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Sonrisas y lágrimas

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Políticos y futbolistas, futbolistas y políticos. Unos ríen pero la procesión va por dentro y otros lloran pero la alegría va paralela a la cuenta corriente.

Los políticos ríen. Los futbolistas lloran. Es la eterna paradoja. Quienes tienen más motivos para llorar o para -según en qué momentos sonrojarse- ríen y se muestran felices en casi todas sus apariciones públicas. Los que tienen más que sobradas razones para estar felices y satisfechos con su vida cómoda y con sus ganancias desorbitadas, lloran.

Los políticos siempre están contentos siguiendo el consejo de la Pantoja cuando le decía a “su” Julián aquello de, “Dientes, dientes que es lo que les fastidia”, cuando sufrían el acoso de los reporteros. Siempre hay que estar dando la cara de felicidad y de que todo va bien.

Rodríguez Zapatero, Rajoy, Blanco, Zaplana, De la Vega o los ministros en sus comparecencias siempre sonríen. Ya pueden tener encima el mayor de los marrones o la más incómoda de las intervenciones públicas, que ellos sonríen. Que Puras comparece ante la prensa para decir que dimite, sonrisa a boca llena. Que Rajoy tiene que explicar los dimes y diretes de Aguirre y Gallardón, enseña los dientes –nunca mejor dicho- a los periodistas. Que a Zapatero se le cae el PSOE en Navarra, sonrisa franciscana que nos coloca.

Hay excepciones que confirman la regla. Nunca sonreía Arzallus –aunque no está clara la razón-y en eso Eguibar también le ha sustituido. Sería un milagro ver alegre a Llamazares –aunque en este caso sí está clara la causa-. Rodríguez Ibarra está de permanente cabreo con el mundo.

Se ríen hasta cuando les insultan o son ellos los “faltones”. Hay que ver las risas forzadas –Julián dientes, dientes- en los escaños del Congreso mientras escuchan las invectivas de los bancos contrarios.

Y es que los políticos sólo se ponen serios cuando van a mentir, o cuando van a desmentir, que viene a ser lo mismo: Se puede decir más alto pero no más claro, no, no y no, clama la Vicepresidenta clavando sus ojos fríos, y con un rictus de dureza, en el periodista que la ha interrogado en cualquier comparecencia tras un Consejo de Ministros. En ese momento de extrema seriedad, todos sabemos que sí, sí y sí, pero la seriedad da una pátina de verdad que no se la salta un gitano.

Los futbolistas no, los futbolistas lloran. Lloran cuando pierden una final –Cañizares fue uno de los pioneros- y no digamos nada cuando han fichado por otro equipo. Hacen pucheros en la sala de prensa y, entre sollozos, explican su marcha a otro equipo. Es que le parten a uno el corazón.

Han incordiado y zascandileando durante meses para lograr el traspaso y, cuando tienen la nueva ficha en el bolsillo, gimotean como magdalenas o como niños a los que han quitado el juguete. Inexplicable, porque, en la inmensa mayoría de los casos, se van mejorando sensiblemente su contrato y además con el finiquito del anterior equipo en el bolsillo.

Penas pasajeras y pelillos a la mar, porque en el siguiente telediario los veremos con su nueva camiseta –la que desde pequeños han soñado lucir- haciendo “chorraditas” con el balón ante sus nuevos “hinchas” que los contemplan con la baba caída. Y así hasta el próximo fichaje que, si no está en la mente del futbolista, seguro que ya forma parte de la agenda de su representante.

Políticos y futbolistas, futbolistas y políticos. Unos ríen pero la procesión va por dentro y otros lloran pero la alegría va paralela a la cuenta corriente.

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