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Semblanza de Navarro-Valls

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Mi amistad con Joaquín nace en Pamplona, durante los estudios de periodismo en la Universidad de Navarra.

Un artículo de...

Miguel Castellvi
Miguel Castellvi

Corresponsal de ABC en Roma de 1984 a 1995, trabajó en la Oficina de Prensa del Vaticano de 1998 a 2014

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Quico –como le llamábamos sus amigos- era ya doctor en Medicina, especializado en psiquiatría, pero quiso cursar también Periodismo. Terminamos juntos la carrera: con orgullo puedo decir que fuimos compañeros de promoción, la de 1968.

La vida hizo que volviéramos a coincidir muchas otras veces. Casi fui siguiendo sus pasos. Al acabar mis estudios y la mili, volví a Barcelona donde trabajé seis años. Luego, en 1976, me trasladé a Roma, siempre por motivos profesionales, y allí ya estaba Quico. Recuerdo largos paseos por la Ciudad Eterna, comentarios estéticos –decía que el arte por excelencia es la escultura, porque tiene tres dimensiones-, partidos de tenis en los que, con paciencia, me daba consejos tenísticos. Y muchas lecciones de vida.

En aquella época Joaquín era corresponsal de ABC, mientras yo colaboré primero con La Vanguardia y más tarde con Europa Press y la SER. Ambos trabajábamos en la Asociación de Corresponsales, la Stampa Estera de Roma. Recuerdo el año de los tres Papas: el verano de 1978 con la muerte de Pablo VI, la elección de Juan Pablo I y su brevísimo pontificado, y en ese otoño, la elección de Juan Pablo II. Mi imagen es una mañana en la antigua sede de via della Mercede, sacando las cuentas con Joaquín de cuántos pontífices se habían sentado en la sede de Pedro antes de Karol Wojtyla. Y una vez enviada la crónica, de anochecida, volver andando a casa por los vicoli romanos “para despejarnos la cabeza”. Una síntesis de aquel año fue su libro Fumata bianca.

Su primer gran éxito periodístico fue la cobertura del asesinato de Sadat en octubre de 1981. Sus crónicas para ABC fueron de excepcional calidad. De vuelta a Roma me aseguraba que el secreto consistió en seguir con atención las informaciones de las grandes agencias internacionales. Pero los profesionales sabemos que no basta: entre la masa informativa, hay que escoger muy bien los datos decisivos, y arroparlos con estilo. Y que lleguen a la redacción antes de la hora de cierre. En caso contrario, la mejor crónica va directamente a la papelera.

Hombre culto –una tarde de sábado en la que me faltaba material de lectura me sugirió: “¿por qué no vuelves, una vez más, a Shakespeare?”-, había estudiado en profundidad la técnica periodística. Para atraer al lector, me comentaba, usa la paradoja. Guardo crónicas suyas -sobre todo de sus viajes con Juan Pablo II como enviado especial del ABC- que son un ejemplo de gran periodismo.

Luego vino la llamada del Papa para que fuera su portavoz. Un trabajo que le venía como anillo al dedo: buen conocedor de las técnicas de comunicación, por su gran capacidad humana y profesional elegido presidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros, poseía también lo que se conoce como “tener tablas”: por algo había sido actor en la compañía de Teatro Universitario de Granada. Con este bagaje, y sobre todo, con su acceso directo a Juan Pablo II, no es de extrañar que su larga etapa -22 años- al frente de la Oficina de Prensa del Vaticano fuera de una especial fecundidad.

Pero Navarro-Valls era más que el portavoz de Juan Pablo II. Recibió encargos especiales como negociar con Fidel Castro el viaje papal a Cuba de 1998, preparar la visita de Gorbachov a Juan Pablo II, o formar parte de las delegaciones de la Santa Sede a las Conferencias de El Cairo, Pekín y Estambul. Y además de saber comunicar los actos, la vida –y la muerte- de un hombre tan extraordinario como Karol Wojtyla, Joaquín supo ganarse su amistad. Cuando le preguntabas cuál era la mayor virtud humana de Juan Pablo II, te respondía: fue un hombre leal a sus amigos.

Lo mismo afirmo aquí de Joaquín. Amigo leal, sincero, generoso, lleno de buen humor, hombre de gran corazón, incapaz de hablar mal de nadie, todo un caballero. “He is a gentleman”, decía Wilton Wynn, ex corresponsal de Time. Y valiente. No le dolieron prendas para, en una ocasión, desmentir al mismísimo vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, en relación a la Conferencia de la ONU de El Cairo. “¿Afirma usted que el vicepresidente de Estados Unidos miente?”, le dijo un periodista norteamericano. “Sí, esto es lo que digo”, respondió Navarro-Valls sin inmutarse.

En una cosa discrepo de Joaquín. En su sentido heroico que lo ha llevado a morirse, a mi parecer, demasiado pronto. No digo que los 80 años –esta era su edad- sea la flor de la vida. Pero uno siempre espera que los amigos sean muy longevos. Y antes de la partida, poder compartir con ellos todavía muchas cosas.


Miguel Castellvi fue corresponsal de ABC en Roma de 1984 a 1995, y trabajó en la Oficina de Prensa del Vaticano de 1998 a 2014.



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