleja, que incluye muchos elementos políticos», precisó. Lo anterior significa que la parte iraní, tal y como ha estado haciendo antes, se reserva la posibilidad de dar marcha atrás y procura por todos los medios perder el tiempo. Ya quedan pocos días, porque la cuestión ha de ser aclarada, de una u otra forma, antes de que los responsables de la AIEA se reúnan nuevamente el 6 de marzo. Como era de esperar, Rusia y los demás países han reaccionado con moderación y cautela tras las negociaciones mantenidas en Teherán por Kirienko. El jefe del Comité parlamentario ruso de Asuntos Internacionales, Konstantin Kosachov, opina que el preacuerdo para instalar en Rusia una empresa conjunta para enriquecimiento de uranio «es un paso positivo, correcto y plausible pero no final» porque representa apenas un elemento en la salida que procura encontrar Moscú. Stephen Hadley , asesor del presidente de EE.UU. para la seguridad nacional, considera prematuro evaluar la situación. En acuerdos como ése, el diablo está en los detalles y hay que ver en qué termina todo, dijo en declaraciones a la cadena CNN. Su postura es comprensible, como la del ministro de Exteriores nipón, Taro Aso, quien intentará averiguar algunos detalles al respecto durante su próxima visita a la capital iraní. La reacción de otras capitales mundiales ha sido parecida. Es lógico que haya tanta cautela pues el propio Irán, con un esmero digno de mejores causas, genera el ambiente de desconfianza. Baste con recordar casi dos décadas de trabajos secretos en materia nuclear; o la intención de borrar del mapa el Estado israelí, declarada en múltiples ocasiones por el presidente Ahmadineyad; o las interminables evasivas con que Irán acogió la iniciativa rusa, muy estricta y completamente satisfactoria para la AIEA. También infunden recelos las afirmaciones en el sentido de que Irán se reserva el derecho de enriquecer uranio en territorio propio, al margen de la empresa mixta con Rusia, lo cual obviamente invalida todo el proyecto. El enriquecimiento de uranio en Rusia y en Irán, de forma paralela, no tiene ningún sentido para la comunidad internacional. El jefe de la diplomacia rusa Serguei Lavrov se ha pronunciado en términos inequívocos: «Teherán todavía vincula la creación de la empresa conjunta a programas nacionales, aunque limitados, de investigación y desarrollo en territorio propio... Rusia no puede aceptar una empresa mixta en esas condiciones porque eso quita el sentido a la idea en sí y se contradice con la resolución adoptada por la junta directiva de la AIEA en febrero, la cual sugiere a Irán cesar por completo las obras de enriquecimiento de uranio». Dicho sea con otras palabras: las buenas noticias sobre los avances y el acuerdo de principios logrados por Kirienko en Teherán son algo exageradas. Con la postura que mantiene la parte iraní, es poco probable que el asunto se resuelva para el 6 de marzo, ni siquiera si la comunidad internacional logra para esa fecha un «sí» definitivo de Teherán a la propuesta rusa, la suscripción de un convenio sobre la creación de empresa conjunta para enriquecimiento de uranio y la vuelta formal de Irán a la moratoria mencionada por Lavrov. Ni las palabras ni la firma del régimen iraní son, lamentablemente, fiables al cien por cien. Por muy favorable que sea el eventual desenlace, el asunto del programa nuclear iraní pasará simplemente a otra fase, menos visible para la opinión pública. Los técnicos de la AIEA y los servicios secretos de numerosos países deberán sudar tinta para controlar el cumplimiento de los compromisos que haya adquirido Teherán. Porque ni EE.UU., ni Rusia, ni Europa, ni Israel, ni otros muchos países quieren ver el «maletín nuclear» en las manos de un militar iraní.

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