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Tribuna libre

La Sixtina, Auschwitz y dos Papas

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Aún estamos ahí, en los riesgos del postfuturo, en la Europa que pone pistas de baile en las iglesias o escribe la apología del ateísmo

Alguna dignidad o belleza superior tendrán los hombres frente a los ángeles, pues estos no fueron –según la poetisa Tsvietáieva- creados a imagen y semejanza de Dios. Desde las alturas de la eternidad, ante el vendaval de gloria de la Capilla Sixtina, Juan Pablo II todavía encontró la vigorosa respiración del verso libre para decir que ‘ningún siglo puede ocultar la verdad de la imagen y la semejanza’, ni siquiera el siglo del totalitarismo perfecto, de Hitler y de Stalin y de la furia sin Dios. De estas cuestiones entendieron vitalmente el Papa Juan Pablo y la poetisa Tsvietáieva, cuando la tentación era sumarse a la orgía de las ideologías que procuraban una perfección sin pecado original. Aún estamos ahí, en los riesgos del postfuturo, en la Europa que pone pistas de baile en las iglesias o escribe la apología del ateísmo. Buena parte de la imagen y la semejanza seguramente esté en la libertad como estructura moral del individuo.   Benedicto XVI esperó un rearme del espíritu tras la Segunda Guerra y ahora sufrimos más bien el efecto de castración de un relativismo que tiene muchos nombres, del multiculturalismo a la autodestrucción, del hedonismo en masa al nihilismo práctico. El Papa actual todavía era un seminarista imberbe cuando –según escribe en sus memorias- esperaba con otros jóvenes enrolados a la fuerza que los americanos les abrieran por fin la puerta del campamento. Esos fueron días en que un Ratzinger aún mozo miraba la torre de la catedral cercana como un hito de esperanza, expresiva de una idea de Europa gestada con los siglos, desde unos fundamentos de piedad y libertad. En medio de la ciudad, estas catedrales del gótico eran ‘una estética de mayorías’, ‘aula Dei’ y ‘aula populi’ que daban por elevación su último sentido a la actividad urbana de los hombres. En definitiva, una creación del hombre consciente de su propia dignidad, lo invisible que encuentra –como en el libro del Génesis- su resplandor en lo visible.   En Auschwitz, en la pedanía polaca de Oswiecim, no lejos de la culta Cracovia, la tentación está en la pregunta de si acaso puede redimirse tanto mal. Vienen de abrirse a la consulta privada los archivos nazis de Bad Arolsen, en el estado de Hessen. Ahí se podrán ver kilómetros lineales de estantería con los libros de los muertos, la contabilidad perfecta, burocrática, del horror, como en los pabellones de tantos campos de concentración o de exterminio se escucha el llanto de Raquel sobre pavesas de muertos, en tierra ya sagrada. En 1979 acudió a Auschwitz el Papa Juan Pablo II, el Papa que llamó ‘hermanos mayores’ a los judíos, hijos –como los cristianos- de Abraham, de Isaac y de Jacob. Era el mismo Auschwitz donde entregó la vida el Padre Kolbe y el psiquiatra Frankl observó que en la entretela íntima del hombre hay algo más que el olisqueo sexual. Como tantas otras, esas fueron afirmaciones de una dignidad irreductible.   La Polonia que ha visitado Benedicto XVI tuvo toda ocasión de perecer y sin embargo ahí sigue, con una convulsión de valores propia de cualquier transición, con zonas donde la misa del domingo es seguida por el 70% de la población y tendencias refractarias ante Europa. En la máquina de infierno de Auschwitz, el Papa se ha referido al ‘abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes’ y ‘al cinismo que no reconoce a Dios y que escarnece la fe en Él’. Veinte siglos después, hay quien tiene oídos y sigue sin oír. Con las palabras dramáticas del psalmo, el papa Benedicto ha suplicado a Dios: ‘¡Despierta! ¡No te olvides de tu criatura, el hombre!’, después de preguntarLe dónde estaba aquellos días. Sin duda, hay cuestiones -como se lee en el ‘Tríptico Romano’- que ‘se expresan mejor con el lenguaje del Génesis’.

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