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El Señor dirá

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La declaración del Vaticano sobre la autenticidad de la Iglesia Católica es inesperada, pues se había hablado de un acercamiento a la Iglesia Ortodoxa Rusa

El Vaticano ha vuelto a declarar que sólo la Iglesia Católica es la auténtica Iglesia de Jesucristo, dejando para las demás confesiones cristianas un “lote de consolación” al manifestar que también en ellas hay su grano de santidad, pero no más. 

Por una parte, es una manifestación inesperada, dado que bajo el mandato de Ratzinger se habló bastante en favor de un acercamiento con la Iglesia Ortodoxa Rusa (IOR). Hasta se hacían pronósticos optimistas sobre la posibilidad de un encuentro personal entre Benedicto XVI y el patriarca Alexis. El optimismo se nutría del convencimiento de muchos de que el actual pontífice, a diferencia del anterior, no es ni mucho menos un liberal, y que por ello sus criterios conservadores debían ser más afines a los de la IOR. Es más, hasta se planeó para mediados de julio una visita a Moscú del arzobispo ortodoxo de Chipre, Chrysostom II, cuya tarea iba a consistir, según muchos, en sostener negociaciones sobre la posibilidad de la celebración de tal reunión.

Ahora no está claro qué asuntos va a tratar el arzobispo en su estancia moscovita. El encuentro, en todo caso, puede resultar útil porque, aunque tras lo manifestado en Roma parece claro que no habrá debates teológicos ni se operará el acercamiento real de ambas Iglesias, entre el Vaticano y la IOR se han acumulado numerosos problemas de la vida cotidiana.

Por otra parte, las pretensiones exclusivistas del Vaticano no son ninguna novedad. Es una posición vieja, por no decir antigua, y bien conocida, lo que explica que la IOR haya reaccionado con sangre fría, limitándose a declarar que es un proceder honesto que en vísperas de las negociaciones sobre la probabilidad de un encuentro entre el pontífice y el patriarca, la Iglesia Católica haya vuelto a exteriorizar su posición de principios.

No descarto que en Moscú y en el Vaticano hasta respiren aliviados, pues siempre es útil hablar de los problemas diarios en tanto que el debate teológico podría tener resultados poco alentadores. De hecho, está excluida la posibilidad de llegar a un acuerdo; al mismo tiempo, es muy fácil deteriorar los contactos y ese ambiente de frágil tolerancia que acaba de surgir. Por eso sería preferible no tocar lo más importante, y en el Patriarcado de Moscú agradecerán que no haya sido la IOR, sino el Vaticano, el que ha renunciado a sostener ese debate.

Supongo que también los rebaños, tanto el ortodoxo como el católico, habrán experimentado alivio, pues los feligreses se sienten aún menos inclinados que sus pastores a hacer concesiones. He notado en más de una ocasión, al tratar con jerarcas de ambas Iglesias, que cuanto más alto es su rango, tanto menos fundamentalismo alberga el representante del que se trate y tanto mayor es la disposición que muestra para escuchar y comprender a su interlocutor. En la base de la pirámide, a menudo la forma prevalece sobre el alma, pero arriba —gracias a Dios— el alma con frecuencia se impone sobre la forma.

Peor que otros se sentirán aquellos cristianos para los que la fe es más importante que una u otra Iglesia, aquellos que han erigido templo en sus propios corazones y almas. Para ellos, la situación no es nueva, lamentablemente.

Quiero recordar que en 1937, todas las Iglesias cristianas (excepto la católica), por vez primera en los muchos siglos transcurridos desde el cisma, intentaron acordar el restablecimiento de la Iglesia Ecuménica Única. Era un intento condenado al fracaso, aunque sólo fuera por la ausencia vaticana, y se llegó a una conclusión muy amarga para la cristiandad: la Iglesia existirá, por supuesto, en alguna parte, pero estará compuesta sólo por unos legos dispersos por todo el planeta. Esta misma idea, pero de forma algo distinta, fue formulada por el entonces arzobispo de York: “La Iglesia está allí donde en los corazones humanos está Jesucristo”. Así terminó la reunión.

En nuestra época nada fácil para los cristianos, la postura del Vaticano —que se basa en postulados antiguos no siempre indiscutibles, establecidos por individuos que se guiaban no sólo por sus convencimientos religiosos, sino también por unos bien concretos intereses económicos y políticos— es poco convincente. En vez de aunar los esfuerzos, la cristiandad a menudo asemeja a esa famosa orquesta que tocaba bella música a bordo del Titanic durante su dramático y lento naufragio.

Basta con debatir. A la actual generación de cristianos, igual que sucedió con las anteriores, no le alcanzará el tiempo para comprender quién posee mayor santidad y le es más grato a Dios. Y Dios decidirá, sin su ayuda.