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Selfies

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A la invención de la imprenta siguió un afán lector, pero nada comparable a lo sucedido con la red y los dispositivos móviles. El abuso de estas tecnologías ha convertido a nuestras calles en un gran muestrario de nucas y a las conferencias en otro de coronillas.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Cada vez más personas hacen su vida en internet, y el tiempo dirá si eso es bueno, malo o inocuo, o si a eso se le puede calificar como vida.

Las cámaras incorporadas a los teléfonos y tabletas permiten hoy inmortalizar cualquier instante, aunque especialmente están siendo utilizadas para el autorretrato, una aplicación cada vez más generalizada y que seguramente precisa de alguna que otra reflexión.

El espejo, hasta ahora, servía para revisar nuestra imagen, pero sin salir de nuestras retinas. Los selfies, sin embargo, nacen para ser compartidos, aunque puedan dárseles también el uso individual del espejo. Esa difusión del autorretrato por las redes sociales se asemeja, pues, a una compañía masiva ante la luna del escaparate, en el que quien se mire verá detrás a una multitud de personas de todo tipo, incluso a quien no quiere ver ni que le mire. Como es natural, eso no puede tener nada de normal.

Aunque siempre hubo quien se pasaba el día delante del espejo, en la actualidad es excepción quien no lo haga, por culpa precisamente de los dichosos selfies. La permanente atención a la apariencia nos ha convertido en esclavos de la forma y así nos luce el pelo. Los gimnasios se llenan y las bibliotecas se vacían. Las conversaciones se alejan de cualquier asunto que no sea de la mayor irrelevancia y banalidad. La edad adolescente se ha elevado y ocupado el lugar de la madurez. Los pediatras van a tener que ocuparse ya de la salud de todos.

Esta sociedad sélfica, además, impone modas estéticas significativamente fugaces. Cualquiera puede transitar de una calva brillante y depilado integral a una barba cubana estilo sierra maestra, en cuestión de semanas. Todos conocemos a personajes públicos que cambian de aspecto capilar con gran frecuencia. Estas cosas suceden hoy por oleadas, y subyugan a legiones de personas de cualquier edad, a diferencia de lo que hasta ahora se daba exclusivamente en la temprana juventud.

Nada me hace pensar que quien así actúa no lo haga también con su forma de afrontar la vida y de decidir los principales asuntos de su existencia. El hábito no hace al monje, desde luego, pero algo ayuda. Por descontado que el que se dedica a mirarse non stop al espejo del selfie y cambia su aspecto a cada rato puede tener las ideas muy claras sobre lo esencial, pero un no se qué me dice que ese comportamiento no está hoy demasiado extendido.

Lo que quiero decir es que este ensimismamiento estético que nos invade puede estar dejando poco espacio a la observación sustantiva de la realidad y, por esa vía, convierte a la mayor parte de los asuntos en meramente adjetivos.

La política, por ejemplo, se está viendo afectada por esta corriente. El postureo constante de determinados líderes apunta precisamente a esto que digo. Quien no se suba a esa deriva cosmética, propia del pensamiento blando, está out, lo que le penalizará electoralmente. Algunos seguimos estimando que eso constituye una solemne majadería, porque a quien toca apoyar es a quien tiene proyecto sensato y cuenta con cuadros capaces de llevarlo a cabo, aunque no use prendas talladas o ajustadas, fulares alrededor del cuello o no se haga selfies con su chihuahua.

Limitemos, en fin, el uso del espejito... antes de que él nos limite a nosotros.


Javier Junceda

Jurista.



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