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Rusia retorna a la gran política

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El Kremlin intenta recuperar las posiciones en Oriente Próximo que perdió tras la desintegración de la URSS

La diplomacia rusa últimamente ha dado unos pasos poco habituales e inopinados cuyas consecuencias son difíciles de predecir. Me refiero a su intento de contribuir a sacar del atolladero el problema nuclear de Irán, y a la invitación cursada para visitar Moscú a la organización Hamas, considerada en EE.UU. y Europa Occidental terrorista y culpable de la muerte de centenares de israelíes. La invitación, verbalizada por Putin durante su visita oficial a Madrid, sorprendió a todo el mundo, incluidos los socios de Rusia en el arreglo de Oriente Próximo. Tras escuchar las aclaraciones complementarias de Moscú, el “cuarteto” reconoció que la idea del presidente ruso tenía lógica: es imposible menospreciar los resultados de las elecciones celebradas en Palestina, y por consiguiente es necesario que alguien, no con la ayuda de un altavoz, sino mirando a los ojos del interlocutor, en este caso Hamas, ponga en su conocimiento la posición del “cuarteto”. Eso fue lo que se hizo durante la visita de Hamas a Moscú. A juzgar por el hecho de que hasta la Administración de EE.UU. se ha mostrado contenta con los resultados de las negociaciones, Moscú no ha prometido a Hamas nada que no debiera, realmente expuso la línea general del “cuarteto”. Puesto que nadie esperaba resultados concretos del encuentro, las negociaciones se desarrollaron sin demasiadas dificultades. El “cuarteto” pudo exponer su punto de vista, y Hamas el suyo. Todo el mundo entiende que, a diferencia del tema de Irán, en el que el tiempo apremia, el arreglo de un problema casi eterno como el conflicto palestino-israelí permite ir avanzando a otro ritmo, confiando en obtener éxito en una perspectiva muy lejana. Al asumir el papel de “puente” entre el mundo occidental y el islámico, Rusia no olvida sus propios intereses, desde luego. Es fácil discernirlos, pero, a mi modo de ver, las ventajas que promete el rumbo escogido no son tan obvias. Está claro que el Kremlin intenta recuperar sus posiciones en Oriente Próximo, que antaño eran muy fuertes, pero se perdieron tras la desintegración de la URSS. Conviene señalar, por si acaso, que actuando así Rusia no quiere desplazar a nadie, simplemente pretende ocupar un nicho que se ha visto libre tras una serie de errores graves cometidos por EE.UU. y Europa Occidental. Y si nos fiamos de los numerosos comentarios, el mundo islámico aplaude el retorno de Rusia a la gran política mesoriental. Lo hace porque los rusos se dirigen allá portando la rama de olivo, dispuestos a buscar conciliación y a escuchar con respeto a la otra parte. Según dijo Sergey Lavrov, ministro ruso de Exteriores, “no permitiremos a nadie enemistarnos con el mundo islámico”. Todo lo cual contrasta notablemente con la actitud occidental, basada en la presión y hasta empleo de burda fuerza, como ello sucedió, por ejemplo, en Iraq. Pero pese a todas esas ventajas, obvias al parecer para Rusia, la diplomacia moscovita pisa un terreno movedizo, lleno de sorpresas desagradables, intrigas y dobles juegos, en el que no toda palabra de honor pronunciada y no toda firma puesta al pie de un documento garantizan el cumplimiento. ¿Saldrá Rusia, que todavía no ha recuperado del todo sus fuerzas y prestigio anteriores, trasquilada en ese complicado juego? No sólo su imagen puede resultar dañada, también pueden sobrevenir pérdidas de índole política y económica. De hecho ya se registran algunas. Tanto cuanto Rusia ha adquirido en las relaciones con los palestinos, lo ha perdido en las que mantiene con Israel. Si de lo que se trata es de resolver el problema de Oriente Próximo hace falta apañárselas para pasar entre Escila y Caribdis sin perder nada en ningún lugar, acumulando éxito en ambos lados. Otro revés se sufrió en las negociaciones con Irán, y si el mediador no cumple la tarea encomendada, inevitablemente pierde peso político. Y constatamos un tercer menoscabo sustancial, que consiste en lo siguiente: antes Moscú podía dirigirle a Occidente, no sin fundamento, el reproche de estar aplicando una política de doble rasero, y decirle que es inmoral dividir a los terroristas en “buenos y malos”, y ahora, después de la visita de Hamas le será fácil demostrarle a la opinión pública que su posición moral difiere en algo de la de EE.UU., Gran Bretaña, etc. Pero uno de los líderes de la oposición israelí ya preguntó con sorna: ¿como reaccionaría Moscú si Israel invitara a terroristas chechenos? Por muy nobles que sean los propósitos que guiaban a Moscú, estrechar las manos de los representantes de una organización, cuyo fundador, el jeque Yasin, proclamó que se debe matar a todos los judíos y que el objetivo de Hamas consiste en “liberar a toda Palestina, desde el mar hasta el Jordán”, no es una mera cuestión protocolaria. Moscú, con este acto ampliamente comentado, regresa a la gran política mundial. En principio, está bien. Sólo que en esa escena, igual que en el deporte, se debe estar preparado para todo, tanto para cosechar gloria como para recibir tomatazos.

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