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Tribuna libre

Sofía Coppola desempolva a la Reina María Antonieta y recrea la historia de una adolescente

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Son muchos los que hoy creen que Maria Antonieta se merecía la guillotina, sin pararse a pensar que hoy están contra la pensa de muerte.

Por eso creo que la “Marie Antoinette”de Sofia Coppola va a provocar una especie de catarsis en la conciencia que la mayoría de los franceses tienen de la que fue su última reina antes de la Revolución.   Despojada de intrigas palaciegas y de la miseria que sufría la población, la obra de Coppola permite pensar también en una Marie-Antoinette adolescente, con 14 años obligada a asegurar que su matrimonio con el delfín de Francia no fracasara para confortar así el porvenir de dos potencias mundiales: Francia y Austria.   La película se ha llevado unos cuantos silbidos en el Festival de Cannes. No sé si por el retrato dulzón que Coppola hace de la protagonista; por los anacronismos de la historia contada, en muchos casos queridos; por la escasez de diálogos; o por la caracterización de Luis XVI (interpretado por Jason Schwartzman), que parece un auténtico besugo. Pero el conjunto es una especie de video-clip gigantesco del que uno no se sacia, a pesar de sus dos horas y tres minutos de duración.   Nunca había visto Versalles fotografiado con tanta belleza: el castillo dorado por el sol, los jardines en la bruma matinal, los amaneceres reflejados en el estanque...   Y luego está la música de The Cure, Gang of Four, New Order o Siouxsie & the Banshees, alternada con piezas clásicas del XVIII, uno de los aspectos mejor logrados de la película.   Pero lo que más me ha impresionado, es la forma en la que Coppola retrata el recibimiento de la corte francesa a la joven princesa austriaca. A las puertas del castillo, Marie-Antoinette (Kirsten Dunst) es recibida por cientos de personas que durante lo que le queda de vida van a querer controlar todos sus movimientos y, si es posible, sus pensamientos también. El único detalle de ternura lo ofrecen unas niñas que le esperan para entregarle una flores. El resto son rostros distantes que enmarcan un levísimo pero lacerante gesto de desprecio hacia la nueva inquilina de Versalles.   Ese gesto me ha hecho pensar en la queja que tantas veces he oido de labios de personas que visitan París: una ciudad divina, pero unos ciudadanos... para dar de comer aparte.   Como esa cajera de supermercado que al entregarle unas monedas de más responde: “yo nunca me equivoco”, y no acepta el dinero. O ese funcionario que ha decidido irse quince minutos antes de la hora debida y espeta furioso al ciudadano que llega pidiendo una información: “a ver si venimos antes”. O esa empleada de museo que se niega a decir lo que mide la estatua de Venus “porque no está autorizada a dar ese tipo de información”. ¿Quién no podría seguir añadiendo ejemplos?   Con lo encantadores que son en realidad, qué manía tienen de parecer tan antipáticos.

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