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Tribuna libre

Sobran 50 segundos

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Lo que no se cuida se pierde, y muchas de las cosas que se pierden no se pueden recuperar. Por ejemplo, el tiempo.

 

En un debate, el valor de cada segundo se multiplica, y más aún si tienes menos de un minuto para expresar tu opinión y defenderte de los ataques del contrario. Es una batalla en la que un segundo te puede hacer perder la partida. Todo buen estratega sabe que la mejor defensa es un buen ataque. Esta regla es válida en la vida, la política, el fútbol y, por supuesto, en la televisión.

 

“59 segundos” es un debate, una fórmula muy televisiva en cuanto que favorece la confrontación. La propia naturaleza de este formato implica controversia, diversidad de puntos de vista, discusión, espectáculo –esencia de la televisión actual-, y, sobre todo, argumentación. Un buen argumento es la clave para salir victorioso, incluso, en el menos plural de los debates.

 

Televisión Española vende “pluralidad”, y “59 Segundos” es una de esas ofertas plurales. Un programa en el que se debaten temas de actualidad y en el que están representadas las principales posturas a través de sus participantes. Pero no es oro todo lo que reluce y menos si sólo lo hace durante 59 escasos segundos. En sus propias bondades residen sus perversidades. No hay mayor manipulación que la que se hace con talante.

 

Es cierto que en el programa se discuten cuestiones de actualidad, pero esta circunstancia no puede ser presentada como una garantía de pluralidad. Elegir un determinado asunto y otorgarle mayor importancia de la que merece es un excelente recurso para correr una cortina de humo e impedir el debate social sobre otros temas de mayor interés y trascendencia.

 

Sirva como ejemplo el primer programa de “59 Segundos”, emitido el lunes 4 de octubre. Se discutía sobre las luchas internas de poder en el Partido Popular. Sin embargo, una de las más preocupantes noticias de aquel día era el golpe de mano al Consejo General del Poder Judicial que había anunciado el Gobierno de Zapatero. ¿Qué es más importante?, ¿que en una determinado Comunidad Autónoma se presenten varios candidatos a la presidencia del PP, o que el Gobierno pretenda cambiar las reglas a mitad de partido para controlar al Poder Judicial?

 

Todos los lunes, en el late-night de TVE asistimos a una brillante puesta en escena del fenómeno de la “agenda-setting”, es decir, establecer la agenda de temas que preocupan a la opinión pública aprovechando la enorme influencia de los medios de comunicación. Basta con presentar un asunto como el mayor problema que tiene la sociedad, para que sus ciudadanos lo perciban como la cuestión más preocupante y no centren su atención en otras realidades, objetivamente, más significativas. De esta forma, siguiendo los criterios de la cadena pública, el intento del Poder Ejecutivo de amordazar al Poder Judicial es menos relevante que las disputas por las presidencias autonómicas del PP.

 

El enfoque del debate también es crucial. En el programa del pasado lunes 8 de noviembre se habló del Pacto Antiterrorista. Es curioso cómo es posible darle la vuelta a cualquier realidad y hacerlo de forma casi imperceptible. Eso sí, con mucho talante. En vez de debatirse las razones interesadas por las que el Gobierno –que tendrá que aprobar sus Presupuestos- ha despenalizado la convocatoria de referendos ilegales en beneficio de los nacionalismos independentistas, o la abolición de las medidas legales que prohibían a Batasuna recibir financiación pública, se juzgaron estas modificaciones desde la consideración de que fueron aprobadas por Aznar con su demoledora mayoría absoluta.

 

¿Por qué se siguen juzgando las medidas del anterior Ejecutivo y no las del actual? Y con más razón si tenemos en cuenta que estaba presente el Ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, quien, eso sí, tuvo que responder a un par de preguntas escuetas sobre el indulto a Rafael Vera. Precisamente, estas cuestiones no fueron lanzadas por la socialista Trinidad Jiménez, quien se limitó a representar un divertido sainete con el “Sr. Ministro” haciéndole preguntas evidentemente pactadas. Pura pantomima.

 

Pero esto no es todo, hay más formas de tergiversar un debate aparentemente plural. ¿Cómo? Haciendo percibir al espectador que unos son los “buenos” y otros son los “malos”. ¿De qué manera? A través de los “espontáneos” aplausos de las 700 personas presentes en el auditorio transformado en plató de televisión –además de con un guión pensado para acorralar a los defensores de las llamadas ideas “carcas”-.

Otro recurso empleado y, sin duda, discutible es el humor. Si bien es cierto que sirve para desengrasar y reducir la tensión del programa, no es menos cierto que, en ocasiones, lleva a una caricaturización excesiva y al tratamiento frívolo de determinados problemas importantes.

 

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